Concluimos los cincuenta días de la Pascua con la fiesta de Pentecostés. Junto con la llegada del Espíritu Santo sobre los apóstoles celebramos los orígenes de la Iglesia y el inicio de la misión apostólica a todos los pueblos y naciones. Sin el Espíritu no es posible la vida de fe, esperanza y caridad, la vida de la Iglesia. Es Él quien actúa en los corazones y quien transforma la vida de las personas. Él es quien nos mueve a amar y quien impulsa nuestras acciones. El Espíritu es el motor de la evangelización y quien da inteligencia a los hombres para llegar a conocer a Dios. No puede existir la vida cristiana sin que Él la sostenga.
Nos salimos del guion, que seguimos cada domingo de comentar el evangelio, y elegimos la secuencia, el himno del VENI CREATOR que leemos antes del evangelio de hoy. Compuesto en el siglo IX y atribuido a Rábano Mauro, arzobispo de Maguncia, consta de siete estrofas pidiendo siete dones para poder vivir nuestra vida creyente con acierto: sabiduría, consejo, fortaleza, temor, piedad, ciencia e inteligencia. Este himno la iglesia lo reza para pedir luz y ayuda en las ordenaciones, confirmaciones y muchas ceremonias litúrgicas. El papa León XIII consagró el siglo XX al Espíritu Santo con este himno. En el descubrimos la esencia de la fiesta de Pentecostés.
Ven
El himno comienza pidiendo que venga el Espíritu, la fuerza y el aliento de Dios hasta nosotros y nos dé un rayo de su luz. Insiste llamándole, Padre amoroso y Padre de los pobres, suplicando que nos llene de su Luz. Necesitamos en nuestro mundo de oscuridad y tinieblas la luz de Dios que ilumine nuestro caminar. De lo contrario caeremos y tropezaremos y no seremos capaces de recorrer el camino trazado para alcanzar la vida. Y para ese camino, siempre arduo y difícil, suplica el descanso de tantas fatigas y trabajos que lograremos si Él habita en nuestro interior.
Defensor
En un segundo momento el himno al Espíritu Santo invoca a Dios como defensor o paráclito porque como hombres débiles no podemos afrontar la lucha permanente de la vida contra el mal. Necesitamos quien nos defienda frente a tantos peligros que la vida tenemos que afrontar. Por ello pide que no se quede fuera o lejos, sino que entre en nosotros y así nos enriquezca y nos llene de su fuerza y poder. Y expone la tarea que necesitamos que haga en nosotros desde regar nuestra árida tierra para que dé fruto hasta lavar y sanar nuestras heridas para que no se nos vaya la vida por ellas, sino que recuperemos la fuerza y la salud.
Siete dones
El himno concluye pidiendo que conceda a sus fieles, que confían en Él, sus siete dones sagrados. Siete valores que nos dotarán de las cualidades de Dios para vivir el seguimiento al Señor. No son dones materiales, son dones divinos o espirituales que cambiarán nuestro comportamiento y nuestra manera de ser y actuar. Los recordamos de nuevo: sabiduría, consejo, fortaleza, temor, piedad, ciencia e inteligencia. Dones que nos harán crecer en santidad y vivir en sintonía con la voluntad de Dios. Con estos dones que el Espíritu hoy nos regala podemos edificar la Iglesia y renovar nuestro mundo. Sin ellos nunca acertaremos en la misión evangelizadora.
Son estos siete dones los que harán que Pentecostés abra una etapa nueva en la historia de la salvación. Por ello la efusión del Espíritu supone la continuidad de la presencia de Jesús siempre en la Iglesia, recordándonos su mensaje y haciéndonos partícipes de su vida resucitada.
Acabamos pidiendo estos siete dones y junto a ellos hacemos nuestra la última petición a la vez sorprende y esperanzadora: dale al esfuerzo su mérito; salva a quien busca salvarse y danos tu gozo eterno.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia