Al rescate de San José

Al rescate de San José

Queridos lectores, paz y bien.

En este cuarto domingo del Adviento, el evangelio nos pone en primer plano a un personaje decisivo para la historia de la Salvación, y de quien, sin embargo, no se recoge ninguna frase salida de sus labios: me refiero a San José. En efecto, a un lector común del Evangelio, José le podría parecer casi como un padre insulso de esa época, ese padre que está “también”, que ocupa un espacio y, en esencia, no mucho más.

Hace unos años había una publicidad terrible. Mostraba a un padre que no entendía nada, mientras los hijos y la madre comprendían todo. Él no resolvía problemas, sino que los complicaba, aunque él creía que los estaba resolviendo. En un momento dado, decía: “¿qué haríais sin mí?”; y la madre, mirando al espectador, rebatía: “buscaríamos a otro”; la gente reía… ¿pero de qué? Era la imagen del padre de Peppa Pig. Un estúpido.

Este planteamiento lo he leído del maravilloso escritor romano Fabio Rosini, de su libro editado en la editorial Patmos y titulado, San José. Acoger, proteger y alimentar”. Y en él, pretende explicitar dos preocupaciones. Por una parte, explicar a los sacerdotes jóvenes (me temo que lo necesitamos todos, no sólo ellos) cómo se ejerce la paternidad sacerdotal. Por otra, está el deseo de ayudar a tantas parejas de colaboradores a desarrollar la armonía entre masculinidad y feminidad, armonía gravemente comprometida a partir de, mayo del 68 francés.

Nuestra generación no sólo ha perdido al padre y endurecido a la madre... también ha perdido sabiduría de forma global, con lo cual estoy convencido que el antídoto a ese veneno lo tenemos en la historia de María y de José, tal y como la narran San Lucas y San Mateo, respectivamente. Lucas, médico griego narra la parte de la Madre de Dios, y Mateo, maestro judío, la parte del padre adoptivo, del heredero del trono de David, nuestro José.

El evangelio de hoy, como digo, no recoge ni una sola de sus palabras (parece que no era mudo), pero nos deja huellas de su mundo exterior e interior: tenemos sus sueños, su voluntad, sus miedos y sus decisiones. Sobre todo, de él tenemos los actos y las obras que son consecuencia de esas decisiones. “María (la madre de Jesús), estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado”.

Pero todos sabemos que eso no fue lo que hizo. Aceptar que Dios se sirva de nosotros no es cosa sencilla. Supone que Dios fecunde nuestra existencia y le dé dirección según su ritmo, según su realidad. Decir “sí” a la obra de Dios es difícil, porque significa dejarle el volante, el domino, el gobierno de nuestra vida. Esta es la esencia de la paternidad... colaborar con Dios para que Él obre en otro, ayudar a este o a esta a mostrar su belleza, sus capacidades, su gracia. En un mundo saturado de un narcisismo oceánico, esta necesidad de padres resulta decisiva.

El rol paterno tiene que saber desempeñar un papel orgánico con la supremacía materna. Sólo así puede conducir esta aventura de la mejor forma. Hacerlo requiere verdadero afecto, libertad respecto a uno mismo, una gran generosidad, y mucha... virginidad. Es mantenerse en el propio puesto y hacer que la vida de otro se desarrolle bien, sin adueñarse de ella. Figuras que corrijan con amor y sabiduría, estimulando y valorando, nunca despreciando.

José, tú conoces a María desde niña. Tú eras un muchacho y ella apenas una adolescente. La has cortejado, de un modo complicado y ritual según las costumbres de tu tiempo. Habéis planeado las cosas, habéis reído juntos, habéis rezado juntos. Ella te mira a los ojos -¿cómo es la mirada de María? ¿Hasta qué punto es intensa? ¿Hasta qué punto es profunda?- y te dice una cosa absolutamente inesperada para ti. Y después no baja la mirada. Se queda ahí. El problema ahora es tuyo, no suyo; ella no duda, está segura. Mira lo que quieres hacer, pero ella sabe lo que pasa. No puede dudar.

José, el hombre de los sueños, como lo fueron Abraham, Isaac, Samuel es también el hijo de David, portador del Reino de Dios, portador de la promesa hecha por Dios al pueblo. José, por sangre, es el Rey de Israel escondido. Lo va comprendiendo. El ángel le ha encomendado la tarea que se le asigna dar a todo padre israelita: le pondrás por nombre Yeshuáh, el Salvador. Y lo llevarás a la ciudad de David, a Belén. El niño que va a nacer de María será Rey de Reyes. Esta es la Feliz Navidad.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia