En este último domingo del mes de julio, el evangelio tiene como tema central la oración. Sin duda que en medio del verano nos viene bien hacernos algunas preguntas sobre nuestra oración y, más en concreto, en cómo y cuánto rezamos.
Enséñanos a hablar con Dios
Es obvio que todos sabemos rezar y, de hecho, poco o mucho, rezamos. Los discípulos de Jesús también rezaban, pero sintieron la necesidad de que el Señor les enseñara a rezar, tal vez por diferenciarse de cómo rezaban los seguidores de Juan. Rezar es orar. Orar significa hablar. Por ello hoy debemos cambiar la pregunta y decirle al Señor que nos enseñe a hablar con Él. Aquí radicaría el deseo de hoy. Preguntarnos si sentimos necesidad de hablar a Dios y con Dios. ¿Enséñanos a hablar con Dios? Es la pregunta que hoy hacemos al Maestro. “Hablar de amor con un amigo” decía santa Teresa de Jesús que era rezar. Y en ese diálogo radica la oración. Escucho y hablo, respondo y, atento, oigo. Porque sabemos muchas oraciones, pero siempre somos nosotros los que hablamos y, apenas, dedicamos tiempo a la escucha. Nuestra oración se convierte en un monólogo donde o bien pedimos, o bien agradecemos. Se reduce muchas veces nuestra oración a exigir todo aquello que nos preocupa. Por ello seguimos en la misma necesidad de los apóstoles de pedirle hoy a Jesús que nos enseñe a hablar con Dios, nuestro Padre celestial.
Diálogo comunitario
Pasa desapercibido al rezar el Padrenuestro que no es una oración individual y personal sino comunitaria. Jesús emplea siempre el plural, el nosotros para dirigirnos al Padre. Sin darnos cuenta hemos hecho personal y propia la oración. Consideramos que el rezar es individual, que es cada uno el que reza ya agradeciendo su vida ya pidiendo lo que necesita. Desgranemos las peticiones que encierra la el Padrenuestro. En primer lugar, descubrimos que la oración es comunitaria, de todos y nunca individual. “Venga a nosotros tu reino”, no a mi sino a todos nosotros. “Danos hoy nuestro pan”, no mi pan para mí sino para compartirlo entre todos. “Perdona nuestras ofensas”, no sólo mis pecados, sino los de todos nosotros. “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal” a toda la comunidad, a toda la Iglesia, a todos nosotros. Hablar con Dios y rezar es llevar en nuestros labios la palabra y los deseos de toda la comunidad. No puede ser nuestra oración egoísta, individual e interesada solo para mi persona. Solamente sintiéndonos hijos del mismo Padre y en comunidad podemos y debemos hablar a Dios.
Insistencia y constancia
Jesús previene y anticipa a sus discípulos dos dificultades con las que se van a encontrar a la hora de rezar. Intuye que estas dificultades pueden llevarnos a no valorar y a abandonar la oración. Con un ejemplo tomado de la vida familiar Jesús nos propone confiar sin límites en Dios esperando que nos dará todo aquello que pidamos. Para ello quiere que la oración sea constante, permanente e insistente. No puede ser un deseo pasajero y momentáneo sino la necesidad que sólo Dios nos puede obtener y conseguir los que necesitamos. No es extraño experimentar el cansancio a la hora de rezar. Incluso a veces dejamos la oración porque no tenemos la suficiente confianza en que Dios nos concederá lo que pedimos. Otras veces la razón será nuestra impaciencia porque esperamos que lo que pedimos y necesitamos se nos conceda ahora y ya. Una oración que exige una respuesta inmediata pone en duda la confianza en el Señor. Por ello debemos rezar un día y otro, todos los días porque el diálogo con el Señor nos hace amigos suyos y siempre vamos a ser escuchados.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia