No hace mucho leía un artículo sobre los populismos, y de qué estrategias se servían para habituarnos a sus mensajes. Mensajes que al principio nos parecen absurdos, brutales... pero que con el tiempo vamos incorporando a nuestros esquemas mentales solo porque los oímos infinidad de veces. El autor de dicho artículo hablaba de “acostumbrarnos al mal olor de una habitación” a los quince o veinte minutos de haber entrado, cuando al principio nos parecía un hedor insufrible. Así es la capacidad humana de adaptación, para bien y para mal...
En efecto, ese es el problema: la erosión de los buenos argumentos, los de la humanidad y el bien común, solo porque desde ciertos púlpitos nos hacen comulgar con ruedas de molino. Porque desde ciertas tribunas mediáticas nos repiten hasta la saciedad “mantras” consabidos que invitan al egoísmo y a la exclusión como algo normal y razonable, como si nuestra naturaleza fuese solamente la guerra, o el odio, o el miedo, que invita a la defensa agresiva... antes incluso de sentirnos amenazados.
La sociedad vuelve a polarizarse, como en las peores épocas, como si no hubiésemos aprendido la lección, cuando durante décadas ha quedado demostrado que la única garantía para una convivencia pacífica es la tolerancia y la democracia. De nuevo cabalga en nuestro mundo, desde las filas del “ego” de unos pocos y a lomos de la ignorancia creciente de muchos, la cruel indiferencia, cuando no la violencia, hacia el débil, hacia el distinto... hacia todo el que no encaja en los estrechos límites de mi mente. Más estrechos, si cabe, por medio de un algoritmo que me empuja a mirar “solo lo que me gusta”, lo que se halla en mi microscópica zona del confort. Hemos creado sociedades reacias al compromiso, al esfuerzo, y que demonizan todo lo que no sea placer inmediato, lo que mínimamente nos incomoda... Caracteres débiles que conforman democracias dormidas e indolentes, susceptibles de manejar desde consignas simplonas y fácilmente refutables, pero con una machacona y cruel determinación por parte de quienes las crean.
En efecto, hay unos pocos que saben lo que hacen, que tienen un proyecto para el mundo. Un mundo en el que no cabemos todos, definido por el control y la negación. Un mundo donde las identidades individuales se construyen a la contra, cobrándose víctimas: soy “más yo” a costa de otros. Porque “el otro” se yergue como mi competencia, mi enemigo, “mi infierno”, que diría Sartre. Escasez buscada y querida... para que nos peguemos por las migajas.
En verdad siento el tono, puede que el negativismo, pero es que creo que la gente de bien no podemos quedarnos impasibles. No ante la impunidad de los crímenes, no ante las barbaridades de obra y de palabra. El proyecto de Dios es muy diferente a un “aula gobernada por matones”. ¿Que qué hacer, aparte de una “santa indignación”? Pues no eludir el reto, no dejar que la ponzoña se normalice en nuestro pensamiento. Y que la gente que disfruta de nuestra presencia experimente la educación, la acogida, la mesa común y “los panes y los peces”. El mundo necesita como nunca esos valores. No, ¡claro que no son nuevos!, pero están tan arraigados a nuestro ser (aunque los tachen de inútiles o de irracionales) que nunca pasarán de moda. Resultan el antídoto más eficaz para no habituarnos a lo inhumano.
¡Buen comienzo de curso!
Asier Aparicio