Queridos lectores, paz y bien.
La Iglesia que peregrina en España celebra cada año la Jornada Pro Orantibus como una ocasión privilegiada para hacer visible, agradecer y sostener la vida contemplativa presente en nuestras diócesis. En comunión con la Iglesia universal, esta jornada nos invita a volver la mirada hacia quienes, llamados por el Señor, han consagrado su vida a la oración, la alabanza y la intercesión constante por el pueblo de Dios y por toda la humanidad. En 2026, el lema «Vida contemplativa, ¿por quién eres?» nos sitúa ante una pregunta fundamental, capaz de iluminar, a través de la vocación contemplativa, la vida cristiana en su conjunto. La frase está en sintonía y continuidad con el Congreso de Vocaciones de la Iglesia que peregrina en España que tuvo lugar en febrero de 2025 y con el lema de la pasada Jornada, también inspirado por él: «Vida consagrada, ¿para quién eres?».
Nuestros monasterios, con sus monjas y monjes son referencias, faros para quienes navegamos por el mar de la vida. Son un interrogante esencial para que no perdamos nuestra humanidad. La palabra monje (monajós) significa unificado, exactamente lo contrario de disperso, fragmentado, roto, como tantas de nuestras vidas. Así nos lo recuerda León XIV, en su Encíclica Magnifica humanitas publicada esta semana: «La Doctrina social de la Iglesia nos conduce al corazón mismo de nuestra fe: el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas; Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo. Como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido» (n. 48).
Jesús nos recuerda cómo «el Espíritu, que toma de lo mío os anunciará todo lo que el Padre posee». Y nos lleva de su mano a ese intercambio de regalos que nos descubre el secreto de la Trinidad. Un secreto no es un circuito cerrado, sino un flujo abierto que derrama amor, verdad, inteligencia más allá de sí mismo. Estoy convencido que, en el dogma de la Trinidad, está encerrado el sueño más hermoso de Dios: es amor en comunión, en relación, y si Dios es Dios en esa comunión, el ser humano lo será en una relación de amor similar. Adán no está hecho sólo a imagen de Dios creador, o sólo del espíritu que se cernía sobre los abismos, o únicamente de la imagen del verbo que estaba con Dios. Adán y Eva están hechos a imagen de la Trinidad, semejantes a esa comunión, en ese vínculo de amor, Y creo que aquí está nuestra identidad más íntima, ese gen divino.
Creo que Dios nos dio la cualidad de tejer vínculos, de tratar que las personas se unan, de dar alegría tratando de ser un punto de comunión y sé, con certeza, que el sacerdocio bautismal es estar ante la belleza mayor de toda vocación posible porque, pudiendo lograrlo o no, estoy en lo más hermoso de una vocación que lleva a Dios y lo hace presente y ese camino se hace en la fe trinitaria que se hace comunión y vida entregada.
Los que han perdido la vocación es porque perdieron su ser vínculo de comunión, de acogida. Porque quien no entra en la danza de las relaciones de Dios aún no ha entrado en Dios mismo, que es Dios Trinitario y no es una fórmula matemática. Decía San Agustín que si ves el amor ves la Trinidad, y yo que he conocido el Amor en mayúsculas trataré de no dejarlo escapar. Y por eso sé que cuando llega la soledad esta pesa, destruye, asusta. Y es porque esa soledad está en contra de nuestra naturaleza. Porque realizamos nuestra vocación en el amor de acogida, dando la vida y no en el frío posesivo del “mío”, de lo individual, que nos convierte en islas fuera del tejido de la comunidad.
El secreto de la Trinidad es una circulación de amor en dones en la que también toma e incluye al ser humano. Una casa abierta a todos los amigos de Jesús. Su gloria es la nuestra. Somos glorificados, damos alegría, cuando hacemos posible el amor. Cuando circulamos las cosas buenas y bellas, buenas y verdaderas... en la Trinidad está, también, el sueño de la humanidad, el sueño de la Iglesia, de la vocación: en ese haz de relación de dones, donde sólo podemos ser en comunión. Ojalá que nuestras parroquias sean verdaderos santuarios donde el viajero errante encuentre al fin su casa. Buen domingo de la Santísima Trinidad.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia