Benedicto XVI: humilde trabajador en la viña del Señor

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Así se presentaba él mismo el día que fue elegido Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Universal, el 16 de abril de 2005, y así quiero presentarlo yo a vosotros.

Sin duda ya conocéis por los Medios de Comunicación Social la noticia de su muerte, las muestras de reconocimiento de autoridades políticas, académicas y eclesiales con toda una serie de calificativos que no voy a reproducir. Aunque algunos me han parecido elogios un tanto innobles y un poco interesados para manifestar otras cosas, como un rechazo al Papa Francisco.

Los cristianos no podemos ni debemos mirar a los demás hombres y mujeres sino desde la fe. Para nosotros todo hombre o mujer es imagen y semejanza de Dios, Hijo de Dios y hermano nuestro en Jesucristo. Y como tal debemos envolver sus vidas en nuestro amor, reconociendo sus méritos y obras y teniendo entrañas de misericordia de sus faltas y pecados como lo pedimos para nosotros mismos.

Sin duda alguna ha sido un gran pontífice en la línea de los pontífices que Dios nos ha regalado a la Iglesia y la humanidad tanto en el siglo XX, como en este siglo XXI en el que vivimos. Cómo no recordar a León XIII y su doctrina social; a Benedicto XV, trabajador incansable por la paz en la I Guerra Mundial; a Pio XI, a quien le tocaron los tiempos difíciles del marxismo, nazismo y fascismo; al gran Pio XII, que tanto ayudó a la reconstrucción de la sociedad y de Europa después de la II Guerra Mundial; a san Juan XXIII, el papa que convocó el Concilio Vaticano II; a san Pablo VI, que lo llevó a cabo y comenzó con iniciativas nuevas para ponerlo en práctica; al beato Juan Pablo I, el papa breve que nos dejó como herencia su sonrisa llena de ternura; a san Juan Pablo II, gigante de la fe; y a Benedicto XVI, su sucesor, el humilde trabajador en la viña del Señor, que es la Iglesia en el mundo.

Su vida fue un continuo entregarse por amor a Jesucristo a la Iglesia y a la sociedad como profesor de teología en diversas universidades de Alemania, como arzobispo de Munich-Frisinga, que fue llamado a Roma como Cardenal en la Congregación de la Doctrina de la Fe para mantenerla con fidelidad en tantos documentos, en particular sobre la teología de la liberación, y extenderla con valentía y en diálogo con la razón como lo hizo con el filósofo Jürgen Habermas y con el presidente del Senado Italiano Marcello Pera. Como papa nos indicó qué es lo fundamental en la fe cristiana en la misma línea del Concilio Vaticano, aunque algunos le tildaban del Panzer alemán, de oscurantista, conservador, retrógrado, lejano, etc.

A él le debemos la primera Encíclica Deus Charitas est -Dios es amor- de 2005, en la que nos señala la fuente de la fe cristiana que no son normas morales, o ideas sino el encuentro con un acontecimiento, la persona de Jesucristo, que no quita nada, sino que lo da todo; y otras que señalan la respuesta del hombre a Dios que es amor como Spes Salvi, de 2007, sobre la esperanza, o Caritas in veritate de 2009, sobre la caridad; y sin olvidar la que dejó comenzada y terminó el papa Francisco Lumen fidei, de 2013, sobre la fe, que algunos la han titulado la encíclica a cuatro manos, como si fuera una obra de piano. Cómo no recordar sus Exhortaciones apostólicas como Verbum Domini (2010) sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, o Sacramentum Caritatis sobre la Eucaristía en la vida y misión de la Iglesia; intervenciones contra el abuso de menores en la Iglesia, la denuncia del relativismo, en defensa de las relaciones entre la fe y la razón, de un auténtico humanismo, de las relaciones con las otras iglesias cristianas, los judíos, los musulmanes, la ecología auténtica, etc. Y una gran obra, profunda pero asequible, ha sido su trilogía sobre Jesús de Nazaret.

Sin duda nos ha confirmado en la fe, nos ha congregado en la unidad, y ha hecho que la familia humana se sintiera más unida.

Y todo desde una confianza en Cristo Jesús a quien pedía el día de su elección que supliera la pobreza de sus fuerzas para que fuera valiente y fiel servidor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo, abandonándose humildemente en las manos de la Providencia de Dios, renovando su adhesión total y confiado a Cristo, a quien en el último suspiro de su vida oraba diciendo: “Jesús, te amo”.

Creo que, en esta hora, conviene manifestar nuestra gratitud a este gran papa con nuestra oración al Padre por su eterno descanso. Y una manera de reconocerle y hacerle un merecido homenaje es leer sus escritos, particularmente sus encíclicas y sus diálogos con Habermas y Piera. Así, más allá de sentimentalismos, honraremos la memoria de este gran papa que nos ha dejado y que sin duda intercede por la Iglesia y el mundo ante Dios. Y otra, fundamental, seguir el ejemplo y las enseñanzas del Papa Francisco, al que él, al renunciar, prometió obediencia y fidelidad.