Queridos lectores, paz y bien.
Ahora que la Iglesia católica va recuperando su pulso y recorrido ordinario, con León XIV en la sede de Roma, quiero resaltar una de las notas características de la fe de la Iglesia que no es otra que la novedad en la continuidad. El engarce con el legado del Papa Francisco salta a la vista cuando el Papa actual señala expresamente su deseo de viajar a Turquía, y no precisamente para realizar un trabajo de mediación política de cara a la guerra de Ucrania, sino para acudir a la que fue una ciudad romana en la que en el año 325 se celebró el primer gran Concilio Ecuménico en la Iglesia.
En la bula para el Año Jubilar de la Esperanza, declaraba el Papa Francisco: «Durante el próximo Jubileo se conmemorará un aniversario muy significativo para todos los cristianos. Se cumplirán, en efecto, 1700 años de la celebración del primer gran Concilio ecuménico de Nicea. Conviene recordar que, desde los tiempos apostólicos, los pastores se han reunido en asambleas en diversas ocasiones con el fin de tratar temáticas doctrinales y cuestiones disciplinares. En los primeros siglos de la fe los sínodos se multiplicaron tanto en el Oriente como en el Occidente cristianos, mostrando cuánto fuese importante custodiar la unidad del Pueblo de Dios y el anuncio fiel del Evangelio».
El lema del Papa León XIV es in illo uno unum, en el Uno, somos uno, es decir, aunque los cristianos somos muchos, en el único Cristo, somos uno. Y hace honor a su lema cuando cumple el sueño del Papa Francisco de viajar al oriente para reunirse con el patriarca de Constantinopla Bartolomé I, tal y como lo hizo en 1965 San Pablo VI en aquel memorable abrazo con el patriarca Atenágoras en Nazaret.
El Concilio de Nicea tuvo la tarea de preservar la unidad, seriamente amenazada por la negación de la plena divinidad de Jesucristo y de su misma naturaleza con el Padre. Estuvieron presentes alrededor de trescientos obispos, que se reunieron en el palacio imperial el 20 de mayo del año 325, convocados por iniciativa del emperador Constantino. Después de diversos debates, todos ellos, movidos por la gracia del Espíritu, se identificaron en el Símbolo de la fe que todavía hoy profesamos en la Celebración eucarística dominical.
Es de destacar que el obispo Osio de Córdoba fue el animador de los debates conciliares. Debido a esa efeméride, la catedral de Córdoba albergará una espectacular exposición que conmemora ese evento histórico. Decía el Papa Francisco: «El Concilio de Nicea marcó un hito en la historia de la Iglesia. La conmemoración de esa fecha invita a los cristianos a unirse en la alabanza y el agradecimiento a la Santísima Trinidad y en particular a Jesucristo, el Hijo de Dios, “de la misma naturaleza del Padre”, que nos ha revelado semejante misterio de amor». La Iglesia no inventa sus verdades, sino que las recibe del mismo Jesús, quien ya afirmó sin ambages: «el Padre y yo somos uno» (Jn 10, 30).
La ortodoxia de la Iglesia y el hecho de que los cristianos aceptamos unos dogmas, nada tiene que ver con caer en el dogmatismo. El sentido genuino del dogma, es la sinergia, el acuerdo entre el Espíritu Santo y la fe de los apóstoles. En la comunidad de Jerusalén, los debates se solucionaban llegando a un acuerdo, y la fórmula era: «nos ha parecido bien, al Espíritu Santo y nosotros...». El consenso genuino es llegar a asumir el sensus de Dios, descubrir su voluntad. No es la dictadura y la uniformización, sino superar maneras de explicar la fe que destruyen la fe.
Las herejías son intentos fallidos de explicar racionalmente la fe, porque suspenden prematuramente el juicio. Arrio, el hereje al que Nicea responde, partía de la imposibilidad, según él, de que Jesús sea verdadero Dios y verdadero hombre. Consideraba desde su esquema griego la imposibilidad de que Dios habite en una carne humana, haya nacido de una mujer. El pensamiento adecuado, ortodoxo, propicia que se deba seguir profundizando indefinidamente una verdad que es inspiradora de una humanidad y una comunidad para las que Dios ha puesto su tienda entre nosotros, se ha hecho hermano y amigo.
Esto es algo inaudito, escandaloso, revolucionario, ya lo sabemos. Pero ese es justamente nuestro Evangelio, la Buena Noticia que sorteó hace 1.700 años un terrible escollo que hubiera reducido el cristianismo a una irrelevante corriente espiritual a merced del sistema. Tenemos mucho que celebrar en Nicea.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi
Obispo de Palencia