Jubileo a cuatro manos

Jubileo a cuatro manos

Queridos lectores, paz y bien.

Hoy, en todas las diócesis del mundo (salvo en Roma), clausuraremos el Año Jubilar de la Esperanza. Lo comenzábamos en otro domingo como hoy (29 de diciembre de 2024), el dedicado a la Sagrada Familia de Nazaret. Lo comenzaba el Siervo de los siervos de Dios, el Papa Francisco. Y lo culminará León XIV, el día de Epifanía.

Así enmarcaba Francisco su iniciativa: «El Año Santo 2025 está en continuidad con los acontecimientos de gracia precedentes. En el último Jubileo ordinario se cruzó el umbral de los dos mil años del nacimiento de Jesucristo. Luego, el 13 de marzo de 2015, convoqué un Jubileo extraordinario con la finalidad de manifestar y facilitar el encuentro con el “Rostro de la misericordia” de Dios, anuncio central del Evangelio para todas las personas de todos los tiempos. Ahora ha llegado el momento de un nuevo Jubileo, para abrir de par en par la Puerta Santa una vez más y ofrecer la experiencia viva del amor de Dios, que suscita en el corazón la esperanza cierta de la salvación en Cristo. Al mismo tiempo, este Año Santo orientará el camino hacia otro aniversario fundamental para todos los cristianos: en el 2033 se celebrarán los dos mil años de la Redención realizada por medio de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. Nos encontramos así frente a un itinerario marcado por grandes etapas, en las que la gracia de Dios precede y acompaña al pueblo que camina entusiasta en la fe, diligente en la caridad y perseverante en la esperanza».

Dios, en su providencia, ha permitido que ese deseo de Francisco se culmine hoy en nuestra diócesis, y lo haremos celebrando una Eucaristía en la Catedral de San Antolín. Hemos tenidos la ocasión para celebrar la esperanza en múltiples celebraciones, de las que destaco el Jubileo de la discapacidad. También quiero referirme a la celebración jubilar en nuestros santuarios marianos, referencias luminosas para nuestras zonas pastorales, o el monasterio de Santo Toribio de Liébana, al que peregrinamos los jóvenes.

Es momento en que conviene hacer un balance y preguntarnos como diócesis, si el lema del curso pastoral de este año, creando puentes, está siendo una realidad, y efectivamente hemos sido capaces de conectar con las “otras orillas” de donde nos movemos habitualmente, o si seguimos enrocados en nuestros planteamientos ideológicos, en nuestras inercias históricas, en nuestras habituales trincheras. Porque el día de la Sagrada Familia hemos de ser especialmente honestos, y plantearnos si somos hombres y mujeres de comunión, o de división. Al igual que sufrimos por las desavenencias familiares, nuestra incongruencia como creyentes nos hace estériles, mundanos.

En la Iglesia, el hecho de que seamos tan distintos, no ha de ser una condena, sino punto de partida para un encuentro. La comunidad cristiana crece porque la dinámica es de continuidad, y no de ruptura, como sucede en el mundo político, social, cultural o económico. León XIV no es ni debe ser un clon de Francisco. Pero el Papa norteamericano-peruano, honra su memoria y acoge su legado para desarrollarlo creativamente, a instancias del mismo Espíritu que a su vez inspiró al Papa argentino.

El Jubileo nos ha pedido que el amor cristiano no se quede en palabras, sino de se traduzca en gestos concretos. Nos pedía Francisco: «No pueden faltar signos de esperanza hacia los migrantes, que abandonan su tierra en busca de una vida mejor para ellos y sus familias. Que sus esperanzas no se vean frustradas por prejuicios y cerrazones; que la acogida, que abre los brazos a cada uno en razón de su dignidad, vaya acompañada por la responsabilidad, para que a nadie se le niegue el derecho a construir un futuro mejor». Y nuestra diócesis, como tantas españolas, ha aliviado la situación de jóvenes africanos, que arriesgando sus vidas han llegado a las Canarias buscando ayudar a sus familias. En un piso de nuestra diócesis, cuatro jóvenes subsaharianos, viven y se preparan para la formación y la vida laboral. Donde otros ven problemas, nosotros queremos ver signos de un mundo nuevo, el que Dios sueña para todos. La limosna de este domingo en la Catedral será destinada para apoyar esta iniciativa.

Por último, queremos que la clausura la protagonicen los niños y los jóvenes, que llevarán la cruz jubilar a la puerta de la salvación, y leerán un comunicado, como el que hicieron en Roma el 1 de agosto, en el que comenzará su marcha atrás al Gran Jubileo de la Redención de 2033. La Iglesia es de los jóvenes, y muchos de nuestros chicos y chicas lo han entendido y lo asumen con alegría y coherencia. Hay esperanza para este mundo.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi

Obispo de Palencia