Tiempo de renacer. II Domingo de Pascua

En este II Domingo de Pascua se nos anima a Renacer a una nueva mirada de fe.

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Estamos viviendo una situación dura, difícil e impensable hasta hace poco tiempo. Se vive con dificultad y a veces, hasta, con crispación. Y con esperanza. Como creyentes, se nos plantean gran cantidad de preguntas y nos asaltan infinidad de dudas.

¿Dónde creo que está Dios? ¿Cómo estoy viviendo la presencia de Dios? ¿Le siento desaparecido? ¿Me ha abandonado? ¿Qué sentido tiene todo lo que estoy pasando? ¿Qué supone para mi vocación, mi trabajo y mis capacidades? ¿Qué me pides Señor? ¿Qué dificultades he tenido para vivir como creyente esta situación? ¿Qué medios he buscado para superar la misma? ¿Qué personas me han ayudado a hacer la lectura creyente? ¿Qué experiencia tengo en ayudar a alguien en este caminar?

 

Evangelio Jn 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Comentario

El Evangelio de este domingo, es el Evangelio de la Divina Misericordia. La que nos muestra el amor infinito de Dios. La que nos debe hacer cambiar la mirada, como se la cambió a los discípulos ante la dudas y dificultades que tenían. Jesús se hace presente de nuevo para manifestarles la mirada misericordiosa del Padre. Haciéndose más presente cuantas más dificultades haya, no dejándoles ni dejándonos solos.

Nos debe hacer reaccionar, ante la situación tan dura que estamos viviendo, de una manera valiente y rompedora, siendo a la par elementos de reconciliación. Reconociendo que nos hemos equivocado. Que tenemos que pedir perdón. Asumiendo nuestras responsabilidades. Y desarrollando nuestros talentos.

“Dios ven a visitarme con frecuencia,
aunque no te recuerde
aunque no te rece
aunque no te merezca.
Señor ven a visitarme con frecuencia”.

(Gloria Fuertes)

En la comunidad de los discípulos solo uno se quedó atrás, Tomás. Los demás se quedan a esperarle y Jesús vuelve. En la situación actual de pandemia, mucha gente se ha quedado atrás: social, económica, religiosa y personalmente. Ante esto, no podemos enrocarnos en nuestros intereses particulares. Hemos de aprovechar esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos, sin descartar a ninguno. Ya que sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro.

Una práctica bonita sería recuperar, para la lectura, la reflexión y el compromiso, las obras de misericordia.

 

Oración Final

Reconocemos, Señor,
que somos un fiel reflejo
de tus discípulos tristes,
cobardes, llenos de «miedo».

Habitamos en un mundo
de increencia y desconcierto.
Por ser creyentes, sufrimos
olvidos, burlas, desprecios.

Señor, entra en nuestra casa,
salúdanos, ponte en medio.
Llénanos, con tu presencia,
de paz y de gozo inmenso.

Muéstranos tus pies y manos,
tu costado roto, abierto…

Son tus lecciones de amor,
tu testamento, Maestro.
Como hiciste con Tomás,
ven, Señor, a nuestro encuentro.

Que nuestras dudas se quemen
en tus llagas, sol y fuego.
Que te digamos con fe,
con gratitud, en silencio:
«Señor mío y Dios mío».

Creo en Ti. Tú no estás muerto.
Haz que nosotros seamos
«testigos» de tu Evangelio.
Arropados por tu Espíritu,
anunciaremos tu Reino.

 

(José Javier Pérez Benedí)

 

 

 Leer o escuchar el poema “El imaginero” de Gabriela Mistral

 

 

 

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