Queridos lectores, paz y bien.
Este domingo del mes de julio, puede ser una estupenda oportunidad para entrar dentro de nosotros mismos, y hacerlo no solos, sino de la mano de Jesús, de nuestro Salvador. El ejercicio de la meditación en una clave cristiana, nada tiene que ver con una autocomplacencia narcisista, sino más bien, con el coraje de dejarnos cuestionar y alterar por su ejemplo y su Evangelio. Este domingo se lee en nuestras comunidades cristianas la llamada parábola del buen samaritano.
Llamada así, porque para los judíos, los samaritanos son malos por definición. De hecho, en la dura controversia que Jesús mantiene con los judíos en el evangelio de Juan, ante la acusación de Jesús de que no conocen a Dios, ni son de verdad hijos suyos, estos le insultan diciendo: «con razón decimos que eres samaritano y que tienes un demonio dentro» (Jn 8, 48). Pues bien, Cristo asume esa identidad vergonzante y rechazada en la parábola que hoy se escucha en nuestras eucaristías y celebraciones de la Palabra.
Cito la catequesis que el Papa León ofreció el pasado 28 de mayo. «Hoy me gustaría hablarles de una persona experta, preparada, un doctor en la Ley, que sin embargo necesita cambiar de perspectiva, porque está concentrado en sí mismo y no se da cuenta de los demás (cf. Lc 10, 25-37). De hecho, le pregunta a Jesús cómo se “hereda” la vida eterna, utilizando una expresión que la considera como un derecho inequívoco. Pero detrás de esta pregunta, quizás se esconde precisamente una necesidad de atención: la única palabra sobre la que pide explicaciones a Jesús es el término “prójimo”, que literalmente significa “el que está cerca”.
Por eso, Jesús cuenta una parábola que es un camino para transformar esa pregunta, para pasar del “¿quién me quiere?” al “¿quién ha querido?”. La primera es una pregunta inmadura, la segunda es la pregunta del adulto que ha comprendido el sentido de su vida. La primera pregunta es la que pronunciamos cuando nos situamos en un rincón y esperamos, la segunda es la que nos impulsa a ponernos en camino».
La parábola que cuenta Jesús tiene, de hecho, como escenario un camino, y es un camino difícil y áspero, como la vida. Es el camino que recorre un hombre que baja de Jerusalén, la ciudad en la montaña, a Jericó, la ciudad bajo el nivel del mar. Es una imagen que ya presagia lo que podría ocurrir: efectivamente, sucede que ese hombre es asaltado, golpeado, despojado y abandonado medio muerto. Es la experiencia que se vive cuando las situaciones, las personas, a veces incluso aquellos en quienes hemos confiado, nos quitan todo y nos dejan tirados.
Pero he aquí que llega alguien que es capaz de detenerse: es un samaritano, es decir, alguien que pertenece a un pueblo despreciado (cf. 2 Re 17). En su caso, el texto no precisa la dirección, sino que solo dice que estaba de viaje. La religiosidad aquí no tiene nada que ver. Este samaritano se detiene simplemente porque es un hombre ante otro hombre que necesita ayuda. Con este modo de contar la historia, Jesús desborda la cuestión religiosa: para Él no hay ámbito sagrado ni profano. El mundo y la historia son el escenario donde se juega la cuestión de Dios y de la salvación.
Jesús asume la marginalidad, el ser un peregrino, un extranjero entre los suyos. El samaritano se acerca, porque si quieres ayudar a alguien, no puedes pensar en mantenerte a distancia, tienes que implicarte, ensuciarte, quizás contaminarte; le venda las heridas después de limpiarlas con aceite y vino; lo carga en su montura, es decir, se hace cargo de él, porque solo se ayuda de verdad si se está dispuesto a sentir el peso del dolor del otro; lo lleva a una posada donde gasta su dinero, «dos denarios», más o menos dos días de trabajo; y se compromete a volver y, si es necesario, a pagar más, porque el otro no es un paquete que hay que entregar, sino alguien que hay que cuidar.
Todo eso lo ha hecho Jesús por mí y por ti. Y por eso hoy nos ofrece una parábola, es decir un salvavidas que nos ayuda a no hundirnos en las aguas revueltas del mar de la historia. Mi prójimo me salva, porque su carne herida es el único pasaporte vigente para ir al cielo. Interesante meditación para un domingo de julio, si estamos dispuestos a preguntar como adultos. Que tengas un buen día.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia