El Adviento debe ser tiempo de espera y de esperanza. No me refiero a tiempo físico sino a tiempo vital, a actitud de vida, a estilo de vivir, a enfoque nuevo de las relaciones con las personas. Hablar de Adviento es hablar de la venida de Jesús y ello nos lleva a pensar la Navidad. Durante cuatro semanas nos prepararemos para celebrar el nacimiento de Jesús, la venida de Dios al mundo.
Nuestra espera y nuestra esperanza tiene como centro, no un acontecimiento que pasa, sino una persona que permanece, que se queda. Jesucristo sigue siendo el centro de nuestra esperanza y el deseo de nuestra espera. Por todo ello, necesitamos preparar esta venida. Una espera que no puede ser pasiva, sino activa y comprometida. Una espera que nos exige hacer algo nuevo y diferente que motive nuestra esperanza, que aliente y de razones para la esperanza. El Señor que viene nos ofrece esa motivación por la cual debemos velar y vigilar en este tiempo. Tomemos conciencia de la importancia del momento.
Estad en vela
La venida de Cristo que celebramos en Navidad se compara con la llegada de Cristo en la segunda venida. Los afanes de la vida, las tareas que nos preocupan, los deseos que nos llenan la vida hacen que la llegada del Señor, una Navidad más, pase desapercibida y no la vivamos como momento de gracia, de salvación y de renovación de nuestra vida cristiana. El evangelista san Mateo quiere despertarnos de este sopor que puede hacer que ignoremos o no valoremos en toda su importancia el acontecimiento de la venida de Cristo. Son muchas las Navidades que hemos vivido y puede que hayamos perdido el entusiasmo primero y la frescura de lo nuevo. La primera llamada que hoy se nos hace nos implica a no dejar pasar este tiempo de gracia que es la venida de Dios. Para ello se nos invita a estar en vela, a estar despierto, a no dormirnos en nuestras cosas para que el acontecimiento no pase de largo, no nos enteremos de lo que significa.
Estar en vela es mantener la luz encendida y la llama de la esperanza iluminando nuestra vida. Que la comodidad, la tristeza y el cansancio no apaguen la luz de la alegría que nos haga contemplar entre nosotros la presencia del Salvador. Mantengamos por tanto encendida la lámpara que nos haga ver a Cristo entre nosotros.
No vivamos dormidos, alienados y ajenos al acontecimiento de la venida del Salvador. Démosle el valor que tiene. Que el desencanto, desilusión y la escasez de ilusiones que vive nuestra sociedad y, por tanto, también nosotros, no nos haga perder el valor de este momento de gracia. Lo que está por llegar es muy importante, que no pase desapercibido.
Presencia necesaria
Este primer domingo de Adviento nos debe descubrir igualmente la necesidad que tenemos de que Dios venga y se haga presente en nuestro mundo. Ese fue el deseo de Dios Padre, que su Hijo viviera entre nosotros. Ese debe seguir siendo nuestro deseo y anhelo, que Dios siga presente entre nosotros. Debemos querer que venga. Hemos de sentir la necesidad de que venga. Tiene que surgir en nosotros el deseo de su presencia en nuestra vida.
En el plan de Salvación de Dios Padre se contempla como necesario esta presencia de Dios entre nosotros. Sólo así nuestra vida lograba una plenitud, solo así los hombres entenderíamos el amor de Dios y la importancia que su vida cambiaría nuestra vida alcanzándonos la felicidad. Dos mil veinte y dos años después sigue siendo necesaria la presencia de Dios entre nosotros. Sigue siendo necesario que nos sintamos hermanos, hijos del mismo Padre y que sea ese Hijo, que nos visita, quien nos enseñe a vivir la paz, el amor y la felicidad. Sin su presencia seguiremos en el enfrentamiento, en el odio, en la permanente lucha por nuestros intereses olvidándonos de los hermanos.
El Adviento lo debemos vivir esperanzados
Con optimismo, con mayor ilusión y entusiasmo que nunca porque, sin esas cualidades, no se puede vivir la esperanza. No es tiempo de pesimismo, de atonía, de da igual. Es tiempo de novedad, de esperar algo mejor y nuevo, de iluminar la vida, de alumbrar las relaciones, de hacer que brillen las cosas, las personas, los acontecimientos. No solo las luces de las calles y de los árboles de Navidad, sino nuestras caras, nuestros actos, nuestras vidas. Por todo ello, decimos desde hoy una misma oración toda la iglesia: Ven, Señor Jesús.
Comentario al Evangelio del 27 de noviembre de 2022, por José María de Valles, delegado diocesano de Liturgia. Emitido en “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Palencia