“Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”, son palabras que acabamos de escuchar y que san Marcos relata como la institución de la Eucaristía en el cenáculo. La fiesta del Corpus nos remite a esa vivencia personal con el Señor y nos exige contemplar su presencia entre nosotros para dejarnos alimentar con su pan y vino.
Pan y Vino
El pan hace referencia a la vida diaria y a la necesidad de alimentarse para mantener las fuerzas. Bajo este signo sencillo del cual no podemos prescindir para vivir se esconde la presencia de Dios. Parece algo desconcertante que Dios quiera estar presente bajo un signo tan liviano y corriente como es el pan. ¿Qué encierra esta metáfora? Dios nos es necesario como el pan, A Dios lo encontramos en lo más sencillo y corriente de la vida. El signo del pan nos recuerda igualmente el alimento necesario para seguir peregrinando en busca de la tierra prometida. Sin ese maná celestial, agotados por la aridez del desierto, desearemos volver a Egipto y abandonar la marcha. En este día apostamos fuertemente para que siga siendo su Cuerpo nuestro alimento.
El vino expresa fiesta y alegría. Imagen que no asociamos fácilmente a la idea de Dios, sin embargo, Él eligió quedarse entre nosotros bajo esa imagen. Desde entonces, para nosotros los cristianos, Cristo es bebida de salvación que se nos da como acontecimiento gozoso y alegre. Cristo, como uva estrujada en el lagar de la cruz, se convierte en el vino de la salvación para todos nosotros.
Por ello la mejor manera de representar a Jesús como presencia real entre nosotros sea el pan y el vino, su Cuerpo y su Sangre. La forma más simple y sencilla de alimentarnos, el pan, es escogido por el Señor para estar siempre a nuestra disposición. Pan celestial que, como el pan material, es el fruto de muchos granos que nacen dispersos en muchos campos y forman luego un solo pan.
Ser Eucaristía
Benedicto XVI es el autor de la frase. Citando a san León Magno dice que nuestra participación en la Eucaristía, tomando el cuerpo y la sangre de Cristo tiende a convertirnos en aquello que recibimos.
Por ello celebramos y adoramos la presencia de Dios en la Eucaristía. Pan y alimento para nuestros hermanos: vino de alegría y gozo para los demás es el compromiso que nos exige vivir la festividad del Corpus y cada eucaristía. No sólo que yo lo reciba, sino que yo sea también alimento para mis hermanos y me dé a ellos recorriendo sus calles y caminos para estar cerca y llevarles mi pan.
Al procesionarlo hoy por nuestras calles expresamos que queremos que el Pan de Dios se quede siempre entre nosotros.
Acabamos con aquella frase de san Juan María Vianney, el santo cura de Ars, que insistía a sus parroquianos que fueran a la Eucaristía, que recibieran el Cuerpo de Cristo, porque, aunque no fueran dignos, lo necesitaban. Seguimos necesitando de este Cuerpo y Sangre de Cristo, de su presencia real en la Eucaristía y así lo expresamos en el Padrenuestro cuando decimos: “danos hoy nuestro Pan de cada día”. No olvidemos que la Eucaristía es el tesoro de la Iglesia, que celebrada diariamente haremos que no nos falte el Pan y Vino del Señor con el que andaremos el camino de nuestra salvación.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia