Queridos lectores, paz y bien.
Hoy estamos en el cuarto domingo de Pascua, el domingo del Buen Pastor. Sigo con mi reflexión de los dos anteriores domingos, y quiero hoy culminarla haciendo referencia justamente al deseo de Jesús de pastorearnos: «él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz». Me centraré en este aspecto de la fe cristiana, que es el seguimiento de Jesús. Ser personas de Pascua implica reconocer entre todas las voces que pululan dentro de nosotros y alrededor nuestra, la voz de quien nos conoce porque nos ama, y. ¡oh sorpresa! Nos ama porque nos conoce.
Tener a Jesús como pastor es un verdadero descanso, porque con Él uno se sabe amable, es decir, digno de ser amado. Nadie hay en este mundo indigno de recibir amor. «Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon». El Enemigo de la naturaleza humana justamente incide en este mensaje letal: “tú no eres nadie, estás solo, nunca saldrás de tu situación, no merece la pena...”. Hoy Jesús nos invita explícitamente a considerar si seguirle merece la pena. Hay pena, eso es un hecho, pero esa pena puede ser la antesala de la gloria.
Hablar de pastor conlleva repensar nuestras relaciones de fraternidad, no meramente horizontales, sino en Jesús. En la horizontalidad, solemos ser impositivos, porque inconscientemente nos queremos constituir en norma para los demás. Esto requiere una buena dosis contemplativa, ya que la genuina fraternidad es en Jesús. Me corresponde consentir a que sólo Jesús sabe ser hermano, porque sólo Él es el Hijo. Ahora que estamos en Palencia reconfigurando nuestro actuar como diócesis, necesitamos recordar que no es suficiente vivir por Cristo y con Él, sino que se trata de vivir el Él.
El individualismo de los católicos es un contrasigno, y desdecimos y desacreditamos a la Iglesia cuando no somos de verdad comunitarios. Jesús es el buen Pastor que sale al terreno abierto de la libertad que genera vínculos vitales, y no meras conexiones ideológicas (sólo intelectuales, morales o sentimentales). Sólo somos personas de Pascua, si hemos pasado el Mar Rojo, y hemos dejado el Egipto del Faraón con sus esclavitudes sistémicas. Si avanzamos hacia lo desconocido, hacia la tierra de la promesa, fiados del Pastor que va por delante, entonces somos un pueblo de llamados, de elegidos, y primicia. Ser católicos no es ser nostálgicos de glorias pasadas, sino prematuros, nacidos antes de tiempo en la fuente bautismal, que anticipan el cielo aquí en la tierra.
Embarcados los católicos en el nuevo plan de pastoral, hemos de deponer las actitudes de poder, y no buscar otro empoderamiento que el del servicio y el del perdón sincero. «El todo es superior a la parte», decía el Papa Francisco, y siempre acertaremos cuando demos más valor a cuanto nos une. «El tiempo es superior al espacio» decía también el Papa argentino, y ello conlleva primar los procesos a las inercias.
Jesús es el buen Pastor, mejor dicho, el pastor hermoso, si traducimos bien el Evangelio. Su belleza es física y moral, ya que siempre responde con amor al desprecio, y con perdón a la ofensa. Cuánto tenemos que aprender de Él, por ejemplo, aceptando que no todos estén contentos conmigo. Eso es costoso, pero purificador. Hay que contar con que caigo mal a algunos, pero tal vez doy pie para ello, e incluso he de reconocer que demasiado bien me tratan para cómo soy.
Sólo tras Jesús se aprende la humildad y la sencillez. Saber aportar sin comparaciones, ser personas de apoyo, superar las amenazas cotidianas para caminar tras su huella. Tener a Jesús como pastor conlleva madurar, dejando de lado el infantilismo de un cristianismo timorato y sumiso, o por otra la parte, las actitudes adolescentes de una reivindicación constante de nosotros y de lo nuestro. Lo dice Jesús: «¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27).
Si escuchamos la voz del pastor y no endurecemos el corazón, descubriremos que la única puerta que conduce a los pastos eternos y a las fuentes de agua viva es la de servicio. Estaría bien en esta pascua, atravesar más esa puerta que la de los señores. Nuestras comunidades se vacían y languidecen con esta, y crecerán y se renovarán con esa otra puerta, más estrecha pero más real. La lección es clara, ahora toca ver cuál será nuestra elección. Buen domingo.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia