Queridos lectores, paz y bien.
De entre las efemérides destacables de este Año Jubilar de la Esperanza, destaca sin duda el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea. Fue deseo del Papa Francisco acudir a la ciudad, actualmente turca, donde aconteció aquel primer Sínodo universal para reunirse con los principales líderes de las iglesias ortodoxas. Ese deseo lo cumplirá el Papa León XIV, desplazándose allá a finales de noviembre.
Considero importante traer a la memoria del pueblo de Dios católico el significado de aquel evento, para no recaer en los errores que provocaron la respuesta católica y ortodoxa, que eran conceptos equivalentes en el siglo IV. Hacia el año 320, en Alejandría, capital cultural del Imperio, el presbítero Arrio comenzaba a difundir sus ideas. Negaba la igualdad en la divinidad del Hijo de Dios con el Padre. Fundamentaba sus argumentos apelando a algunos textos del Antiguo Testamento y a las ideas de la filosofía platónica. Arrio hablaba de la Palabra, del Logos, como una especie de demiurgo, de dios de “segundo rango”, de “segunda categoría”, intermedio. Criatura, pero también mediador de la creación. En Arrio, el Dios de los filósofos se impuso al Dios vivo de la historia. Su teología es, de hecho, una helenización del cristianismo, un sometimiento de la fe a la ideología, al pensamiento políticamente correcto.
Podemos sintetizar las tesis arrianas de esta forma:
- Para Arrio, sólo el Padre es el no-engendrado. El verdadero Dios absolutamente único es Dios Padre. Fuera de él no puede existir otro Dios en el sentido verdadero del término. Todo lo que existe fuera del Padre ha sido creado.
- El Verbo no es Dios como el Padre. Acepta llamarle Dios, pero subordinándolo. El Verbo no coexiste desde la eternidad con el Padre. Ha sido creado, tiene un principio y viene de la nada. Esto significa que el Hijo pertenece a la categoría de las criaturas.
- Por lo tanto, Dios fue siempre Dios, pero no siempre fue Padre, sino sólo a partir del momento en que creó al Hijo: “Dios no ha sido siempre Padre, sino que hubo un tiempo en que estaba solo y no era todavía Padre. Luego llegó a ser Padre. El Hijo no ha existido siempre... hubo un tiempo en que no existía. No existía antes de nacer, sino que también él tuvo un comienzo”.
El obispo de Alejandría, Alejandro condenó las teorías arrianas. Pero Arrio siguió con sus ideas, y algunos obispos se le unieron. El emperador Constantino, para tratar de poner paz, convocó el primer concilio ecuménico de la Iglesia en el 325 en Nicea (318 padres). Y el fruto maduro del primer concilio ecuménico de la Iglesia fue un Símbolo, un Credo. «Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; y en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas».
Arrio sostiene que el Hijo es creado extra Deum, que esta creación acontece fuera de Dios. Y Nicea afirma que el Hijo es engendrado, generado intra Deum (al interno de la realidad divina). Esta se da “dentro” de Dios. Un cristiano no puede comprender a Dios sin Cristo como Hijo, ya que pertenece a la constitución misma de Dios. No hay Dios sin el Hijo. La eterna comunicación intradivina de Dios es la que se revela en el mundo por la encarnación.
Estas disputas en torno al de Cristo afectaban irremediablemente a la idea de salvación. Arrio reduce a Cristo a criatura y la salvación al ejemplo que Jesús nos deja con su vida. Si Jesús no es Dios, no puede salvarnos realmente. En palabras del obispo Alejandro: “sólo si Cristo es Hijo de Dios por naturaleza, puede hacer a los hombres hijos de Dios por adopción”.
Y San Atanasio, que será llamado el “campeón de la fe nicena”, defenderá lo expuesto en Nicea afirmando que “sólo aquel que es verdaderamente Dios nos puede divinizar”. Nicea nos ayuda frente a posturas actuales que reducen la divinidad de Jesús, algunas sutilmente presentes en la misma Iglesia. Por otra parte, la cristología de Nicea nos «abre» al auténtico concepto del Dios cristiano. Subrayando la divinidad de Jesús, el concilio afirma con rotundidad la autocomunicación personal de Dios en la existencia humana del hombre Jesús. Según los cristianos, Jesús es verdaderamente Dios y Hombre. Una hermosa paradoja que recoge el misterio más precioso, el que verdaderamente nos puede salvar.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia