El cuarto domingo de Pascua, tradicionalmente denominado Domingo del Buen Pastor, leemos el capítulo diez del evangelio de san Juan. Un texto muy corto y lleno de verbos. Escuchar, conocer, seguir, dar la vida, no perecer, no me las arrebatarán, me las han dado… ser uno. Con estos verbos se expresa tanto la tarea del pastor que conoce, que da vida, cuida y protege como la del rebaño que escucha, sigue, y confía en ese Pastor.
El Buen Pastor conoce para amar
La imagen del pastor nos retrotrae a otros tiempos hoy lejanos para una sociedad industrial y urbanita. Pertenece al ámbito rural en el que Jesús vivió y tal vez dificulte entender esa alegoría. Mucho me temo que esta imagen está hoy vacía de significado para nuestras generaciones más jóvenes.
Al Cristo pascual, al Cristo resucitado que se ha encontrado con nosotros hoy como en las primeras comunidades queremos descubrir al buen Pastor, cuya tarea y preocupación es cuidar y llevar a los mejores pastos al rebaño. De ese pastor nos asombra en primer lugar el hecho de que nos conoce, que sabe nuestros nombres y cuida de cada uno de nosotros. El extraño al mundo ganadero todas las ovejas le pareen iguales, para el pastor cada una es diferente y tiene su nombre. Esta percepción la sentían las primeras comunidades necesitadas de quien no sólo las orientara, sino que las cuidara con amor. Y eso se expresa en el conocimiento de cada una de ellas. Decir que ese pastor conoce a sus ovejas, las cuida, las llama por su nombre, se preocupa de ellas y las defiende no puede ser una bonita descripción de la tarea del pastor sino la mejor manera de definir cómo Dios nos actúa con nosotros. Especialmente acentuamos el aspecto de que nos conoce. El conocimiento conlleva amor, preocupación y, por lo tanto, servicio. A quién no conocemos no le prestamos afectos ni atenciones. Cristo resucitado nos demuestra el conocimiento y el amor que Dios nos tiene.
El rebaño escucha para seguir
Las ovejas, nosotros, discípulos del Señor, a su vez, tenemos que escuchar la voz del Pastor para seguirle. Como iglesia, rebaño de Jesús, tenemos que escuchar su voz, su palabra para seguirlo. Aquí radica una de las dificultades con las que nos enfrentamos hoy. Son pocas las emisoras que emiten la voz de Dios en nuestro tiempo. No resulta fácil sintonizar la palabra de Dios. Nuestro oído ha perdido capacidad para escuchar la voz de Dios que no nos llega con claridad ni acabamos de entender lo que nos dice. No me refiero a emisoras de radio o televisión, evidentemente, sino a los canales por los que nos llega la voz de Dios y a los que no estamos conectados. Nos enfrentamos al reto de cómo distinguir la “voz” del Pastor, de Cristo resucitado de las otras voces que no nos llevan a la verdad y nos prometen la felicidad. La propuesta de este domingo radica en saber descubrir la voz de Dios en medio del ruido de nuestro mundo.
A través del encuentro con su Palabra a través de la participación de la Eucaristía, los sacramentos y la oración, donde se nos comunica la vida que el Pastor nos ofrece, llegaremos a diferencias y distinguir la voz de Cristo resucitado presente en medio de nosotros.
Confianza en el Pastor
Cuando escribo esto, con la sede de Pedro vacante, pienso que esta última parte de la reflexión nos hace actual el compromiso de este domingo: confiar en el Pastor. En primer lugar, se nos pide confiar en Cristo resucitado sabiendo que siguiendo sus propuestas alcanzaremos la felicidad y la plenitud de la vida aquí y ahora en la tierra y en el cielo después. Ante tanta desconfianza y escepticismo ante las propuestas que se nos hacen, ante la inseguridad de no saber a veces orientar bien nuestra vida, los seguidores de Jesús nos sabemos guiados por el Señor de la Vida. Reafirmamos nuestra confianza en el Pastor sabiendo que Él tiene palabras de Vida eterna y nos conduce a verdes prados. Nos sentimos seguros porque bajo su cayado estamos protegidos y no pereceremos ante las amenazas que nos rodean. Se nos pide, por tanto, confianza ciega de sabernos guiados por el Señor y que nadie nos privará de su ayuda y amor.
En el camino pascual, entusiasmados todavía por la buena noticia de la resurrección, sigamos a Jesús resucitado sabiendo que es Él, quien nos ha guiado, como Iglesia, a lo largo de la historia, la sigue conduciendo ahora y lo hará siempre al encuentro con el Padre.
José María de Valles. Delegado diocesano de Liturgia