El Bautismo del Señor pone el broche final al ciclo de Navidad y a la vez supone el inicio de la actividad evangelizadora de Jesús. El silencio de Nazaret da paso al anuncio de la salvación a través de la palabra, las obras y la vida del Señor.
Un baño de Dios
Comenzamos con la expresión popular de dar un baño. Además de meterse en el agua, uno puede dar un baño de pintura a un mueble y otro puede darse un baño de música expresando así el llenarse de todo ella. Bautizarse significa darse “un baño de Dios”. Dejar que Dios nos llene totalmente Experimentar que Dios se ha derramado con el agua en todo nuestro interior. No se ha quedado en lo exterior, sino que ha penetrado en nuestro ser. El Espíritu desciende sobre Jesús y le llena de Dios, anticipa nuestro propio bautismo donde también el Espíritu de Dios entra en nuestro ser haciéndonos sus hijos. Nuestro bautismo queda lejos y, tal vez eso, hace que hayamos olvidado que estamos llenos de Dios porque su Espíritu también se nos ha dado a nosotros.
Hijos amados de Dios
El relato de san Mateo, que hoy leemos, acaba con esta frase: este es mi Hijo amado. Nos muestra así que Jesús experimenta en el Jordán el amor del Padre. Esas palabras, que oímos desde el cielo, nos descubren su identidad. En el ser Hijo amado de Dios radica el fundamento que dará sentido a su vida. Cada uno de nosotros somos también hijos queridos de Dios. En cada uno de nosotros el bautismo configura nuestra identidad de creyentes. El bautismo debe hacer que nos sintamos amados y elegidos por Dios. El bautismo debe hacernos tomar conciencia de quienes somos y cómo debemos de vivir y orientar nuestra vida al estilo de Jesús.
Vida nueva
Después del bautismo, Jesús inicia su misión. Comienza una nueva vida: anuncia la Buena Noticia de Dios, cura a los enfermos, acoge a los necesitados, comparte su vida con sus discípulos a quien acompaña, enseña a orar a Dios Padre… En definitiva, su vida se concreta en hacer la voluntad del Padre haciendo el bien.
No siempre tenemos este sentimiento. Preguntémonos hasta qué punto vivimos esta realidad de que nuestro bautismo fue el comienzo de una nueva vida que, imitando al Señor, nos exige no solo no hacer el mal sino esforzarnos por hacer el bien y mucho bien siempre y a todos.
Hoy es un día para ser consciente de nuestra condición de bautizados. Un día para recordarnos nuestra responsabilidad de renovar el sentimiento de ser hijos amados de Dios. Igualmente debemos exigirnos fortalecer nuestra vida de oración para seguir escuchando: “Tú eres mi hijo”. Todo ello a la vez que fortalecemos y revitalizamos el compromiso de seguir dejándonos bañar de Dios para sentirnos hijos de Dios, miembros de su pueblo, hijos de la Iglesia y testigos de su Reino.
Sea este nuestro compromiso vivir nuestra condición de bautizados como Hijos de Dios llamados a anunciar su reino dejando que Dios sea verdaderamente el Señor de nuestra vida.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia