Jubileo de los Adolescentes - Peregrinamos a Liébana - Día 3

Jubileo de los Adolescentes - Peregrinamos a Liébana - Día 3

Tras una intensa y exigente etapa, nuestros jóvenes caminan hoy desde Piedrasluengas, donde han hecho noche, hasta Basieda, ya en la vecina Cantabria.

 

 

9 julio - Piedrasluengas - Basieda

Quédate con nosotros (Lucas 24, 13-35)

 

Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos once kilómetros; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: – «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: – «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo: – «¿Qué?».

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo: – «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: – «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro: – «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: – «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

 

¿Cómo estoy?

 ¿Alegrías, dificultades, personas importantes, miedos, retos…?

 ¿Qué me ayuda a comprender Jesús en el camino de la vida?

 

 

En efecto, para el cristiano, esperar es mucho más que un simple optimismo humano: es ante todo una certeza basada en la fe en Dios, que actúa en la historia de cada persona. Y así, la vocación madura en la fidelidad diaria al Evangelio, en la oración, en el discernimiento y en el servicio.

Queridos jóvenes, la esperanza en Dios no defrauda, porque Él guía cada paso de quien se confía a Él. El mundo necesita jóvenes que sean peregrinos de esperanza, valientes en dedicar su vida a Cristo y llenos de la alegría por el hecho mismo de ser sus discípulos-misioneros. (Francisco)

 

 

“NADA NOS SEPARARÁ” - Brotes de Olivo

https://youtu.be/29d3mPgTSE0

Nada nos separará (x3)
Nada nos separará del Amor de Dios

 

 

«La vida de ustedes no es un “mientras tanto”. Ustedes son el ahora de Dios» (Christus vivit, 178). Es necesario tomar conciencia de que el don de la vida exige una respuesta generosa y fiel. Miren a los santos y beatos jóvenes que respondieron con alegría a la llamada del Señor: — dentro de poco declarado santo— Carlos Acutis, y tantos otros. Cada uno de ellos vivió la vocación como un camino hacia la felicidad plena, en la relación con Jesús vivo. Cuando escuchamos su Palabra, nuestro corazón arde dentro de nosotros (cf. Lc 24,32) y sentimos el deseo de consagrar nuestra vida a Dios; entonces nace la voluntad de descubrir cómo y en qué forma de vida podemos corresponder al amor que Él nos da primero. (Francisco)

 

 

“EN MI GETSEMANÍ (Más allá)” - Eduardo Meana

https://youtu.be/vTDvcmtFKRs

 

Para que mi amor no sea un sentimiento
tan sólo de deslumbramiento pasajero.
Para no gastar mis palabras más mías ni vaciar de contenido mi te quiero.

Quiero hundir más hondo mi raíz en Ti. Y cimentar en solidez éste mi afecto.
Pues mi corazón que es inquieto y es frágil, sólo acierta si se abraza a tu proyecto.

Más allá de mis miedos. Más allá de mi inseguridad.
Quiero darte mi respuesta.
Aquí estoy para hacer tu voluntad
para que mi amor sea decirte sí hasta el final. Hasta el final.

Duermen su sopor y temen en el huerto, ni sus amigos acompañan al maestro.
Si es hora de cruz, es de fidelidades, pero el mundo nunca quiere aceptar esto.

Dame comprender, Señor, tu amor tan puro Amor que persevera en cruz, amor perfecto.
Dame serte fiel cuando todo está oscuro. Para que mi amor no sea un sentimiento.

Más allá de mis miedos. Más allá de mi inseguridad.
Quiero darte mi respuesta.
Aquí estoy para hacer tu voluntad
para que mi amor sea decirte sí hasta el final. Hasta el final.

No es en las palabras ni es en las promesas, donde la historia tiene su motor secreto,
solo es el amor, en la cruz madurado, el Amor que mueve a todo el universo.

Pongo mi pequeña vida hoy en tus manos, sobre mis seguridades y mis miedos y
para elegir tu querer y no el mío, hazme en mi Getsemaní fiel y despierto.

Más allá de mis miedos. Más allá de mi inseguridad.
Quiero darte mi respuesta.
Aquí estoy para hacer tu voluntad
para que mi amor sea decirte sí hasta el final. Hasta el final.

 

 

Son la promesa de esperanza para muchos de nosotros. El mundo los mira y les dice: los necesitamos, los queremos con nosotros para compartir esta misión -como Iglesia y en la sociedad- de proclamar un mensaje de verdadera esperanza y de promover la paz, de promover la armonía entre todos los pueblos. (León XIV)