Queridos lectores, paz y bien.
Las nueve diócesis castellanas, culminábamos ayer un proceso de consultas y de discernimiento de tres años. Una de las notas de la Iglesia consiste en su carácter histórico. Ella brota de unos hechos acontecidos en Jerusalén hace dos mil años, y perdurar durante tanto tiempo requiere tener capacidad de adaptación, de inculturación, de encarnarse en cada época. La Iglesia no profesa tanto la fe en algo, sino en alguien, en Jesús, a quien reconocemos vivo y operante aquí, en todas partes, y para todos. Pero ello no se da de forma automática, sino que requiere orar al Espíritu Santo, y pedirle su luz, sus dones, para seguir anunciando el Evangelio y luchando por el Reino de Dios.
Los católicos castellanos llevamos cuarenta años trabajando juntos y de modo más intenso lo hemos hecho durante tres años bajo el lema “Renovados para la misión”. El Sínodo ha tenido una respuesta muy relevante en Palencia, y ahora hemos querido caminar junto a otras iglesias para discernir qué pide hoy el Espíritu Santo a la Iglesia en nuestro territorio.
Nuestros objetivos han sido “impulsar una Iglesia más viva, participativa y misionera”, “fortalecer la comunión entre las diócesis de Castilla”, “ofrecer respuestas evangélicas a los desafíos de la sociedad actual”, y “concretar decisiones pastorales que ayuden a anunciar mejor el Evangelio hoy”.
¿Y cómo se logra todo esto? Abordando los ámbitos de nuestra vida de fe que en toda institución humana se desgastan y desfasan, ya que la sociedad y la cultura cambian, tanto cuando avanzan como cuando retroceden en humanidad, en valores, en sensibilidad.
Por ello, hemos llegado a una síntesis en tres puntos clave: la “conversión pastoral y fortalecimiento del encuentro con Jesucristo”, la “renovación del estilo pastoral para ser una Iglesia más cercana, misionera y corresponsable” y la “reforma de las estructuras evangelizadoras, con especial atención a la parroquia y al entorno digital”.
El Papa León XIV nos inspira muy de cerca en este trabajo, ya que, en sus catequesis de los miércoles, nos recuerda las intuiciones de la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II. Nos anima a mirar a Cristo, luz de las gentes, para desde Él, mirar al mundo: «La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible».
Este precioso documento de 1964 ha marcado una era, y nos sirve de brújula y de mapa. Si los castellanos reconocíamos que nuestras diócesis y parroquias están excesivamente volcadas hacia adentro, en Ávila hemos podido sentir el aliento del Espíritu. Las palabras de la catequesis del Papa nos confirman lo oportuna que es nuestra experiencia interdiocesana: «Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso, al inicio de la Constitución Lumen Gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Con el uso del término sacramento y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un signo. Además, al término sacramento se añade también el de “instrumento”, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas.
Para su misión, Dios tiene una Iglesia. Para salvar, el Señor cuenta con quienes hemos aceptado formar parte de una asamblea de llamados, para formar un pueblo, que es inspiración, que es anticipo, que es levadura. Convocados domingo a domingo para el banquete que nos restaura y nos hace sacerdotes, reyes y profetas. ¡Adelante!
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia