Queridos lectores, paz y bien.
Continúo glosando el lema que en nuestra diócesis pretendemos desarrollar este año: “Creando puentes. Creciendo como Iglesia sinodal y misionera”. La Iglesia no es algo acabado, completo, sino justamente en curso, en proceso hacia la meta. Por eso en Palencia, al igual que en toda la Iglesia católica, somos conscientes de que cristiano no se nace, sino que se hace (o deshace). Vuelvo a inspirarme en el documento final del Sínodo, en el n. 142: «La formación del discípulo misionero comienza con la iniciación cristiana y hunde sus raíces en ella. En la historia de cada uno está el encuentro con muchas personas y grupos o pequeñas comunidades que han contribuido a introducirnos en la relación con el Señor y en la comunión de la Iglesia: padres y familiares, padrinos y madrinas, catequistas y educadores, animadores de la liturgia y trabajadores en el campo de la caridad, diáconos, presbíteros y el mismo obispo».
Y para mí, el ser o no ser de la Iglesia en todos los tiempos consiste en que cada persona que ha sido tocada por el Señor se incorpore a su Cuerpo, a su Pueblo, y constituya así su Templo vivo en este mundo. Pero siendo realistas, eso no sucede a menudo. El Sínodo lo señala así en ese mismo número: «A veces, una vez terminado el camino de la Iniciación, el vínculo con la comunidad se debilita y se descuida la formación. Sin embargo, ser discípulos misioneros del Señor no es una meta que se alcanza de una vez para siempre. Implica conversión continua, crecimiento en el amor “hasta alcanzar la medida de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13) y apertura a los dones del Espíritu para un testimonio vivo y gozoso de la fe. Por eso es importante redescubrir como la celebración dominical de la Eucaristía forma a los cristianos: la plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo; no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él». Llegar a ser Él, no dice como Él, sino ser Él. Ser asimilados por su amor es el resultado de comulgar su Palabra y su Pan, siempre ha sido y es así.
Por ello, resulta hermoso el título de la última sección del Documento Final del Sínodo: un banquete para todos los pueblos. Me resulta doloroso recordar algún refrán que, en Navarra, y también en Palencia he escuchado alguna vez: “la Misa y el pimiento, poco alimento”. Para los que tratamos de seguir al Señor, es lo contrario. Cuando pedimos en el Padre Nuestro «danos hoy nuestro pan de cada día», el griego del Evangelio dice literalmente, danos el pan sobresustancial, ese pan, el único capaz de alimentar y saciar. Y ese sueño de quitar el hambre del mundo, ha sido desde siempre el sueño de Dios. Por eso, el n. 152 del Sínodo lo narra así: «El relato de la pesca milagrosa termina con un banquete. El Resucitado ha pedido a los discípulos que obedezcan su palabra, que echen las redes y las saquen a tierra; es Él, sin embargo, quien prepara la mesa y les invita a comer. Hay panes y peces para todos, como cuando los había multiplicado para la multitud hambrienta. Por encima de todo, está el estupor y el encanto de su presencia, tan clara y resplandeciente que no se hacen preguntas. Al comer con los suyos, después de que le habían abandonado y negado, el Resucitado abre de nuevo el espacio de la comunión e imprime para siempre en los discípulos la huella de una misericordia que se abre de par en par al futuro. Por eso, los testigos de la Pascua se calificarán así: “nosotros que hemos comido y hemos bebido con él después de su resurrección de entre los muertos” (Hch 10,41)».
Aunque sólo en el cielo tendrá su plenitud, la mesa de la gracia y de la misericordia ya está puesta para todos y la Iglesia tiene la misión de llevar este espléndido anuncio a un mundo cambiante. Mientras se alimenta en la Eucaristía del Cuerpo y de la Sangre del Señor, sabe que no puede olvidar a los pobres, a los últimos, a los excluidos, a los que no conocen el amor y están sin esperanza, ni a los que no creen en Dios o no se reconocen en ninguna religión instituida. Los lleva al Señor en la oración y luego sale a su encuentro, con la creatividad y audacia que le inspira el Espíritu. Ojalá vivamos todos un curso pastoral apasionante.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia