Tú sabes que te quiero

Tú sabes que te quiero

Queridos lectores, paz y bien.

El fallecimiento del Papa Francisco ha puesto a la Iglesia en un estado de espera y oración. Dentro de las comunidades cristianas reina la confianza serena de que Dios se preocupa de su pueblo, mientras que en el mundo se debate, desde parámetros ideológicos, el rumbo que pueda tomar la Iglesia católica con tintes polarizados y muy simplistas.

Y es que, en nuestra visión de discípulos de Jesús, la Alianza entre Dios y la humanidad bascula fundamentalmente en que el Creador y Salvador es quien se preocupa y ocupa de nosotros al enviarnos a su Hijo Resucitado. El Evangelio de hoy tiene como principales protagonistas a Jesús y a Pedro, y sucede a los días de la resurrección del Señor, en el lago de Tiberíades. Los discípulos han dejado Jerusalén tras recibir un anuncio de que encontrarán a Jesús en Galilea, donde todo empezó.

Ellos han vuelto a su tarea, a su oficio, a su vida anterior, a pesar de todo lo que habían visto en tres años de seguir a Jesús por los caminos de Palestina. Y una vez más, pasan toda la noche tratando de pescar, pero no logran nada. Es entonces, cuando Jesús desde la orilla les anima a echar las redes una vez más, y entonces logran una abundante redada de peces. Y tras la comida, Jesús retoma su relación con Pedro.

Y lo hace yendo al núcleo, al fondo de su vida, con la pregunta más hermosa que cabe: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Y la respuesta de Pedro, sincera: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Y lo hace preguntándoselo tres veces, para sanar las tres vergonzosas negaciones de Pedro en la pasión. Y lo hace yendo de lo más elevado y sublime, hasta llegar a lo más cercano. Por segunda vez: ¿me amas? Por tercera vez: ¿me quieres?

El recorrido desde el amor de sacrificio hasta el fin, hasta el amor de afecto. A Jesús no le importa descender hasta donde estoy. No busca no donde debiéramos estar, sino donde estamos, sea postrados, hundidos, esperanzados, confundidos. Su amor no mira eso, nos mira directamente a nosotros. Sólo desde esa respuesta nos da una tarea, una misión, un propósito. A Pedro le pide apacentar sus ovejas. Y dos mil años después, se la volverá a hacer a quien los cardenales designen para ocupar la Sede de Roma.

Que seamos capaces de sorprender a Jesús tratando de declararnos y ofrecernos su amor de tantas maneras en este día de la primavera en que la Pascua florida ha estallado. Él, plantado a la orilla del lago, y nosotros tratando de pescar algo. Hermosa escena, que nos dibuja a un Dios lleno de vida y alegría, tal y como lo señalaba el Papa Francisco al inicio de su encíclica programática, Evangelii gaudium: «Pero quizás la invitación más contagiosa (a la alegría) sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo (3,17)».

Jesús, su Hijo nos quiere con amor de hermano y de amigo, su amor no es frío, es ardiente, apasionado, concreto. Esto lo expresa muy bien Rainiero Cantalamessa, que fue durante años el predicador de la casa pontificia, del propio Papa. Lo que Jesús nos diría ahora, el amor que Él espera de nosotros se podría expresar así:

«Este es el amor que yo quiero y deseo de ti. Ese amor:
Es ponerme siempre en primer lugar.
Es buscar agradarme en todo momento.
Es confrontar tus deseos con mi deseo.
Es vivir ante ti como amigo, confidente, esposo y ser feliz por ello.
Es estar inquieto si piensas estar un poco lejos de mí.
Es estar lleno de felicidad cuando estoy contigo.
Es estar dispuesto a grandes sacrificios con tal de no perderme.
Es preferir vivir pobre y desconocido conmigo, más que rico y famoso sin mí.
Es hablarme como al amigo más querido en todo momento.
Es confiarte a mí mirando a tu futuro.
Es desear perderte en mí como meta de tu existencia».

El Papa que vendrá tiene como tarea confirmarnos y alentarnos en este mismo amor. Todo lo demás, son consideraciones mundanas. Los católicos tenemos a Dios como Padre y a la Iglesia como Madre. Feliz semana de Cónclave.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia