+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia
Feliz Navidad, hermanos y hermanas palentinos. Os deseo una feliz fiesta con la felicidad, alegría y gozo que nos viene de Jesús.
Es un misterio tan grande que celebramos que necesitamos no sólo admirarnos, sino profundizar en el mismo e intentar sacar las consecuencias para nuestra vida diaria, para nuestra forma de vivir y convivir, para ser humanos y humanizar nuestro mundo.
¡Cuándo íbamos a imaginar o soñar que Dios se acercara tanto a los hombres que se hiciera hombre para hacernos divinos! Los paganos hicieron algo parecido, pero al revés, proyectaron sobre los dioses se forma de ser: los dioses se parecen a los hombres, con sus mismos vicios, algunas virtudes. Nosotros, los cristianos afirmamos que Jesucristo es el nuevo Adán. Se ha hecho nuestro hermano: «no se avergüenza de llamarnos hermanos... Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos» (Hebr 2, 11 y 16 y 17); es nuestro socio y compañero y nos enseña a ser humanos. Es más: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre (de Dios) y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre la grandeza de su vocación. El que es imagen de Dios invisible es el hombre perfecto que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer pecado... Él mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Concilio Vaticano II, GS, 22).
La raíz del misterio que celebramos es el amor de Dios, «tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16), porque Dios es amor (I Jn 4, 8).
Necesitamos humanizarnos más. Si miramos nuestro propio interior y nuestro entorno, cercano o lejano, descubrimos violencia, muerte, corrupción, insolidaridad, injusticias, desigualdades, egoísmo...
Abrirse a Jesús significa creer que hay una realidad personal. Alguien que nos ha creado, que acuna y envuelve nuestra vida personal e historia en su amor, porque el amor es la fuente de la vida. Que podemos y debemos crecer, en edad, en estatura, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, como Él (Lc 2, 4 y 52).
Humanizar nuestra vida y mundo es aceptar nuestra limitación, no sabernos ni comportarnos como dioses y señores de los otros, sino hermanos humildes, que viene de “humus”; que somos tierra, que nos complementamos y somos necesitados desde que nacemos del amor y cuidado de nuestros padres, hermanos, abuelos, amigos, de su cariño y compañía; que somos pequeños, aunque enviemos naves a Marte. Ser humanos es aceptar nuestro nombre y nuestra vocación y misión. Ser humanos es ser servidores de la vida, porque para eso vino Él, para darnos vida en abundancia (Jn 10, 10); que somos libres porque, siguiéndole a Él, el Libre, somos verdaderamente libres; no ser esclavos del número, de las modas, de la fama, del dinero, de fuerzas políticas o económicas o mediáticas porque estamos en la verdad (Jn 8, 32); que el hombre se realiza no con la fuerza y la violencia; que; en ocasiones nos toca integrar el sufrimiento como Él aceptó sufrir la violencia de verse rechazado, de nacer en una cueva, ser emigrante en Egipto y sufrir persecución. Ser humanos como Él es compartir la vida, con sus alegrías, gozos, tristezas, esperanzas, angustias y la misma muerte. Humanizar es tener y querer a la familia, cuna de la humanidad y primera sociedad; de tener un corazón de carne, no de piedra, capaz de perdonar, compadecerse y compartir el dolor, crear fraternidad en el amor.
Jesús, María, José y los pastores, nos invitan a ser hombres que contemplan las cosas y los acontecimientos, que las meditan, les dan vuelta en su interior para no ser superficiales y centrarse en lo esencial. Como Jesús, ser humanos es saber guardar silencio y guardar en el corazón rostros; nombres de personas, encuentros con los vivos y los que nos precedieron. Humanizar es abrirnos a Dios, orar, hablar con confianza, poniéndonos en sus manos, confiarle nuestro futuro, ocuparnos en las cosas del Padre, es decir, el Reino de Dios (Lc 2, 49). Humanizar es saber vivir en pobreza, no en la miseria, sino con austeridad, sin estar apegados a los bienes y saber compartir; es saber aceptar nuestra mortalidad, mantener la esperanza que brota de la fe y es hermana de la caridad (Charles Peguy).