Compartimos la transcripción de la homilía pronunciada por nuestro obispo D. Mikel en la celebración del Viernes Santo. Celebrada en la Catedral de Palencia el 3 de abril de 2026.
Queridos hermanos:
Si ayer contemplábamos a Jesús como ese amor que acudía puntual a su cita con nosotros, hoy vemos cómo consuma cuando el Padre le había encomendado. Hoy celebramos la gloriosa pasión de nuestro Señor. Él no rehúye las consecuencias de cuanto ha dicho y hecho a lo largo de los breves años de su vida pública.
El Viernes Santo se lee el relato de la pasión según San Juan. En los tres primeros evangelios, que se lee en el Domingo de los Ramos, la perspectiva es muy humana, fiel al acontecimiento histórico en toda su concreción. En San Juan, sin perder un ápice de humanidad, de concreción histórica, se deja mostrar más a las claras la divinidad, el Señorío de Jesús, en todo momento.
En los viacrucis que acompañamos en las calles, se representa el dolor de la crucifixión. Y aquí, en la liturgia, en este oficio divino, se muestra la significación profunda del sacrificio de Cristo, que es ese amor de Dios que llega hasta el final. El Padre no es ajeno ni indiferente al destino de su Hijo.
Al contrario, está implicado desde toda la eternidad en consumar la creación del hombre y de la mujer, al enviarnos a su Hijo. Porque tanto amo Dios al mundo que le entregó a su Hijo. Todo es entrega en la pasión, la entrega traidora de los judíos, sacerdotes, Judas, Pilato, los soldados romanos, frente a la entrega voluntaria de Jesús, en rescate por todos, en obediencia a la entrega del Padre para nuestra salvación.
Jesús ha querido ir al huerto que está al otro lado del torrente Cedrón, plenamente consciente de que Judas se aprovechará de ello y lo pondrá en manos de los sumos sacerdotes y fariseos. El amor no calcula, no mide, no maquina estrategias. Simplemente hace lo que tiene que hacer.
No le mueve el miedo, sino el deseo de no apartarse un ápice de su vocación, de su identidad. Lo hemos escuchado. Cristo en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte.
Y fue escuchado por su actitud reverente. No es esta nuestra idea de oración que haya podido tener éxito. Fue escuchado.
En realidad, Jesús sí ha presentado súplicas, ofrendas al Padre. Él ha aplicado en su oración lo que luego nos ha enseñado en esas tres primeras peticiones del Padre nuestro. Esta siempre es la oración de Jesús, el Hijo.
Que tu nombre sea santificado, que tu reinado llegue, que yo cumpla tu voluntad, aquí en la tierra, así como lo hacen los ángeles y los santos en el cielo. Este es el genuino sentido de la oración de Getsemaní, porque allí, cuando el ángel lo consoló, simplemente le susurró al oído tu nombre y el mío. La elección de Jesús era sencilla.
O se salvaba a Él o nos salvaba a todos nosotros. Y es ahí donde el amor de Dios se consumó del todo. Ahí Dios Padre nos reconcilió, nos perdonó.
Qué poco entendemos la palabra perdón. ¿Cuánto nos cuesta el perdón? Si nos fijamos en la misma palabra es el hiper don, el supremo don. Porque perdonar es regalarse del todo, entregarse del todo, darse del todo.
Las demás religiones desconocen esta realidad, así como todas las ideologías del mundo, por supuesto. Dios sólo sabe amar y perdonar. Dios sólo puede perdonar.
Le es imposible quedarse a medias. Dios Padre se ha vaciado. Nos ha dado todo lo que tenía.
Nos ha dado a Su propio Hijo. Ha mostrado Su gloria rompiendo la vieja noción de santidad del Templo de Jerusalén, entendida como separación, por otra experiencia de santidad, que es la total cercanía de Dios para con mi miseria. Dios es misericordia.
Dios es amor que entra y transfigura mi bajeza, mi límite, mi rebeldía, mi miedo a amar del todo. Hay que morir para vivir, lo vemos en Jesús. Pero también podríamos decir que hay que estar vivo para morir.
Quien no ha nacido del todo tampoco puede morir, en este sentido profundo. Ojalá, queridos hermanos, hoy nos expongamos a nacer, a perdonar, a dejarle a Jesús que lo sea todo para mí, a acoger a Su Madre en nuestra casa como algo propio, a saciar esa sed de Jesús. Hermanas, hermanos, yo ya sé que todo esto es imposible de entender ahora.
Todo esto no se soluciona con una catequesis. Necesitamos tanto iniciarnos en la fe completa de la Iglesia católica. De momento sólo nos cabe aceptarlo y adorar en silencio a quien será ahora elevado.
El profeta Isaías ya lo entrevió. Cuando entregue su vida como expiación verá a su descendencia, prolongará sus años. Lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma verá y se hartará. Con lo aprendido mi siervo justificará a muchos cargando con los crímenes de ellos. Y porque nos es tan difícil comprender todo esto, ahora la Iglesia sencillamente nos invita a orar por toda la humanidad, por la Iglesia, pero también por los indiferentes, por esa generación sin religión que contemplará hasta emocionada las imágenes por las calles, por los miedos de las demás religiones, por los dolientes, por las víctimas de la historia.
La muerte y condena de cada uno de ellos, de cada uno de nosotros, ha sido clavada en la cruz. Oremos para que un día nos veamos en la plenitud de gozo del Reino de Jesús el Nazareno, el Rey de los Judíos.