Recomenzar juntos: Jornada Mundial de la Paz

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Feliz año nuevo, palentinos y palentinas, feliz 2023.

En este primer día del año nuevo celebra la Iglesia varias cosas, cada una con su mensaje profundo. Celebra la octava de Navidad , día en que Jesús es circuncidado, introducido así en el pueblo de Israel, le imponen el nombre, que significa “Dios salva”; también celebramos a San María, Madre de Dios, la mujer por la que nos vino el Salvador, Madre de Dios y Madre nuestra, la primera y la gran creyente, la mujer nueva, la estrella de la evangelización, la que es invocada como: “vida, dulzura y esperanza nuestra” y a la que pedimos que vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos, que nos muestre a Jesús y que interceda por nosotros. Pero también, desde hace 56 años, celebra en este día la Jornada Mundial de la Paz. Cada año el Papa, y este año también, dirige un mensaje con un título. Este año el mensaje del papa Francisco se titula: “Nadie puede salvarse solo. Recomenzar juntos desde el Covid-19 para trazar juntos caminos de Paz”.

Comienza el papa recordando unas palabras de San Pablo a los Tesalonicenses, 5,1-2, que estaban esperando su encuentro con el Señor, y los invita a «permanecer firme, con los pies y el corazón bien plantados en la tierra, con capacidad de una mirada atenta a la realidad y a los acontecimientos de la historia. Por eso, aunque los acontecimientos de nuestra existencia parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento, estamos llamados a mantener el corazón abierto a la esperanza, confianza en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, orienta nuestro camino. Con este ánimo San Pablo exhorta constantemente a la comunidad a estar vigilante, buscando el bien, a la justicia y la verdad». Es una invitación a permanecer despiertos, a no encerrarnos en el miedo, el dolor o la resignación, a no ceder a la distracción, a no desanimarnos, sino a ser como centinelas capaces de velar y distinguir las primeras luces del alba, especialmente en las horas más oscuras (Mensaje1).

El papa hace una lectura respecto a lo que el COVID-19 ha supuesto, desestabilizando nuestra vida ordinaria, revolucionando nuestros planes y costumbres, perturbando la aparente tranquilidad incluso de las sociedades más privilegiadas, generando desorientación y sufrimiento, y causando la muerte de tantos hermanos y hermanas nuestros. Resalta lo positivo que ha supuesto la labor del mundo sanitario y la tarea de las autoridades políticas; como negativo las secuelas causadas por el aislamiento y las restricciones de libertad, las contradicciones y desigualdades tanto sociales como económicas. El papa invita a cuestionarnos para aprender, crecer y dejarnos transformar. Una de las mayores enseñanzas es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro es la fraternidad humana, fundada en nuestra filiación divina común, y que nadie puede salvarse solo. Por eso es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores universales que trazan el camino de esta fraternidad humana. También nos enseña que la fe depositada en el progreso, la tecnología y los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha convertido en un intoxicación individualista e idolátrica, comprometiendo la deseada garantía de justicia, armonía y paz, generando desequilibrios, injusticia, pobreza, marginación, malestar, conflictos que general violencias e incluso guerras.

También la pandemia ha sacado a relucir descubrimientos positivos, como retorno a la humildad, reducción de ciertas pretensiones consumistas, más solidaridad que nos ha abierto al sufrimiento de los demás y sus necesidades al igual que el compromiso, a veces heroicos, de personas que se han entregado a todos.

Esta experiencia ha sacado a flote una conciencia más fuerte que invita a todos, pueblos y naciones, a poner la palabra “juntos” en el centro. Es así como “juntos”, en la fraternidad y la solidaridad podemos construir la paz, garantizar la justicia y superar los acontecimientos más dolorosos. Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales.

Después de la pandemia, se ha abatido sobre la humanidad un nuevo desastre: la nueva guerra, en parte comparable a la del COVID-19, pero impulsada por decisiones humanas reprobables. Es la guerra de Ucrania con víctimas inocentes, con grandes consecuencias sociales; el virus de la guerra brota del interior del corazón humano, afectado por el pecado.

¿Qué se nos pide que hagamos? Primero, dejarnos cambiar el corazón, permitir que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretar el mundo y la realidad. Debemos concebirnos a la luz del bien común, con un sentido comunitaria, como un “nosotros” abierto a la fraternidad universal. Tenemos que poner las bases para sanar nuestra sociedad y nuestro planeta. Segundo: Afrontar con responsabilidad y compasión las crisis -que son retos morales, sociales, políticas y económicos- que padecemos, porque todas están interconectadas. Así buscar una sanidad pública para todos, promover acciones de paz, cuidar la casa común, luchar contra la desigualdad, garantizar el alimento y el trabajo digno para todos, favorecer la acogida e integración de los migrantes y los descartados de la sociedad. Sólo así podemos afrontar un año nuevo, y construir un mundo nuevo donde el Reino de Dios vaya creciendo, el Reino del amor, la justicia y la paz. Que Santa María, la Madre de Jesús y nuestra, la Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero.