No pasa de moda cuestionar la autoridad. Quejarse de las normas y las leyes hasta el punto que desdeñemos todo lo que creemos que limita nuestro libre albedrío sigue siendo actualidad. En aras de la libertad, que consideramos que nadie puede quitarnos o poner límites, justificamos saltarnos las leyes que regulan nuestra convivencia. No está lejos haber perdido la confianza en el cumplimiento de la ley y mostrarnos escéptico del valor ético y moral que conlleva.
No abolir
El tema central de este domingo nos descubre el auténtico sentido de la ley que nunca puede ser esquivada, suavizada o evitada, sino que debemos cumplirla en plenitud. Al albur de una modernidad donde todo debe cambiarse creemos que también la ley debe ser modificada y acomodarla, no a nuestro tiempo, sino a nuestro gusto y capricho. Eso hace que tantas veces guardamos la apariencia del cumplimiento de la ley, pero en el fondo sorteamos la manera de no cumplirla. Algo de esto vemos en el trasfondo del evangelio proclamado. Jesús revela, como último y definitivo referente de la ley, que no ha venido a abolir sino a que se cumpla en plenitud la ley. Sorprende que su propuesta no es de mínimos sino de máximos. La ley que el Señor nos ha propuesto debemos cumplirla sin saltarnos ni una tilde.
Vivir con radicalidad
Jesús nos habla del valor y la importancia que tiene el cumplimiento de la ley y que, de ninguna manera, se puede saltar, omitir o suprimir nada porque es la propuesta por Dios. Es posible suponer que algunos esperaban que Jesús cambiaría la ley y la haría, posiblemente, más fácil de cumplir. Para Jesús la nueva ley no tiene como objeto suprimir la vieja ley sino llevarla a su plenitud. Su propuesta conlleva vivir con radicalidad la ley y no solamente en lo exterior sino al corazón. El Señor invita a llevar la ley en el corazón y así poder hacerla vida con autenticidad y valentía. La propuesta de cumplir con plenitud la ley antigua Jesús la va a desgranar comentando los preceptos de la ley antigua del Deuteronomio. Bajando a lo concreto nos va recordando cómo espera que sea nuestro comportamiento. Desde una primera petición a no saltarnos nada de los preceptos, ni los más pequeños, nos invita a enseñarlos. Junto a ello nos recuerda que obremos con justicia y va repasando los demás mandamientos elevándoles a una comprensión más detallada. No solo no matar, sino evitar todo tipo de violencia. No buscar pleitear ni enfrentarse a los demás sino buscar solución. Vivir con limpieza las relaciones matrimoniales. No jurar sino hablar sin mentira y con transparencia.
Al recordarnos todos estos preceptos, leyes y mandatos estamos cumpliendo la ley como Cristo quiere y así, a través de ello, construir una iglesia y una comunidad creyente más feliz.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia