Siento envidia de...

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

He visto por televisión, intermitentemente, como, sin duda, muchos de vosotros, el funeral de la Reina del Reino Unido, Isabel II, y he sentido envidia. No de ser inglés o escocés, o irlandés del Norte o galés, ni miembro de la Commonwealth; soy ciudadano del mundo, europeo, español, cántabro y vivo Castilla y León, más en concreto, en Palencia, y me siento palentino y amo a Palencia.

¿Por qué? No porque conozca el buen hacer y las virtudes de la Reina, que, como toda persona, tendrá luces y sombras, cuya vida no conozco al detalle. No por la pompa, ni por la representación de muchas autoridades mundiales... Ya sé que cuando una persona muere, generalmente todo son alabanzas; pero en este caso, además de alabanzas y cariño hacia una persona que ha estado 70 años de reina, he visto amor a la nación, al pueblo y sus instituciones a quien representaba en la cumbre la reina.

He visto cómo honraban la bandera, el himno, cantado por todos, mayores, pequeños, hombres y mujeres; he visto aplausos en Escocia y silencio elocuente y respetuoso en Londres; he visto la reacción de un pueblo unido que sabe conservar sus tradiciones históricas, que se ha unido en la oración, aunque sean de diversas confesiones; políticos, que han dejado de lado las luchas partidistas... He visto amor a la patria, el país o la nación, que no voy a discutir si son lo mismo o no. Aquí, a veces, se quema la bandera o el retrato del rey, cómo tarareamos el himno que no tiene letra y se potencia por parte de algunos la división y los nacionalismos y no se puede hablar de patria porque te llaman facha.

Como católico no puedo menos de recordar que el cuarto mandamiento entraña, no sólo honrar padre y madre y a la familia, honrar a todos los que, para nuestro bien, tienen autoridad en la sociedad con todo lo implica como pagar impuestos, el derecho al voto, la defensa de la nación, incluso el deber de una crítica justa, siempre y cuando los que la ejercen lo hagan como servicio al bien común, que incluye la libertad y la responsabilidad de todos, respeto a los derechos fundamentales de la persona humana, también el rechazo de las autoridades cuando, abusando de su autoridad, son contrarios al orden moral y a la recta conciencia. Porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29) y «dar al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2240): «Los cristianos residen en su propia patria, pero como extranjeros domiciliados. Cumplen todos sus deberes como ciudadanos y soportan todas las cargas como extranjeros. Obedecen a las leyes establecidas, y su manera de vivir está por encima de las leyes. Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado que no les está permitido desertar». Incluso tenemos el deber de defender la nación y reconocer y honrar a los que se dedican a la vida militar como servidores de la seguridad, de la libertad de los pueblos, del bien común y de la paz (CIC, 2310).

Me he emocionado al contemplar cómo en la liturgia cantaba toda la asamblea, no sólo el coro o los coros, los salmos, los himnos, incluso el nacional. Me recordaba cómo canta nuestro pueblo, algunos con lágrimas en los ojos, la Salve popular en honor de la Virgen María en sus diversas advocaciones... como lo he comprobado últimamente en Cervera de Pisuerga, Aguilar, Villasarracino, Tabanera de Valdivia, en el Brezo, en el Valle, en Herrera y en Palencia. Y qué poco canta, por cierto, en las celebraciones. Igualmente he sentido envidia de cómo participaba el pueblo en la liturgia, cómo daban participación a la mujer, a los laicos, y a miembros de otras confesiones cristianas en la oración, superando antiguas divisiones y fomentando un sano ecumenismo.

No entro en la seguridad, en el orden, las colas, los desfiles, etc., porque no es mi campo y además somos de otra cultura, no anglosajona, sino mediterránea, pero he sentido envidia; creo que envidia sana.

Quiera Dios que sepamos aprender siempre lo bueno de los demás, aunque sean distintos, de otra religión, de otras culturas y amar a nuestro pueblo, a nuestra patria.

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