Adviento: Futuro y Esperanza

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Este domingo comienza en la Iglesia el tiempo llamado de ADVIENTO, que quiere decir, abiertos al que viene. Lo que viene es el futuro.

¿Cómo va a ser el futuro? Yo no tengo, ni nadie, una varita mágica ni Rapel, para trazar un dibujo del futuro. Ante el futuro cada uno tenemos deseos, diversos deseos según nuestra situación. Personalmente, todos deseamos la felicidad personal y familiar; socialmente queremos otra sociedad en la que corra como el agua la justicia, la paz, la vida digna, la libertad, la fraternidad. Concretarlo es tarea de cada uno: para unos , será pensiones dignas, mejor sanidad, buena educación y libre, trabajo para los jóvenes, que desaparezca el hambre en el mundo, que el trabajo de los agricultores sea reconocido, que avancemos en la convivencia fraterna entre todos los pueblos y regiones de España, que desaparezca el abismo entre hombres y pueblos ricos y hombres y pueblos pobres, que todos seamos honrados, que desaparezca la corrupción, que sea vencida la muerte, el odio, las guerras, que sea respetada y cuidada la naturaleza, la casa común, etc. Ante el futuro puede haber diversas posturas: pesimismo -lo que viene es peor que el presente; el pasado fue mejor, o esto no tiene remedio-; la instalación -me da igual, yo paso, yo tomo la actitud de la avestruz-; o esperanza, esperar que todo vaya mejor.

Considero que la única manera digna del hombre de afrontar el futuro es la esperanza. Es una actitud fundamental del ser humano el creer que mañana todo será distinto (Peguy). Máximo, el confesor, teólogo del S. VII, decía: “la verdad de las cosas se encuentra en el futuro”. La esperanza es realista, no ingenua: sabe que no todo el monte es orégano, que hay personas, instituciones y fuerzas que quieren que no cambie nada, que se oponen a nuestros más sinceros y profundos deseos, personales y colectivos. La esperanza no es pasiva creyendo que el futuro mejor nos lo van a regalar los políticos, los banqueros, los militares, los otros, sean quienes sean o va a venir caído del cielo, por inercia. Los otros pueden colaborar y ayudar o entorpecer. No; la esperanza pide nuestro compromiso; de hecho, la esperanza, según san Isidoro de Sevilla, tiene que ver con el pie, tener pie, estar de pie para caminar.

El futuro y la esperanza nos avoca al compromiso, a arrimar un hombre, o los dos, para que los deseos se conviertan en realidad, no en utopías irrealizables. Quizás no se consigan todos nuestros deseos al cien por cien, pero no por eso hay que tirar la toalla, haya que seguir luchando y trabajando. ¿Cómo? Con paciencia, sin olvidar que no se ganó Zamora en una hora, que hay que dar tiempo al tiempo, incluso aceptar lo que entrañe de sufrimiento. Con humildad, sabiendo que no somos dioses, sino simples seres humanos, frágiles, limitados, contradictorios; con confianza en uno mismo, en los demás y, cómo no y, en primer lugar, en Dios que ha puesto en nosotros, en nuestro interior esos deseos. Con discernimiento: no todos los caminos llevan a Roma. Hay que sentarse, pensar, reflexionar y decidirse por lo mejor.

La Iglesia en adviento, y siempre es adviento, nos invita a resucitar en nosotros las mejores utopías, los mejores deseos y aspiraciones, los mejores sueños. Por eso se nos presentarán grandes textos de los profetas, sobre todo de Isaías, que nos hablan, desde la historia pasada de Israel, de las promesas de Dios a su pueblo, promesas de paz, justicia, felicidad, amor, etc. Nos lo pintan con trazos preciosos, poéticos, entusiasmantes. Creo que debemos dejar impactar y cautivar por ellos.

El adviento de la Iglesia nos afirma que ese futuro tiene nombre: el Resucitado, Jesús, nacido en Belén de María Virgen, el muerto en la cruz, pero que vive, el que vivió y proclamó las bienaventuranzas, el que amó hasta el fin. Se nos da sin mérito, por nuestra parte, como Dos, regalo del Padre Dios a todos los hombres. Es el único camino que no engaña ni frustra porque nos lleva a la Verdad y la Vida. Tenemos que acogerlo y salir a su encuentro como Juan Bautista, que nos llama a la conversión personal y social, y sobre todo como María, la Virgen Madre, con fe, cariño, alegría, gratitud, con amor y docilidad, con nuestra entrega total a su voluntad, como san José, en colaborando con el misterio de Dios del que cada uno somos portadores. Pero, es más: el adviento nos recuerda que nuestro futuro es Dios, el Resucitado, y nuestra identidad está en Cristo resucitado que lleva las marcas de la cruz, no en el pasado, pero también Dios nos da la fuerza, su Espíritu, quehacer todas las cosas nuevas, y nos da, como a los apóstoles y a los mártires, alegría, confianza, fortaleza y osadía.

Ánimo, palentinos: que se note que somos hombres y mujeres con esperanza; que nos comprometamos con nuestros sueños, personales y colectivos, y manos a la obra, uniendo nuestras manos y fuerzas. Que la “niña esperanza” despierte nuestra fe y nos mueva a actuar desde el amor.

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