Hoy en el evangelio Jesús describe, en el comportamiento del sirviente, el modelo de vivir nuestro discipulado. El ejemplo tomado de la vida familiar enseña cual debe ser la tarea de un buen seguidor de Cristo.
Auméntanos la fe
La historia puede tener como trasfondo un cierto cansancio de los apóstoles al haber experimentado dificultades en el seguimiento del Maestro. Los doce apóstoles habían sido elegidos uno a uno por Cristo para ser formados y entrenados de una forma más exigente en su seguimiento. Todo ello suponía un compartir la misión día a día, estar con el Señor y superar las dificultades con las que el Maestro vivía. Es posible que sintieran por una parte el esfuerzo duro y continuo y la propia debilidad. Todo ello les lleva a pedir más fe porque, con la poca que tienen, suponen ellos, no se siente con fuerzas para seguir en su compañía. Viéndose superados por la dificultad de permanecer a su lado como buenos seguidores del Maestro, experimentan las dudas de si merecerá la pena todo el esfuerzo que hay que hacer. Incluso se sienten profundamente preocupados e inseguros si finalmente no pudieran cumplir la promesa hecha de mantenerse fieles a su lado. Todo ello les lleva a suplicar: Auméntanos la Fe.
Un grano de mostaza
La respuesta de Jesús sorprende. Les dice que no necesitan más fe. Que tienen más que suficiente porque incluso si fuera como un grano de mostaza bastaría. Jesús lee su preocupación y descubre que lo que están pidiendo tiene más que ver con un deseo de sentirse seguros en su seguimiento que la falta de fe. Necesitan que los esfuerzos y trabajos, que hagan, sean reconocidos y no queden baldíos y sin premio. Pedían, sin expresarlo, un signo de reconocimiento y valoración y lo disimulan con la necesidad de mayor fe.
Jesús quiere mostrarles que no es la fe lo que hará de ellos buenos seguidores sino el compromiso exigente de cada día. Y se lo explica con el ejemplo del sirviente que a pesar de haber trabajado toda la jornada al llegar a casa sigue atendiendo las necesidades del Señor. Jesús emplea esta relación familiar para ilustrar la auténtica actitud del cristiano.
Servir al Señor
“Si uno de vosotros tiene un sirviente” dice Jesús, aunque los apóstoles no tienen sirvientes, pero, aun así, saben cómo debe comportarse el sirviente. El servidor no espera que el Señor le agradezca su trabajo constantemente, sino que se preocupa de no descuidar en ningún momento su atención al Señor.
El Señor espera fidelidad y dedicación constante y promete recompensa a quienes perseveren en el servicio. No es desagradecido Dios porque seamos siervos a su servicio. Nuestro trabajo consiste en eso y aunque suene fuerte y severo, como san Pablo nos recuerda, sabemos que todo es regalo de Dios. Y si esto es así todos los trabajos, esfuerzos, sacrificios de nuestra vida de discípulos debemos verlos y vivirlos como dones de Dios. La gratitud no forma parte de la tarea, será premiado mucho más tarde.
Como auténticos servidores descubramos como los apóstoles esa nueva visión de la fe que nos lleva al servicio constante. Solamente así encontramos que la gratitud no es la razón del actuar, sino que la recompensa nos la dará el Señor al final de nuestra vida si le hemos servido con diligencia. Pidamos que nuestra fe se fortalezca sirviendo al Señor.
José María de Valles – Delegado diocesano de Liturgia