La escena del evangelio de este domingo nos lleva con Jesús a visitar la casa de Marta y María, que agasajan al Señor con una comida. Una escena familiar y emotiva que nos revela un aspecto entrañable de Cristo, amigo de sus amigos. Las dos hermanas quieren al Maestro y Señor, pero cada una de ellas lo expresa de modo diferente.
MARTA: inquieta, preocupada, atareada y afanada
El comportamiento de Marta nos entusiasma y nos parece loable ya que se desvive porque al Señor no le falte de nada. Se esmera y se esfuerza en preparar, suponemos que una buena comida, en tener dispuesta la vajilla y el salón con la mesa preparada. Y, posiblemente, pedir a las vecinas alguna cosa que en ese momento no tenía o acudir con prisa al comercio de la esquina para que nada faltara. Una forma de vivir que todos nosotros identificamos como eficaz y servicial y de alguna manera refleja nuestro estilo de vida actual. También nosotros hacemos de nuestra vida una tarea constante que nos lleva a vivir inquietos, preocupados, atareados y afanados en tantas cosas que, sin darnos cuenta, dejamos solo al Señor. Una vida así de exigente agota y cansa. Marta llega a un punto donde se dirige a su hermana y se enfada con ella porque no la echa una mano. Viene a exigir ayuda. Nadie la había pedido hacer lo que estaba haciendo y podemos pensar que lo eligió porque era más diligente y servicial que su hermana. La actividad y la preocupación no satisfacen plenamente y, por ello, acaba exigiendo colaboración a los demás. Porque trabaja quiere imponer su criterio como mejor que el de su hermana María. El trabajo no acaba de hacerla feliz y reclama ayuda a su hermana a la vez que afea su comportamiento a primera vista inútil.
MARÍA: acoge, escucha, compañía y presencia
María, la hermana de Marta y Lázaro, desde que el Señor entró en su casa no se ha separado de Él. Seguro que pensaba que no se podía dejar solo al huésped y había que atenderle permanentemente. Por eso se sienta a su lado y se pone a escuchar con tranquilidad lo que el Señor la cuenta. Expresa así su acogida gratuita, sosegada y sin prisas. Para ella lo importante consiste en estar presente y hacer compañía. Ante el reproche de su hermana escucha que el Maestro la da la razón y alaba su comportamiento como mejor que el de su hermana. Nos sorprende también a nosotros estas palabras de Jesús que nos demuestran que la escucha de la palabra de Dios forma parte de lo importante de nuestra fe. Sin estar junto al Señor nos perdemos lo más valioso de nuestro ser cristianos. Para el Señor sigue siendo la mejor parte de acertar con la vida de fe acoger al Señor, escucharle y estar a su lado.
La mejor parte
En el comportamiento tan distinto de las dos hermanas hemos visto dos maneras de vivir nuestra fe. El activismo constante y la contemplación pasiva. Y los hemos valorado como enfrentados e irreconciliables teniendo que elegir uno de los dos caminos. Las dos hermanas del evangelio aman y sirven al Señor, cierto es que cada una de una forma diferente. Conciliar ambas formas puede ser una forma maravillosa de vivir la fe. La acogida al Señor no tiene por qué descuidar la tarea y el servicio al Maestro, en modo alguno, sustituye la acogida y el diálogo con Él. No obstante, en caso de elegir hoy nos decantamos por la primera opción, porque todo lo que no sea actividad nos parece inútil. Pero preguntemos como Marta a Jesús quien esperaba que la diera la razón. “Solo una cosa es necesaria: acoger al Señor”.
En esta respuesta encontramos la explicación de lo que es la vida cristiana. Todo se resume en que nuestra vida de fe sea acogida, acogida a Dios y a los hermanos. Estar con ellos, acompañarlos y escucharlos y no dejarlos solos. Acompañar y acoger a Cristo en nuestra vida sigue siendo la dimensión más valiosa de nuestro ser cristianos. Revisemos si la vivimos y pidamos que nunca la abandonemos.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia