Pascua de Resurrección: tiempo de renacer

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

La primavera ya ha roto al frio del invierno y poco a poco los días van creciendo, el calor hace subir los termómetros, las cigüeñas hacen crotorar sus picos, se oye el zureo de las palomas, los pájaros cantan por la mañana reclamando a su pareja, las primeras flores nos regalan sus colores, el árbol del paraíso de mi vecindad ya tiene sus primeras hojas. Parece que tras el crudo invierno todo renace.

Es verdad que la pandemia nos ronda y parece que no la vencemos, aunque nos vacunemos y guardemos las normas sanitarias; pero hay que renacer a la vida y la esperanza. A eso nos invita la Pascua.

La Pascua del Señor se celebra en primavera y nos habla de la victoria sobre la muerte, de la vida nueva que estalla en el Espíritu e inunda de alegría y vida a todo el orbe. Por eso canta el Pregón Pascual ante el crepitar del fuego, la llama temblorosa del cirio y en medio de la nube del incienso: «Esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!» Con la Pascua todo renace y brota para dar frutos cuajados que alegren la existencia humana.

Domingo tras domingo, día tras día la liturgia de la Iglesia, especialmente en las lecturas de la palabra de Dios y en la Eucaristía nos invita a renacer. La Palabra de Dios de la noche de Pascua nos relata la creación en los orígenes de los tiempos, primera obra de la misericordia de Dios, el salmo 102 se hace plegaria para pedir: «Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra»; la lectura 2ª nos relata el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe; la 3ª tercera lectura nos habla del renacer del pueblo de Israel, esclavo en Egipto y liberado por mano del Señor; la 4ª nos hablará del amor de Dios por su pueblo con eta frase que traspasa los tiempos: «Con amor eterno de quiero... Aunque cambiasen y vacilaran las colinas, no cambiaría mi amor ni vacilaría mi alianza de paz- dice el Señor que te quiere» (Is 54, 7 y 10), y la lectura del profeta Ezequiel que dice: «Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias idolatrías os he de purificar: y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos y que guardéis y cumpláis mis mandatos... Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36, 18-28); San Pablo dirá: «Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6, 11). En esa misma vigilia de Pascua, en la bendición del agua, se pide: «Que esta agua reciba, por el Espíritu Santo, la gracia de tu Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen, lavado por el sacramento del bautismo, de todas las manchas de su vieja condición, renazca, como niño a nueva vida por el agua y el Espíritu».

¿Qué vida nueva es esa a la que hemos de renacer? Es la impresionante “explosión del amor” (Benedicto XVI) para crear una vida nueva, definitiva, que afecta a Jesús, pero también implica al resto de los hombres y hasta a la creación entera (L.A. Montes Peral). Es la de la vida que Dios nos ha dado al crearnos a su imagen y semejanza, a la vida de nuestra condición de Hijos de Dios y Hermanos unos de otros, porque nos alejamos de nuestra fuente, que es Dios, y de nuestros hermanos cuando nos olvidamos de los demás por nuestro egoísmo. Hemos de renunciar a la fornicación, a la impureza, la pasión, la codicia, y la avaricia, que es una idolatría... deshaceos también de toda ira, coraje, maldad, calumnias, groserías...; como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia; sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro... Y por encima de todo el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta... Y sed agradecidos... y todo lo que de palabra y obra realicéis, sea todo en nombre de Cristo Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él (Col 3, 1-17).

Resumiendo: vivamos en Cristo, el hombre nuevo, el nuevo Adán, el que manifiesta al hombre al propio hombre y descubre la grandeza de nuestra vocación: Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, infunde luz, vida y libertad para su progreso; y fuera de él nada puede satisfacer el corazón del hombre: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (GS, 22 y 21).

Feliz Pascua de Resurrección, hermanos.

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