Dios nos sigue hablando - X

La relación de la Palabra de Dios con la Iglesia es una relación constitutiva mutua. La Iglesia se define por acoger y escuchar la Palabra de Dios: «El Verbo -la Palabra- era la luz verdadera que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de Él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa y los suyos, no lo recibieron. Pero a cuantos le recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1, 9-12).

La fe viene de oír, de acoger a Cristo: «Así pues, la fe nace del mensaje que se escucha y la escucha viene a través de la palabra de Cristo» (Rom 10, 17). Pero la Iglesia se define también por proclamar la Palabra de Dios, ser altavoz de Jesucristo y su Evangelio: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15). Como no se cansa de decir el papa Francisco la Iglesia es discípula y misionera. La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para el camino. Pero también la Palabra de Dios necesita de la Iglesia como se ve también en los textos citados. La Palabra de Dios es reflejo del diálogo de amor entre Dios y los hombres, entre su Pueblo -el de Israel- y el nuevo pueblo de Dios que se llama Iglesia. Pero esto no es algo del pasado; es una relación vital, en la que cada fiel está llamado a entrar personalmente. «La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia» (Juan Pablo II) que se da por obra y gracia del Espíritu Santo, como una nueva encarnación.

Todo esto lo realiza la Iglesia en todo su ser y actuar.

Especialmente se manifiesta la relación de la Palabra de Dios y la Iglesia -la Iglesia es la “casa de la Palabra”- en la liturgia. Es el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde. Todo acto litúrgico está por su naturaleza empapado de la Sagrada Escritura (Benedicto XVI, Verbum Domini, 52). «La importancia de la Sagrada Escritura en la liturgia es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces, oraciones y cantos litúrgicos están impregnados de su aliento y su inspiración; de ella reciben su significado las acciones y los signos. Más aún, hay que decir que Cristo mismo está presente en su palabra pues es El mismo el que habla cuando se lee en la iglesia la Sagrada Escritura» (Concilio Vaticano II, SC, 24 y 7). Por eso, cuando se proclaman las lecturas respondemos: “Te alabamos Señor”, o “Gloria a Ti, Señor Jesús”.

La Iglesia con sabia pedagogía, proclama y escucha la Sagrada Escritura siguiendo el ritmo del año litúrgico, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y en la liturgia de las Horas. La Palabra de Dios es un elemento decisivo en la celebración de cada sacramento de la Iglesia., En cada sacramento la Palabra de Dios es performativa. En la historia de salvación no hay separación entre lo que Dios dice y lo que hace; su Palabra misma se manifiesta como viva y eficaz (Verbum Domini, 53). Es más: Cristo, realmente presente en las especies de pan y vino, está de modo análogo también en la Palabra de Dios proclamada en la liturgia.

La vida de la iglesia no se reduce a la liturgia. «La sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia, pues antes de que los hombres puedan acceder a la liturgia es necesario que sean llamados a la fe y a la conversión (Concilio vaticano II. SC, 9), aunque todo debe conducir a la liturgia y dimanar de ella. La liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la iglesia, y al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Así también la catequesis, la educación cristiana, la formación de los fieles laicos y de los miembros de la vida consagrada, la formación de los ministros de la Iglesia, la teología, etc. y la oración de todos, porque «Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas a Dios» (San Agustín. Comentario al salmo 85, 7).

La Palabra de Dios tiene que iluminar el compromiso evangelizador con obras y palabra de los cristianos, de todos. «La Palabra de Dios impulsa al hombre a entablar relaciones animadas por la rectitud y la justicia; da fe del valor precioso ante Dios de todos los esfuerzos del hombre por construir un mundo más justo y más habitable. La misma Palabra de Dios denuncia sin ambigüedades las injusticias y promueve la solidaridad y la igualdad. Por eso, a luz de las palabras del Señor, reconocemos los “signos de los tiempos” que hay en la historia y no rehuimos el compromiso en favor de los que sufren y son víctimas del egoísmo» (Verbum Domini, 100).

Amemos, estudiemos, oremos, leamos, empapémonos de la Palabra de Dios; seamos nosotros testigos de esa Palabra y que nuestra vida sea elocuente.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA

Obispo de Palencia

 

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