+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia
Este domingo inaugura un nuevo año en la Iglesia Católica. Otras referencias señalan en inicio de un nuevo curso en otras fechas, por ejemplo, el civil, el 1 de enero; en la cultura islámica en 18 de julio al 19 de julio de 2023: en la cultura china comenzará el 12 de febrero: y otros como el natural, el astronómico, el escolar y, en plan jocoso, algunos celebran la Nochevieja en agosto.
Pero lo importante no es ver cuándo comienza un año nuevo para los distintos grupos sociales, porque eso depende de muchos datos culturales, sino cómo vivir en el tiempo que pasa y pesa. Un tiempo que es don de Dios y en el que Él está presente: Él es el principio, guía y meta del universo (Rom 11, 36), el que es el Alfa y la Omega el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso (Apoc 1, 4 y 8). Suyo es el tiempo y la eternidad (Vigilia Pascual).
Para todos, el tiempo tiene pasado, un presente y un futuro. No voy a entrar en filosofías ni en cómo desde la memoria lo vive cada uno (San Agustín, Confesiones, XI). Sólo deseo apuntar y sugerir cómo vivir estos tiempos. Me sirve de referencia lo que el Papa Francisco invitaba a vivir a la vida religiosa en una Carta Apostólica el 21 de noviembre de 2014, con ocasión del año de la Vida Consagrada, pero que considero que es válido y útil para todos en estos momentos y para siempre.
El papa señala objetivos para ese año que él convocó con motivo del 50º aniversario de la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, que en capítulo VI trata de la Vida Consagrada y que comenzó el 30 de noviembre de 2024 y terminó el 2 de febrero de 2016.
El papa invita a MIRAR EL PASADO CON GRATITUD: El nuestro, el de la sociedad, todo tiempo pasado. ¿Por qué? Por varias razones. Una, porque supone repasar el paso de Dios en los acontecimientos, rastrear su paso, porque cuántas veces ni nos enteramos de su paso y presencia; pero también entraña agradecer lo bueno de tantas personas que nos han precedido y han dejado su huella. Somos hijos de sus amores, sus desvelos, sus trabajos, de su sangre. También hemos de recordar los errores del pasado, lo menos bueno que hemos heredado para no repetir los mismos errores; la historia debe ser maestra para los hombres que la recordamos sin poner paños calientes ni echar sacarina. Es hacer memoria histórica de la buena, aprender del pasado para no caer en la misma piedra. Este ejercicio nos permite mantener nuestra identidad si somos capaces de convertirnos. Este ejercicio nos permite alabar a Dios, el Dios del tiempo y de la vida, el que es principio de todo, y hacer memoria agradecida de nuestros antepasados. No se trata de hacer arqueología, ni cultivar nostalgias creyendo que todo tiempo pasado fue mejor. Debe ayudarnos fortalecer nuestra unidad y a impulsar los valores que han inspirado la historia, personal y colectiva.
En la Eucaristía dominical los cristianos tomamos o debemos tomar conciencia del pasado cuando leemos los relatos de la Historia de Israel y de la primitiva Iglesia y cuando anunciamos la vida y la muerte del Señor con acción de gracias.
El papa invita también a VIVIR EL PRESENTE CON PASIÓN. A vivir el momento presente, que es don de Dios, con ilusión, con entusiasmo, a vivir con plenitud. Vivir en el momento presente, conscientes de la realidad que nos toca vivir, con sus luces, que las hay, y sus sombras, que también las hay. Nos llama a realizar nuestros más profundos anhelos, los que llevamos en el corazón cada uno y todos. Nos convoca a ser activos, no a ser pasivos, esperando que otros nos marquen los pasos y nos hagan las cosas. Tenemos que asumir el presente y poner lo mejor de nosotros mismos para que pueda realizarse para bien de todos y cada uno. Con generosidad y abnegación, porque también entraña sacrificio, pero en comunión con otros, no como Robinson Crusoe, sino con otros, en fraternidad, lo que supone cultivar la mística del encuentro, superando tensiones y divisiones, y tendiendo la mano a otros con el diálogo, caminando sinodalmente. Esto en la Eucaristía lo afirmamos cuando decimos: “Proclamamos tu Resurrección”.
Pero también está el futuro y ¿cómo mirarlo? ABRAZAR EL FUTURO. Con ESPERANZA. En ocasiones cedemos a la tentación de los números, de la eficacia y el éxito, y confiamos en nuestras propias fuerzas. Tenemos que confiar más en Dios que no nos dejará de su mano porque nos ama. Tenemos que escuchar más a nuestro interior y detectar nuestros anhelos más profundos que, sin duda, coinciden con el sueño y proyecto de Dios, que es un mundo donde reine la paz, la justicia, la verdad, la vida, el amor, un mundo fraterno, donde nos reconozcamos hijos de un mismo Padre y hermanos unos de otros, todo esto que vemos encarnado en Jesucristo y poner manos a la obra, teniéndole a él como referencia y dejándonos guiar por su Espíritu. En la Eucaristía decimos “Ven Señor Jesús”. Y en el adviento que hoy comenzamos lo pedimos, sin miedo y con confianza, poniéndonos en sus manos.