Ha sido un verano realmente oscuro: guerras cada vez más crueles, hambrunas provocadas, incendios y catástrofes naturales, escándalos políticos, polarizaciones verbales impregnadas de odio, ausencia de buena educación en muchas facetas de la vida pública…Panorama oscuro, muy oscuro, sin duda el que estamos viviendo. Tenemos una necesidad imperiosa de descubrir algo luminoso a lo que agarrarnos. Algún detalle esperanzador.
Ha ocurrido en el campamento de la ACG (Acción Católica General) celebrado, en julio, en la Abadía de Lebanza. Allí compartimos experiencias con grupos de niños y jóvenes. Entre los monitores había una persona. Inés -me ha permitido nombrarla- que está en silla de ruedas. Inés es una persona que, desde su situación, es un derroche de valores y responsabilidad. Ella ha querido cumplir con su compromiso y para ello necesitaba apoyos y cuidados dado el entorno en el que nos desenvolvíamos. No ha querido sacrificar a su familia.
Y aquí aparecen las otras luces: Lucía y Valeria -también tengo permiso para nombrarlas-. Dos personas que han compaginado su labor de monitoras con la atención plena hacia su amiga Inés. Día y noche. Con todo tipo de cuidados. Todo ello desde la normalidad, el cariño y la humildad que atesoran las personas que actúan sin ningún tipo de interés ni buscando reconocimiento. Como si la respuesta más normal ante semejante hazaña, fuera la sonrisa. Siempre sonriendo.
El altruismo es aquello que nos hace eminentemente humanos. Y como humanos somos capaces de renunciar a algo nuestro y que queremos, ya sea material, o simplemente el esfuerzo o el tiempo para dárselo o dedicárselo a un congénere que lo necesita. Sin el altruismo o la generosidad el concepto de sociedad estaría incompleto, ya que, si nos regimos exclusivamente por el individualismo y el egoísmo, escasamente se puede construir una sociedad. Es evidente que dentro de nuestra propia especie hay personas más dispuestas ayudar desinteresadamente que otras, entonces... ¿por qué, en vez de destruir, matar, insultar, degradar, no intentamos ser más humanos, más dignos, más generosos, más luminosos?
Gracias de todo corazón a las tres: Inés, Lucía y Valeria porque nos habéis dado una lección de vida y dedicación. Mi compromiso ante lo que me enseñasteis, ha sido comunicarlo siempre que he tenido oportunidad. Es necesario mostraros como un ejemplo vital. Que todo el mundo sepa que hay personas jóvenes que nos seguís iluminando y que, cuando os descubrimos, os admiramos y nos aparece una sonrisa como la que nos mostrasteis vosotras, todos los días.
Pablo Espina