Queridos lectores, paz y bien.
Hoy, domingo del Buen Pastor, tenemos la alegría de estrenar el pontificado del Papa León XIV. Habemus pastorem, tenemos al Buen Pastor que es Jesús y, gracias al Espíritu Santo habemus papam (pater pauperum, padre de los pobres). Una alegría de saber que un misionero, que ha estado tanto tiempo en Chiclayo (Perú), un agustino, como lo ha sido D. Nicolás Castellanos o como lo es D. Manuel Herrero, es el nuevo Papa.
El deseo salvador de Dios sale adelante en la historia. Así lo anuncia Jesús en el Evangelio de hoy: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen». Jesús, puerta que da acceso a la Vida, desea atraer a todos al Padre: «mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el padre somos uno».
Los obispos en la Iglesia católica tenemos un ministerio y carisma concretos, tal y como lo expresa Pablo a los cristianos de Corinto: «porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”».
También dice Pablo en su carta a los corintios: «os recuerdo hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano. Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los doce […] por último, como a un aborto, se me apareció también a mí».
Pablo tuvo una experiencia fundante, única, definitiva. Hace décadas, profetizó Karl Rahner, que el cristiano del siglo XXI será un místico, o no será, es decir, una persona a la que le ha sucedido el acontecimiento, la irrupción del Dios verdadero, del Dios Amor en su vida. No podemos vivir una fe subrogada y menos subcontratada. La cristiandad murió, el cristianismo meramente ambiental se está diluyendo en aras de otra fe más consciente y comprometida. Ya no “sólo” creyentes, sino discípulos. No adeptos, sino seguidores. No atrincherados, sino misioneros.
Hemos escuchado estos días cómo el Papa tiene el poder sobre una institución de 1.400 millones de personas. Pero esa expresión pienso que se ciñe más a estados como la República Popular China, con ese mismo número de habitantes. Allá, su presidente de partido único tiene el férreo control sobre aquellas poblaciones, tan a menudo perseguidas por motivos ideológicos o religiosos, como sucede por ejemplo con los cristianos.
El Papa no tiene otra autoridad que la que le otorga atar y desatar en nombre de Cristo, ser vínculo de unión de todos los católicos. El cónclave para la elección del Obispo de Roma es una muestra de la vigencia del deseo de Dios de tener un pueblo fiel a su voluntad. En ese sentido los católicos no somos ni tradicionalistas ni progresistas. Porque «la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la transmisión del fuego», como diría el compositor Gustav Mahler. Tradición significa simplemente transmisión, comunicación.
O como diría el teólogo Joseph Ratzinger, la tradición es el contenido de la sucesión, y la sucesión (apostólica) es la forma en que esa tradición llega a nosotros. Pedro sigue enseñando en la sede romana dos mil años después. Esta es la encomienda que nos da Jesús a los obispos, para garantizar que la asamblea de todos los bautizados camine fiel al Evangelio y siga haciendo discípulos a tantos que aún no conocen la Verdad y la Vida.
En la lectura que estamos haciendo del libro de los hechos de los apóstoles (que tal vez podíamos titular los hechos del Espíritu Santo), vemos el resultado de la predicación de Pedro, de Pablo y Bernabé: «los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo». Predicar a Cristo y llenar la ciudad de alegría, qué maravilloso propósito para todos. A esto se dedicó Francisco, se dedicará León XIV y a ello entregaremos la vida los hijos de la Iglesia.
La comunidad de Jerusalén encerrada en sus muros se hace pueblo itinerante, Iglesia peregrina por las naciones. Hermanas, hermanos, no somos llamados al recuerdo o a la nostalgia, sino a renovar la memoria de Jesús, muerto y resucitado por todos. Tenemos un Pastor, Jesús, y nosotros somos los perritos que cuidamos a su pueblo.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi
Obispo de Palencia