Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Retransmisión de la celebración del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor. Ceremonia presidida por Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA, obispo de Palencia.

 

 

HOMILÍA EN EL DÍA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

 

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Feliz fiesta de Pascua, gozosa, alegre, hermanos y hermanas.

Hemos entonado el salmo 117 como la respuesta a la Palabra de Dios de la Primera Lectura cantando: Este es el día que hizo el Seños, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya. Es un salmo de acción de gracias y de alabanza en el templo por la misericordia y el amor de Dios hacia su pueblo. La ocasión era la victoria del pueblo; una victoria difícil sobre un enemigo que atacaba ala pueblo como un zumbar de avispas, un crepitar de espinos ardiendo, con empujones para tirarlo por tierra; pero en vano, porque Dios estaba a favor del pueblo como una fuerte muralla. El pueblo celebra el día del Señor, día de victoria y de júbilo, de fiesta alegre y gozosa. ¿Quién es ese vencedor? Es Cristo Jesús y nosotros su pueblo.

Así hemos respondido a la primera lectura en la que se anunciaba el motivo de nuestra fiesta: la Resurrección del crucificado. San Pedro lo decía refiriéndose a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos del diablo, porque Dios estaba con él. Cómo lo mataron, colgándolo de un madero; pero Dios lo resucitó al tercer día; cómo se apareció a algunos testigos entre ellos él, y cómo les encargó predicar al pueblo dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido Señor y Juez de vivos y muertos. Creer en él es recibir el perdón de los pecados, es vivir en comunión con él, es vivir para siempre. Es vivir con él, por él y en él, con sentido, por amor, confiando en Dios, trabajando por el reino.

Nos lo anuncia también el evangelio, donde se nos narra la experiencia de María Magdalena y otras mujeres, que temprano, cuando todavía era de noche, van al sepulcro con aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús. Les mueve el amor. No fueron en el sábado, porque según la ley judía el sábado no se podía mover nadie, como nosotros en estado de alarma. Van llenas de dolor, pero también de amor. Y se llevan la sorpresa de la sepultura está abierta. No ven el cuerpo; no saben lo que ha pasado, quizá se han llevado el cuerpo; han violado la tumba de Jesús; se lo dicen a Padre y Juan. Ellos van y comprueban que no han sido los ladrones, porque no dejarían los lienzos y el sudario enrollados, no tirados por el suelo. Entonces, Juan vio y creyó que Jesús había resucitado, que vivía con una modalidad distinta a la vida terrena donde ya no se necesitan vendas ni sudarios, que allí había sucedido algo misterioso, la acción, la eclosión y explosión del amor del Padre que por el Espíritu ha dado vida al Hijo.

Es la fe en la palabra que había dicho Jesús la que le lleva a creer. Antes no sabían interpretarlas. Ahora con la resurrección todo cobra sentido; sus palabras, las obras, su pasión. Ha vencido el amor, la victoria del amor. La resurrección es una explosión del amor de Dios para con los hombres. El Buen pastor ha dado la vida por las ovejas para darles vida, vida nueva, vida eterna. Está lleno de poder; para juzgar, no para condenar, sino para salvar, perdonar los pecados, si le hemos acogido.

Nosotros, hermanos, compartimos esa fe. No se funda en pruebas científicas sino en el testimonio de los apóstoles y las mujeres que vieron el sepulcro vacío y tuvieron encuentros con el resucitado, hasta comer con él. La resurrección es un acontecimiento inexplicable humanamente, nos supera.

¿Qué consecuencias tiene la resurrección de Jesús para nosotros y para el mundo entero? Algunos, judíos y gentiles, quisieron enterrarlo para siempre, enterrado en el pasado. Hoy también y en todas las épocas. El marxismo quiso y quiere enterrarlo bajo la piedra del materialismo científico, otros lo quieren enterrar porque quieren que el hombre y la humanidad se haga a sí misma sin contar con Dios, sino con la libertad del hombre, la ciencia y la técnica.

San Pablo sacaba las consecuencias para nosotros en la segunda lectura. Nosotros ya hemos resucitado con él en el bautismo; y se debe notar en que buscamos las cosas de Cristo, las de arriba, no a las terrenas. No buscar los bienes terrenos, no moverse por la codicia del dinero, o la satisfacción del placer a cualquier costa, sino viviendo en la fe en Cristo, vivir como amigos de Cristo, discípulos y misioneros, vivir de su amor, del Espíritu de amor; es decir, vivir con generosidad, con espíritu de servicio como el samaritano, construyendo fraternidad, dando la vida por los otros, perdonando, dejando que su amor explote en nosotros y renazca la vida, y así con Cristo venzamos a la misma muerte, porque , como decimos en el credo, creemos en la resurrección de la carne y en la vida eterna. No nos alejemos del cuerpo de Cristo resucitado, que es la Iglesia; en ella está el Resucitado.

Demos gracias a Dios porque es bueno, porque es eterna su misericordia y fidelidad.

 

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