El quinto Evangelio

El quinto Evangelio

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Que nadie se asuste. Sólo hay cuatro evangelios de N.S. Jesucristo admitidos por la Iglesia, los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y son los que se emplean en la Liturgia; cuando se leen en la asamblea litúrgica nos ponemos de pie porque creemos que nos está hablando el mismo Jesucristo, por eso, nos signamos en la frente, en los labios y el pecho porque deseamos que Él modele nuestro pensamiento, nuestro hablar y nuestro amor traducido en obras, y, al terminar la lectura se nos dice: Palabra del Señor y contestamos :Gloria a ti, Señor Jesús, porque no nos habla el lector, es el mismo Señor.

Así lo recoge el Concilio Vaticano II, cuando, dice: Para llevar a cabo una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia. Está presente en el sacrifico de la Misa, no solo en la persona del ministro, sino también, sobre todo, en las especies sacramentales... Está presente en su palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura (S.C. 7), en el lector y en el Pueblo que escucha interiormente la voz del Espíritu.

Hay otros que se llaman apócrifos en los que la Iglesia no ve reflejada su fe y los considera no inspirados por el Espíritu Santo, que como decimos en el Credo, habló por los profetas. Los hay tantos del Antiguo Testamento como del Nuevo. Del Nuevo podemos destacar los evangelios de Tomás, Felipe, Pedro, Matías, etc; lo cual no quiere decir que no conserven tradiciones auténticas.

Pero se habla de un “quinto evangelio”. ¿Cuál es? Es lo que llamamos Tierra Santa. Allí está la cuna de nuestra fe. Allí está la misma tierra, aunque hayan pasado siglos, que pisó Jesús, el mismo paisaje que sus ojos vieron; pero sabemos que el ser humano está hecho no sólo de paisaje y paisanaje. Estos dos elementos, no sólo, nos configuran. No tienen la misma sensibilidad e historia los andaluces, que los castellanos; los esquimales del Polo Norte, que los habitantes beduinos del Desierto del Sáhara. Tierra Santa no es un texto escrito, es la Tierra de Jesús, Palestina.

A ella dirigimos nuestros pasos 43 cristianos y cristianas palentinos desde el 4 al 11 de septiembre en peregrinación; íbamos con una empresa de peregrinaciones, HAYA, con su representante, Marcos Pereda que en todo tiempo se desvivía por todos, y una guía, Claudia, judía de origen argentino, respetuosa hasta más no poder con nuestra religión. No íbamos como simples turistas, no, íbamos como peregrinos de la fe. Se rezaba, se celebraba la Eucaristía en determinados lugares significativos como Nazaret, Belén, Jerusalén, y D. Oscar, sacerdote de Aguilar de Campoo nos leía el texto bíblico alusivo y nos hacía una breve reflexión, bien atinada.

Visitamos Caná de Galilea, donde Jesús, a petición de su Madre, María, realizó el primero signo; Nazaret con la basílica de la Anunciación, la Iglesia de san José; el Monte de las Bienaventuranzas, Cafarnaún y la casa de Pedro y la Sinagoga; el Monte Tabor; paseamos en barca por el Mar de Galilea o Tiberíades, el lugar de la multiplicación de los panes y los peces, el lugar de la Confesión de Pedro; las excavaciones de Magdala; bajamos por la orilla del Río Jordán, llena de palmeras datileras, comprobando cómo cuidan el agua que escasea; el lugar del Bautismo del Señor, hasta Jericó, la antigua, con sus sicómoros y la memoria de Zaqueo, de la que dicen que es la primera ciudad de la historia, y la moderna, con el Monte de la Cuarentena al fondo; el Mar Muerto, donde algunos y algunas se bañaron con un sol inclemente y el agua a 36 grados; con parada en el desierto -qué desierto, donde evocamos al Buen Samaritano-; después Belén en la Basílica de la Natividad, la gruta de la Natividad, el campo de los pastores, la Iglesia de santa Catalina; y en Jerusalén, ciudad única, cargada de historia y simbolismo, que significa “ciudad de paz” aunque allí ha habido y hay guerras y discordia, el Monte los Olivos con sus calles empinadas y resbaladizas, sus Basílicas del Santo Sepulcro, el Cenáculo, la Vía Dolorosa, Getsemaní donde tuvimos una Hora Santa nocturna, el Monte de la Ascensión; Ain Karen, donde está la Iglesia de san Juan Bautista y de la Visitación, la Gruta del Padre Nuestro, el Muro de las Lamentaciones, la Iglesia de la Dormición de la Virgen María...

La convivencia fue muy buena, preocupándonos unos por otros, atendiéndonos mutuamente, especialmente a las personas mayores o con más dificultad para andar. Hizo mucho calor, bebimos mucha agua. Para mí, que nunca había estado ha supuesto una magnífica peregrinación que todavía la estoy gustando al leer los Evangelios. Fue muy satisfactorio poder saludar y habla con el P. Artemio Vítores, palentino nacido en Cevico Navero, que se conoce Tierra Santa “de pe a pa” y en la que ha tenido muchas responsabilidades y sigue siendo un hombre de paz. En aquella tierra donde la convivencia es difícil, saltando en ocasiones chispas de violencia y muerte -aunque no las vimos- y están condenados a vivir judíos, musulmanes y cristianos.

Recomiendo, al que quiera y pueda, que no deje de ver otras culturas, otras gentes, religiones y poder aprender cómo convivir en paz, y, sobre todo, como enamorarse una vez más de Jesús para seguirle trabajando por el Reino de Dios, que es el bien integral de los hombres, de todos los hombres.