Palabra y Vida - Dos historias y dos destinos

Palabra y Vida - Dos historias y dos destinos

Dos personajes antagónicos, dos historias diferentes y dos destinos distintos e incompatibles es el relato que hoy nos ofrece la liturgia de este domingo XXVI del tiempo ordinario para decirnos estas tres cosas: vivir de espaldas a Dios nos hace olvidar a los que nos rodean; ser desprendidos nos sitúa en el grupo de Jesús; y, usar mal la riqueza nos alejará definitivamente de Dios.

El escenario de esta parábola tiene como trasfondo una reunión de sus discípulos con un grupo de fariseos a los que habla de lo inútil que es confiar en las riquezas. Para ilustrar y hacer más visible esa enseñanza expone la parábola de un pobre que cada día pide limosna a la puerta de un rico y no alcanza a coger las migajas que caen de la mesa porque la comen los perros. Aquel personaje envuelto en su riqueza, en su vida regalada y preocupado por disfrutar la vida que tiene ignora el dolor de quien a su puerta pide.

 

Lázaros o Epulones

Una primera lectura del texto evangélico nos lleva a elegir entre uno de los dos personajes. Seguramente es la figura de Lázaro la que nos gustaría ser, no tanto porque, como pobre, carece de todo y tiene que mendigar el comer, sino porque el final de la historia le da la razón y logra la felicidad eterna. Pero sin duda es posible que tengamos rasgos y comportamientos de aquel rico Epulón porque como él vivimos centrados en nosotros mismos y no vemos al hermano que sufre a nuestro lado. Nos parecemos al rico porque nos gusta banquetear, la riqueza, el placer y la vida regalada e igual que al rico nuestro egoísmo nos impide acercarnos al necesitado y al que sufre. Una vida centrada en uno mismo, vivida para sí mismo, nos aleja de prestar atención a los demás. Por ello no olvidemos que la indiferencia y la ignorancia ante las necesidades de los demás nos harán culpables

 

El presente nos lleva al futuro

Más allá de que seamos Lázaros o Epulones, la parábola nos dice que el presente va a condicionar nuestro futuro. Ello nos lleva a echar una mirada a nuestro presente para poder intuir cual será nuestro futuro. El momento que influye y decide el futuro es el ahora. No podemos dejarlo pasar. Después será tarde y no habrá ocasión de cambiar.  Nuestra vida actual debe ser vivida de modo que nos garantice que lo que aquí hagamos dependerá nuestro destino eterno. Hablamos por tanto de una dimensión transcendente de la vida donde la aspiración final sea alcanzar la vida eterna para vivir al lado del Padre eternamente. Después de la muerte no hay opción de elegir.

 

José María de Valles – Delegado diocesano de Liturgia