"Migrantes, misioneros de esperanza" - Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2025

"Migrantes, misioneros de esperanza" - Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2025

El próximo 5 de octubre la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2025… que este año viene con el lema Migrantes, misioneros de esperanza. Compartimos el Mensaje del Papa León XIV para la Jornada y el elaborado por los obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española.

 

 

Migrantes, misioneros de esperanza

 

Mensaje del Santo Padre León XIV para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2025

 

Queridos hermanos y hermanas:

La 111.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que mi predecesor quiso que coincidiera con el Jubileo de los migrantes y del mundo misionero, nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el vínculo entre esperanza, migración y misión.

El contexto mundial actual está tristemente marcado por guerras, violencia, injusticias y fenómenos meteorológicos extremos, que obligan a millones de personas a abandonar su tierra natal en busca de refugio en otros lugares. La tendencia generalizada de velar exclusivamente por los intereses de comunidades circunscritas constituye una grave amenaza para la asignación de responsabilidades, la cooperación multilateral, la consecución del bien común y la solidaridad global en beneficio de toda la familia humana. La perspectiva de una nueva carrera armamentística y el desarrollo de nuevas armas -incluidas las nucleares-, la escasa consideración de los efectos nefastos de la crisis climática actual y las profundas desigualdades económicas hacen que los retos del presente y del futuro sean cada vez más difíciles.

Ante las teorías de devastación global y escenarios aterradores, es importante que crezca en el corazón de la mayoría el deseo de esperar un futuro de dignidad y paz para todos los seres humanos. Ese futuro es parte esencial del proyecto de Dios para la humanidad y el resto de la creación. Se trata del futuro mesiánico anticipado por los profetas: «Los ancianos y las ancianas se sentarán de nuevo en las plazas de Jerusalén, cada uno con su bastón en la mano, a causa de sus muchos años. Las plazas de la ciudad se llenarán de niños y niñas, que jugarán en ellas. [...] Porque hay semillas de paz: la viña dará su fruto, la tierra sus productos y el cielo su rocío» (Zc 8,4-5.12). Y este futuro ya ha comenzado, porque fue inaugurado por Jesucristo (cf. Mc 1,15 y Lc 17,21) y nosotros creemos y esperamos en su plena realización, ya que el Señor siempre cumple sus promesas.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que «la virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres» (n° 1818). Y sin duda, la búsqueda de la felicidad -y la perspectiva de encontrarla en otro lugar- es una de las principales motivaciones de la movilidad humana contemporánea.

Esta conexión entre migración y esperanza se manifiesta claramente en muchas de las experiencias migratorias de nuestros días. Numerosos migrantes, refugiados y desplazados son testigos privilegiados de la esperanza vivida en la cotidianidad, a través de su confianza en Dios y su resistencia a las adversidades con vistas a un futuro en el que vislumbran la llegada de la felicidad y el desarrollo humano integral. En ellos se renueva la experiencia itinerante del pueblo de Israel: «Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo, cuando avanzabas por el desierto, tembló la tierra y el cielo dejó caer su lluvia, delante de Dios -el del Sinaí-, delante de Dios, el Dios de Israel. Tú derramaste una lluvia generosa, Señor: tu herencia estaba exhausta y tú la reconfortaste; allí se estableció tu familia, y tú, Señor, la afianzarás por tu bondad para con el pobre» (Sal 68, 8-11).

En un mundo oscurecido por guerras e injusticias, incluso allí donde todo parece perdido, los migrantes y refugiados se erigen como mensajeros de esperanza. Su valentía y tenacidad son un testimonio heroico de una fe que ve más allá de lo que nuestros ojos pueden ver y que les da la fuerza para desafiar la muerte en las diferentes rutas migratorias contemporáneas. También aquí es posible encontrar una clara analogía con la experiencia del pueblo de Israel errante por el desierto, que afronta todos los peligros confiando en la protección del Señor: «Él te librará de la red del cazador, y de la peste perniciosa; te cubrirá con sus plumas, y hallarás un refugio bajo sus alas. Su brazo es escudo y coraza. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol» (Sal 91,3-6).

Los migrantes y los refugiados recuerdan a la Iglesia su dimensión peregrina, perpetuamente orientada a alcanzar la patria definitiva, sostenida por una esperanza que es virtud teologal. Cada vez que la Iglesia cede a la tentación de la “sedentarización” y deja de ser civitas peregrina -el pueblo de Dios peregrino hacia la patria celestial (cf. San Agustín, La ciudad de Dios, Libro XIV-XVI)-, deja de estar “en el mundo” y pasa a ser “del mundo” (cf. Jn 15,19). Se trata de una tentación ya presente en las primeras comunidades cristianas, hasta tal punto que el apóstol Pablo tiene que recordar a la Iglesia de Filipos que «nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio» (Flp 3,20-21).

De manera particular, los migrantes y refugiados católicos pueden convertirse hoy en misioneros de esperanza en los países que los acogen, llevando adelante nuevos caminos de fe allí donde el mensaje de Jesucristo aún no ha llegado o iniciando diálogos interreligiosos basados en la vida cotidiana y la búsqueda de valores comunes. En efecto, con su entusiasmo espiritual y su dinamismo, pueden contribuir a revitalizar comunidades eclesiales rígidas y cansadas, en las que avanza amenazadoramente el desierto espiritual. Su presencia debe ser reconocida y apreciada como una verdadera bendición divina, una oportunidad para abrirse a la gracia de Dios, que da nueva energía y esperanza a su Iglesia: «No se olviden de practicar la hospitalidad, ya que gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a los ángeles» (Hb 13,2).

El primer elemento de la evangelización, como subrayaba san Pablo VI, es generalmente el testimonio: «Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores. Se nos ocurre pensar especialmente en la responsabilidad que recae sobre los emigrantes en los países que los reciben» (Evangelii nuntiandi, 21). Se trata de una verdadera missio migrantium -misión realizada por los migrantes- para la cual se debe garantizar una preparación adecuada y un apoyo continuo, fruto de una cooperación intereclesial eficaz.

Por otro lado, las comunidades que los acogen también pueden ser un testimonio vivo de esperanza. Esperanza entendida como promesa de un presente y un futuro en el que se reconozca la dignidad de todos como hijos de Dios. De este modo, los migrantes y refugiados son reconocidos como hermanos y hermanas, parte de una familia en la que pueden expresar sus talentos y participar plenamente en la vida comunitaria.

Con motivo de esta jornada jubilar en la que la Iglesia reza por todos los migrantes y refugiados, deseo encomendar a todos los que están en camino, así como a los que se esfuerzan por acompañarlos, a la protección maternal de la Virgen María, consuelo de los migrantes, para que mantenga viva en sus corazones la esperanza y los sostenga en su compromiso de construir un mundo que se parezca cada vez más al Reino de Dios, la verdadera Patria que nos espera al final de nuestro viaje.

Vaticano, 25 de julio de 2025, Fiesta de Santiago Apóstol

LEÓN PP. XIV

 

 

 

Mensaje de los obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española

 

La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado del presente año 2025 viene marcada por la clave de la esperanza a la que nos convocó el papa Francisco en la apertura del año jubilar. Nuestro primer recuerdo agradecido es precisamente para él que, desde su sensibilidad especial y desde sus gestos y magisterio, dio un nuevo impulso en nuestra Iglesia en la clave de acoger, proteger, promover e integrar a las personas migrantes y refugiadas. Nos gustaría mucho que su sementera siguiera hoy dando mucho fruto para bien de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.

Con el lema «Migrantes, misioneros de esperanza» se nos invita hoy a celebrar esta Jornada, que nos permite hacer algunas reflexiones que tratan de poner una mirada serena sobre la realidad de las migraciones.

En primer lugar, se nos invita a fijarnos en los migrantes, hombres y mujeres concretos, con rostros e historias particulares llenas de vida y dignidad. El fenómeno de las migraciones y el de la movilidad humana, que es mucho más amplio, no debemos olvidar que se hace presente siempre en personas concretas, semejantes a todos nosotros, hermanos nuestros. Solo cuando nos acercamos desde esta clave personal se nos permite abrir el horizonte y atinar mejor en nuestro juicio y percepción del fenómeno. Es cierto que las migraciones constituyen un hecho estructural de esta época nueva que vivimos. Un fenómeno ante el que algunas ideologías y prejuicios proyectan problemáticas y mensajes que fracturan, culpabilizan y deforman. Solo un conocimiento, aproximación y cercanía ante sus historias concretas nos pueden ayudar a seguir avanzando en la construcción de «comunidades acogedoras y misioneras», como hemos propuesto en nuestra reciente exhortación pastoral.

La palabra «misioneros» nos habla positivamente de la presencia de los migrantes entre nosotros. Los misioneros son aquellos que salen de sus países de origen con la tarea de compartir aquello que les desborda el corazón. En nuestro contexto, los misioneros tienen una percepción muy positiva que embellece la tarea de la Iglesia. Reconocer que los migrantes son también misioneros nos ayuda a descubrirlos como portadores de una buena noticia, de algo positivo. En efecto, ellos pueden ser presencia oculta del mismo Dios (cf. Gén 18,1-14), una oportunidad de gracia y de crecimiento personal y comunitario, un instrumento para descubrir llamadas a la conversión y a abrirnos a nuevos horizontes que nos pueden ayudar a desarrollarnos.

Por último, la esperanza es la tercera clave de lectura que se nos invita a observar en esta Jornada. En efecto, tras el fenómeno de los refugiados y migrantes existe una realidad palmaria de búsqueda de esperanza. Los migrantes y refugiados. Los migrantes y refugiados reflejan una tenacidad y coraje en la búsqueda de mejores condiciones de vida para ellos mismos y sus familias. Es conmovedor escuchar relatos en los que la centralidad de sus motivaciones no está directamente en ellos mismos, sino en su entorno familiar. Es la esperanza de conseguir la felicidad y el bienestar más allá de sus propios confines, la esperanza que los lleva a confiarse totalmente en Dios. En ese sentido, nos muestran y enseñan el coraje de la vida desde la certeza de que Dios los acompaña en sus tribulaciones y duelo para alcanzar un futuro mejor. Sintiéndonos todos peregrinos hacia la patria definitiva donde Dios nos abrace, acogemos en ellos un valioso testimonio de esperanza que nos empuja en nuestras vidas.

Pero, además, los migrantes y refugiados se convierten en muchos de nuestros contextos sociales y eclesiales en factores concretos de esperanza en un mundo que tiene mucha fatiga para afrontar su propio futuro. Ellos contribuyen a revitalizar la fe y promueven un diálogo interreligioso basado en valores comunes. En definitiva, ellos están revitalizando con su juventud, sus valores, su trabajo, sus vidas, sus familias, su fe, sus ideales, la realidad social y eclesial de nuestro país y de nuestras comunidades parroquiales, además de hacerlo en sus propios países de origen. Sin duda, con el profeta podemos decir: «Algo nuevo está brotando, ¿no lo percibís?» (Is 13,19). Tengamos esa mirada abierta para percibir así su riqueza y aportación.

Queremos agradecer los esfuerzos que desde la Iglesia y la sociedad se están haciendo para crecer como comunidades acogedoras. Son muchas las iniciativas pequeñas y silenciosas que, desde el reconocimiento de la dignidad de la persona, se están desarrollando: los Corredores de Hospitalidad, el Proyecto Hospitalidad Atlántica, la Mesa del Mundo Rural, las experiencias de acogida de congregaciones religiosas, parroquias y otras entidades tanto en la vida social y eclesial.

Sigamos sembrando desde la fuerza de la propia semilla y la levadura que transforma. En ese sentido, os invitamos a seguir profundizando e implementando algunas de las claves y propuestas que os ofrecimos en el documento Comunidades acogedoras y misioneras.

También queremos hacer una llamada a los propios migrantes que buscan en nuestro país un nuevo hogar. Gracias por vuestra presencia. Deseamos que, desde vuestra propia identidad, enriquezcáis nuestra cultura desde el necesario diálogo y reconocimiento de las señas propias de las comunidades de acogida. Juntos estamos llamados a un «nosotros» distinto que nos ayudará a crecer en humanidad y fraternidad. Que vuestra fe, especialmente a los que procedéis de una tradición católica, sea una luz que os siga acompañando y dando fuerza en este camino que hacéis, enriqueciendo y viviendo en el seno de nuestras parroquias que os quieren acoger.

Es nuestro deseo que esta Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado se convierta, por ello, en una jornada jubilar: hay motivos para dar gracias, para llenarnos de las esperanzas humanas que nuestros hermanos migrantes y refugiados nos aportan y para abrirnos a la esperanza que solo Dios nos puede ofrecer.