En la Fiesta de la Virgen de la Calle

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Un saludo hermanos palentinos, fieles cristianos ciudadanos y autoridades. Con mi saludo, mi deseo: de seguir celebrando esta fiesta unidos entre nosotros y al Papa que no cesa de pedir la Paz para el mundo entero, particularmente en Hispanoamérica, concretamente en Nicaragua, Venezuela, Honduras, y otras partes del mundo, como Oriente Medio, Sudán, Centroáfrica, etc.

Fuimos ayer a honrar a la Madre de Dios y nuestra madre, la Virgen de la Calle. La Virgen María tiene muchos títulos, aquí en Palencia y en toda España. Pero pocas tienen tanto eco como este en el corazón de todos, particularmente en el vuestro, fieles palentinos. También fuimos a nuestra madre a pedir la Paz.

¿Qué es la paz? No es la “pax romana”, antigua y moderna, impuestas con las armas, militarizadas, o no; ni la paz que huye de los problemas y se refugia en el nirvana. La paz que anhela el corazón del hombre es plenitud, no violencia, es justicia, concordia, tranquilidad, orden, armonía, es fraternidad, es reconciliación y perdón, es amor y misericordia, es respeto, bienestar, prosperidad, descanso, seguridad, salvación, no hacer ofensa ni daño.

Todo esto es la paz, todo esto es Jesús, el Niño que ella tiene en brazos, y cuya luz y amor se refleja para nosotros en los ojos de la Madre Virgen. Jesús es el que trae la Paz a los hombres amados del Señor, de buena voluntad...; es el que proclamó dichosos a los que trabajan por la paz, reconcilió con su cruz a lo humano y lo divino, unió en su carne a Dios y los hombres, y resucitado saludaba a los suyos diciendo “PAZ A VOSOTROS”. Una Paz especial, no como la da el mundo.

Jesús nos vino y nos viene por Ella, la Virgen de la Calle. Ella, la que estuvo siempre en Paz con Dios, en Paz consigo misma, reconociéndose la sierva del Señor, constructora de la Paz y dando a Cristo, entregándole, con sensibilidad femenina, abierta a las necesidades de los demás, como en Caná, asumiendo también el dolor, constructora de la Paz en la comunidad reunida el día de Pentecostés, rogando y acogiendo al don del Espíritu.

Ayer hemos estado allí, como tantos que nos han precedido en la fe y en esta ciudad con nuestras limitaciones, preocupaciones, alegrías, dolores, y las de los demás, que son propias también de cada uno. La miramos, ella nos mira y nos refleja la mirada de su Hijo, llena de Paz y alegría, llena de amor. Dejémonos mirar por ella. Su mirada infunde Paz.

Nos encontramos como otros palentinos de anteriores generaciones suplicando la Paz verdadera, Virgen de la Calle sagrada. Como ella tendemos nuestras manos suplicando la Paz. Hay guerras, violencia, desigualdades, injusticias entre las personas, y las familias, en el interior de las mismas, entre las regiones, las naciones... también en España.

No tengamos miedo de elevar nuestras manos y suplicar: la paz es un don de Dios que hay que pedir y acoger. Pero también hay que ofrecer con las manos abiertas. El Papa Francisco en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del pasado 1 de enero, decía: “La mano para coger, la mano para ofrece el regalo de la Paz”. Somos discípulos misioneros de Jesucristo, como nos lo recuerda permanentemente el Papa “Con María, nuestra influencer, discípulos misioneros de Jesucristo”. Acoger y ser constructores de Paz ser pacificadores:

Con Dios: viviendo en su amor como hijos, sin darle la espalda, escuchando su palabra como María, obedeciendo y cumpliendo su voluntad. Con uno mismo: cultivando el silencio, el perdón a uno mismo y la reflexión. Con el otro: la cultura del encuentro, sabiendo que el otro es portador de un mensaje de Dios para nosotros. Con la creación: nuestra casa común, cuidando parques, jardines aguas y sobre todo la convivencia cívica especialmente con los más humildes y pobres.

Celebremos la Eucaristía con pan y vino, como la ofrenda de Melquisedec a Abrahán para bendecir al Señor de la Paz. Sepamos no sólo recibir, sino ser para los demás ofrenda gratuita pan y vino...

Que así seamos luz, faro, antorcha, candela y reflejo de la gloria de Dios, que es el Dios del encuentro en el amor que nos hace hijos y hermanos.

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