Hoy le lanzan otra pregunta comprometedora: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? (Mt 22,35). El decálogo dado por Dios a Israel era un recordatorio de la ley natural, inscrita en los corazones, que el pecado había oscurecido (Éx 20,1-17). Lejos de ser un instrumento agobiante y paralizador, constituía todo un regalo de Dios para que el hombre alcanzase la libertad, la paz y la comunión con Él. En eso consiste la Alianza, refrendada con un sacrificio y un banquete (Éx 24,1-11). Guardar los preceptos, mandatos y decretos divinos otorga vida, crecimiento y posesión de una tierra.
Jesús responde a la pregunta del maestro de la Ley. En el devenir de la historia de Israel se habían multiplicado las leyes y preceptos, llegando a computar hasta 613. La pregunta quiere separar lo importante de lo secundario. Y Jesús responde yendo a la Escritura.
En primer lugar, al Libro del Deuteronomio: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente (Dt 6,5). Se trata del primero y principal de todos los preceptos. Revela que la relación entre Dios y su creatura es personal: tu Dios. Es un recordatorio de la preciosa historia de misericordia y ternura que Dios ha trazado con su pueblo.
Cuando el hombre penetra en el Corazón de Dios, cae rendido ante Él: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte (Sal 17,2-4). Toda nuestra existencia le pertenece, puesto que es Él quien nos la ha dado.
Jesús va más allá. Une en su Persona un segundo mandamiento, que ya estaba contenido en la Escritura, pero sin estar vinculado al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19,18). El prójimo es presentado con el posesivo «tu».
La identidad del prójimo queda claramente establecida en la parábola del buen samaritano, tras el interrogante: ¿Y quién es mi prójimo? (Lc 10,29). Prójimo es todo aquel que está próximo a mí y me necesita (Ex 20,22-26).
Pero, ¿cómo es posible amarlo? Solo cuando uno se ama a si mismo, tras haber experimentado el amor sanador del Padre. Descansar en Cristo es permanecer en la intimidad del Padre (cf. Jn 14,23).
En Él podemos conocer nuestras fortalezas y debilidades, y comenzar a amarnos y poseernos tal como Dios nos pensó. En Él se produce el milagro de poder entregamos al que nos necesita, en quien Dios es próximo.
David Pérez. Delegado episcopal de la Vicaria para la Celebración y Espiritualidad