Queridos lectores, paz y bien.
Uno de los aspectos cruciales para crecer como personas es la formación. En el ámbito eclesial, se puede decir que nos tomamos muy en serio pensar la fe desde nuestra realidad tan cambiante como incierta. Y para ello, invitamos a la diócesis a muchas personas especializadas en diversos ámbitos del conocimiento para que el Evangelio arraigue en nuestra realidad completa, y no meramente en algunos aspectos de la vida.
Tuve la ocasión de comer y charlar con Antonio Roura Javier, especialista en cuestiones de enseñanza, que vino a dar formación a los profesores de religión. He leído un artículo suyo muy clarividente titulado “Diseñar nuevos mapas de esperanza en el continente digital. Evangelización, inculturación y educación católica ante una nueva propuesta de humanidad”.
Destaco su constatación más afilada: “Quizá uno de los rasgos más profundos del continente digital sea que no constituye únicamente un nuevo entorno tecnológico, sino una nueva experiencia existencial del mundo. La cultura contemporánea parece habitar progresivamente una especie de realidad límbica: un espacio desprovisto de anclajes trascendentes estables, donde el origen pierde densidad simbólica y el futuro deja de percibirse como promesa para convertirse en mera gestión de incertidumbre.
La vida humana ya no se comprende fácilmente como participación en una historia de salvación, ni siquiera como inserción en una continuidad cultural compartida. El sujeto contemporáneo aparece suspendido en un presente continuo, hiperestimulado y acelerado, pero profundamente frágil desde el punto de vista del sentido. No se trata simplemente de secularización. Nos encontramos ante una transformación más radical de la experiencia humana: no solo se debilita la referencia explícita a Dios, sino que la propia pregunta por la trascendencia comienza a volverse culturalmente difícil”.
Byung-Chul Han ha descrito con lucidez algunas patologías de esta condición contemporánea: “la aceleración, el cansancio, la transparencia, la exposición permanente y la pérdida de interioridad”. El sujeto digital no vive necesariamente en una ausencia de estímulos, sino en un exceso de ellos. Su drama no es el silencio, sino el ruido. No carece de información, sino de integración. Nunca había tenido acceso a tantos datos y, sin embargo, raramente había experimentado tanta dificultad para articular una narrativa coherente de la propia vida.
Durante siglos, las religiones estructuraron el horizonte de sentido de las sociedades humanas ofreciendo una interpretación del mundo, una explicación del sufrimiento, una determinada idea de comunidad y una promesa de plenitud. Hoy, muchas de esas funciones están siendo asumidas progresivamente por el ecosistema tecnológico. La técnica deja de presentarse únicamente como instrumento y comienza a ocupar el espacio de las antiguas promesas de salvación.
La imagen bíblica de Babel, recuperada por el Papa León XIV en torno a Magnifica Humanitas, resulta particularmente elocuente. Babel no es simplemente un relato antiguo sobre la confusión de las lenguas. Es la imagen de una humanidad que intenta construir su unidad desde el poder, la autosuficiencia y la homogeneización. Frente a ella, la tradición bíblica propone otra ciudad: aquella en la que la diferencia puede convertirse en comunión y donde Dios y la humanidad no se excluyen, sino que habitan juntos. En el continente digital, esa alternativa vuelve a plantearse con especial intensidad: Babel o comunión; poder o servicio; técnica como fin o técnica al servicio de la persona.
Por eso, la evangelización del continente digital no puede sacrificar profundidad en nombre de viralidad ni reducir el Evangelio a contenido fácilmente consumible. La lógica de la Encarnación no coincide con la lógica del impacto inmediato. El cristianismo no anuncia simplemente información religiosa; propone una transformación de la existencia humana. Y esa transformación necesita tiempo, interioridad, libertad y comunidad.
La cuestión educativa desemboca, por tanto, en la cuestión moral. La inteligencia artificial podrá optimizar procesos, pero no puede asumir responsabilidad moral. Puede producir respuestas, pero no puede amar. Puede simular conversación, pero no puede sustituir la presencia que acompaña. Cuanto más avance la técnica, más decisiva será la formación espiritual, ética y cultural de la persona.
En este contexto, la enseñanza de la Religión adquiere una relevancia nueva. No como asignatura marginal o complemento moral del currículo, sino como espacio de síntesis cultural y existencial. Quizá la clase de Religión pueda convertirse hoy en uno de los pocos lugares donde siga siendo posible formular con legitimidad las grandes preguntas humanas: quién soy, qué significa amar, qué sentido tiene sufrir, qué esperanza puede sostener la vida, qué significa ser libre y qué significa verdaderamente ser persona.
Diseñar nuevos mapas de esperanza significa precisamente ayudar a orientarse en medio de una transformación histórica profunda sin perder aquello que hace verdaderamente humana la vida. Significa recordar que el ser humano no es únicamente inteligencia, rendimiento o capacidad de conexión, sino también vulnerabilidad, relación, interioridad, memoria, apertura al otro y deseo de trascendencia. Todo un reto para todos.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia