Domingo de la Palabra de Dios

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

La palabra es una de las maravillas que nos definen a los seres humanos; por medio de ella nos comunicamos, designamos las cosas, expresamos nuestros más profundos sentimientos; cuánto apreciamos una llamada de los padres, los hijos, los amigos... para ellos existimos, somos seres queridos. Pues para Dios también somos hijos amados, amigos, por eso nos habla de muchas maneras, sobre todo por su Hijo (Hbr 1, 1).

El día de san Jerónimo, sacerdote, monje, padre de la Iglesia de Occidente y estudioso de la Biblia, el 30 de septiembre de 2019, el papa Francisco nos regaló una carta Apostólica titulada “Aperuit illis”, “Les abrió el entendimiento”. Recogiendo una frase de Lc 24, 45, pasaje en el que el evangelista nos narra la aparición de Jesús Resucitado a los dos discípulos de Emaús. Ellos iban de Jerusalén a Emaús, defraudados, desesperanzados por la muerte y sepultura de Jesús, el final temporal de su vida, no esperaban su resurrección. En el camino, Jesús se hace compañero de camino, como un peregrino más, se les une, no le reconocen, pregunta, dialogan, él explica, ellos escuchan, pero no entienden lo de la resurrección. Jesús se lo explica a partir de Moisés y los profetas. Llegan a la aldea; ellos le invitan a quedarse, ellos lo reconocen al partir el pan y se lo da, Jesús desaparece y ellos reconocen que su corazón ardía cuando, por el camino, Jesús les hablaba y explicaba las escrituras. Después vuelven sobre sus pasos a Jerusalén y ellos cuentan lo que los pasó por el camino. Jesús se presenta a todos, que están temerosos y llenos de miedo, les enseña sus manos y sus pies indicando que es el mismo con quien ellos trataron, comió con ellos y él les habla de que todo ha sucedido según las escrituras. Ellos no entienden y él les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Les dice: vosotros sois testigos de ello con la Fuerza del Espíritu Santo (Lc 24).

El papa, recoge lo que el Concilio Vaticano II en la Constitución Dei Verbum -La Palabra de Dios- presentaba como doctrina auténtica sobre la revelación, un tanto olvidada, y su transmisión para que «todo el mundo, con el anuncio de la salvación, oyendo, crea, creyendo espere y esperanzo ame» (CD, 1). Dios ha querido revelarse, manifestarse por Jesucristo. En él, Dios invisible, movido por amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarles y recibirlos en su compañía (DV, 2). Lo hace con obras y palabras. Esa revelación de Dios en la historia de Israel y en Jesús viene recogida en las Escrituras.

El Concilio despertó el amor del Pueblo de Dios a la Palabra de Dios; fomentó la traducción de la Biblia a las lenguas usuales, e invitó no sólo a investigar sino a leer asiduamente la Palabra de Dios, con devoción redoblada en la Liturgia, en particular o comunitariamente, también en la oración porque «a Dios hablamos cuando oramos y a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras» (DV, 28).

El papa recoge también lo que trató en 2008 el Sínodo de Obispo sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”. El fruto de aquel sínodo fue recogido y presentado por el papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica titulada Verbum Domini -la palabra del Señor- que profundiza en lo que decía el Concilio. El papa Francisco entiende que en la Palabra de Dios el Señor sigue dirigiéndose a su Esposa, a la Iglesia, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.

Por todo ellos el papa Francisco establece que el III Domingo del Tiempo Ordinario se dedique a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Sugiere diversos gestos y actos a los párrocos y las comunidades para dicho domingo como entregar la Biblia o uno de sus libros, invitar a profundizar y a orar, en particular, siguiendo el modo de la llamada Lectio divina.

Este domingo de la Palabra tiene como finalidad que la Comunidad Cristiana aprecie, se enamore de la Palabra de Dios, se empape de ella proclamada en la liturgia y en otros medios, se alimente y guíe por medio de ella Necesitamos formarnos en el conocimiento mental y de cordial de la Palabra de Dios y hacernos todos mensajeros, altavoces de la misma con la palabra y la vida. Así también se expresa nuestro deseo de unir lazos con los judíos y con los otros cristianos. Y todo ello bajo la acción el Espíritu Santo, el que habló por los profetas (Credo). Unas veces nos parecerá dulce, otras amargas, pero siempre venida del Padre que en Cristo quiere nuestro bien, nos ama, nos guía y nos acompaña, nos ilumina «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Salmo 118, 105) y nos mueve a obrar desde el amor, como Dios, porque Dios es Amor.

Seamos como la Virgen María, la mujer que escucha la palabra, la medita, la hace carne de su carne y la cumple (Lc 8, 21; 11,27). Aprendamos de nuestra Madre.

Y los no creyentes en Jesucristo ¿por qué han de leer la Biblia, la Palabra de Dios? Creo, con todo respeto, que por cultura general, para entender a los cristianos, entender nuestra literatura, nuestro arte y patrimonio cultural, e, incluso, entenderse a sí mismos porque es un libro o muchos libros en uno profundamente humano y profundamente divino. Es una obra culmen de la literatura universal.

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