El evangelio de este tercer domingo de Cuaresma que la Iglesia nos propone para la reflexión, se me antoja, en principio, complejo. Una noticia desagradable que les cuentan a los discípulos y una parábola que podemos entender como respuesta de Jesús a aquel acontecimiento y que podemos aplicar en la vida ante una situación similar.
Una mala noticia
Con una mala noticia comienza el evangelio de hoy. No tenemos excesiva información de lo sucedido. Si conocemos que debió impactar fuertemente en aquel momento y que tuvo que ver con la represión y muerte de unos galileos y las ofrendas que se presentaban en el templo. No sabemos más que les sorprendió la noticia por su gravedad. La noticia debió helar el corazón a muchos y, tal vez por ser galileos, fueron a comunicárselos a los discípulos de Jesús y al propio Maestro. El sentimiento de ser galileos y sentir empatía por los muertos, también pudo provocarles miedo, temor y sentimientos de verse amenazados. Sin duda que sufrirían y lamentarían la muerte de sus conciudadanos. No tenemos datos suficientes. Ante las malas noticias que recibimos, guerras, asesinatos, desgracias naturales y comportamientos violentos y de muerte que a menudo nos rodean también experimentamos preocupación y tratamos de buscar culpabilidades. La reflexión propone buscar respuesta en la palabra de Jesús.
Conversión
¿Qué piensa Jesús, el Maestro? Jesús hace dos razonamientos a partir de esa noticia sin duda preocupante. En primer lugar, el acontecimiento le sirve para proponer un cambio radical en nosotros. Nadie es culpable más allá de donde sus actos le lleven y debemos esforzarnos por cambiar, por ser mejores, por convertir nuestra realidad porque nosotros hemos cambiado nuestro comportamiento. Jesús no busca justificaciones. No han muerto porque sean más culpables o peores que nosotros, y añade un ejemplo que sin duda todos recordaban de los 18 que murieron con construyendo la torre de Siloé. Todos pereceremos si no cambiamos nuestra vida, porque el mal lo generamos nosotros.
Nueva oportunidad
Junto a esta primera explicación, Jesús añade una parábola que sin duda sirve igualmente para entender el mensaje que nos propone. La higuera que no produce fruto parecería razón suficiente para arrancarla y quitarla. Este proceder de lo útil, de lo que da fruto sigue hoy siendo una razón para justificar nuestro actuar, aunque conlleve la muerte. No debemos mirar muy lejos para vernos inmersos en ese modo de actuar. Si no da frutos, si no sirve, si no encontramos en él o en ella recursos, beneficios o algo que nos sirva, podemos prescindir de él o de ella. Son maneras también de matar incluso envueltas en cosas buenas, en ofrendas que nos parecen agradables. Surge entonces la figura del viñador, quien ama la higuera y pide por favor y con el compromiso de cuidarla, cavarla y regarla que la deje un año más. Que sorprendente la propuesta. No acabar sino procurar que siga habiendo vida. Que ilusionante para los demás el compromiso de cuidar a los que no sirve para que en ellos brote el nuevo fruto. Así actúa Dios con nosotros y en nosotros. No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva y no se cansa de darnos una nueva oportunidad para dar frutos, sabiendo que solo quien vive, con su ayuda, lo dará.
José María de Valles. Delegado diocesano de Liturgia