Compartimos el texto de la “Meditación cuaresmal” de nuestro obispo D. Mikel. Pronunciada en la Catedral de Palencia el 21 de febrero de 2026
1. Dios Padre llama a la vida
Dios está a la escucha de todo lo que nos atañe y nos sucede. Y porque nos ama, anhela de nosotros también que estemos pendientes de toda Palabra que pueda salir de su boca. De modo que una vida cristiana sin entrar en las honduras y las anchuras de la relación con Él no tiene mucho sentido. Y porque desde nosotros es imposible, ha hecho que Dios hiciera una Alianza con nosotros. Una Alianza que salva el abismo infinito del pecado y de la muerte, y que consiste en un puente cuyos lados son la eternidad y el tiempo, y que es la persona de Jesús, el Hijo de Dios.
Esta alianza se forja con un precioso diálogo de escuchas. Por eso, la soledad y el silencio son la condición en la que se desarrolla nuestra relación con Dios. Nuestro Dios quiere hijos, no nietos; no le satisfacen las relaciones de segunda mano y los parentescos de segundo grado. Sólo activando la búsqueda y el deseo de encuentro directo, la Palabra de Dios entra y cala en nosotros produciendo frutos de vida y no frutos de muerte.
Llamo frutos de muerte a una apariencia de vida cristiana que de eso sólo tiene el nombre. La tarea de diferenciar el cristianismo de lo que es su mera imitación social es esencial para la credibilidad de la propia Iglesia. Todavía muchos cristianos vivimos con mala conciencia, con un difuso malestar, pues esperamos más del mundo que de nuestra propia identidad y tradición. Miramos de reojo al mundo y nos afanamos en hacer una contabilidad exacta de lo que sacamos de todos nuestros afanes. ¿Qué es lo que resulta de todo esto? Que los frutos no cuadran con nuestras expectativas. Y eso genera una mala conciencia en los católicos.
Ello se percibe en nuestra sociedad y tantas veces no sabemos cómo salir de esa situación en la que vamos a remolque de lo que el mundo impone como políticamente correcto. Ser cristianos requiere redescubrir la realeza, la profecía y el sacerdocio vital del Bautismo. Vivir hoy la fe en toda su riqueza requiere lograr un estilo de vida rico y profundo. Es tiempo para recuperar la hermosa originalidad de nuestra fe. Y nadie de fuera va a venir en nuestro auxilio ni nos va a resolver nuestros problemas.
Por ello, vamos a pensar hoy en voz alta sobre lo que produce esos frutos de vida sin los que esta no merece el nombre de vida. ¡Qué fecunda resulta en todos los tiempos la vida de nuestros santos! Ellos nos dan la verdadera pista, que es la confianza radical en Dios. Nosotros hemos venido para tomar aliento y aprender la vida en esta Cuaresma. En la iglesia catedral nos serenamos y hacemos un alto en el camino de nuestro peregrinaje. Aquí podemos interpretar adecuadamente el silencio de Dios, gozar y alimentarnos de ese Dios tan misterioso en sus designios. No hacerlo, tiene como alternativa el volver a caer en la rutina o en la angustia cada vez que nos quedemos a solas.
Sabemos por fe que Dios se ocupa de su pueblo y que vive pendiente de todo lo nuestro: “no os angustiéis pensando: qué comeremos, qué beberemos, qué nos vestiremos: vuestro Padre del cielo sabe que tenéis necesidad de todo ello. Buscad ante todo el reinado de Dios y su justicia, y lo demás os lo darán por añadidura” (Mt 6, 31-33). En Europa hemos querido sustituir y eliminar la confianza en la providencia de Dios. Los potentes y ruidosos sucedáneos que hemos levantado para sustituirlo han terminado constituyéndose en dominadores despóticos que cada día reclaman un tributo mayor. La vieja historia de la idolatría se repite.
Y es que, a pesar de todo, necesitamos señalar a Dios, verlo inequívocamente. Es muy humano desear ser como los demás pueblos de la tierra y que no nos incomoden con la pregunta: ¿dónde está tu Dios? El pecado de idolatría lo tenemos en la Iglesia más cerca de lo que pensábamos y en eso somos muy parecidos al pueblo del Antiguo Testamento. No tenemos que ir muy lejos para encontrarlo.
La lectura de la Eucaristía de hoy, tomada del profeta Isaías nos anima y conmina: “cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.
Se nos hace cuesta arriba hablar de donación total, de gratuidad en una cultura donde la eficacia, la practicidad dictan su ley. Pero los que hemos sido tocados por el dedo de Dios sabemos que el ser humano anhela y desea, se realiza y consuma con ese Alguien irreemplazable, necesario, que subsiste e insiste, y que llamamos Dios.
Ese alguien, interlocutor de toda la humanidad pone al descubierto nuestra fragilidad, nuestras caídas, nuestras luchas, y parece quedar al margen y por encima de todo. Ese Alguien que con la misma naturalidad libera y reprende, consuela y advierte.
Porque no se puede amar a medias y no se puede vivir a medias. La vida ya no la viviremos los penitentes como algo casual, obvio, algo debido como un derecho. La vida será para nuestras comunidades una maravillosa sorpresa, plena de sentido. La misma vida será la obra maestra del amor creador de Dios, en sí misma una llamada a amar. El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
Dios Padre nos llama a la vida. Esa es la primera llamada que todos hemos recibido antes de existir y de tener noción alguna sobre nosotros mismos. Un amor que antecede y que precede totalmente nuestra misma existencia en este mundo. Esta es la vivencia del creyente y el tesoro que los santos custodian y hacen fructificar en el mundo. Es el Dios tres veces Santo que crea y recrea y lo hace todo nuevo. El que nos habla en la naturaleza y en la historia. Es el Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El misterio del Dios trinitario, que es el Dios de Jesucristo, no es fácil. Pero es que a veces lo complicamos nosotros mismos. No es un Dios para definir o controlar, sino un Dios para vivir. El Dios vivo y verdadero es el que llama a todo hombre y a toda mujer. En palabras de san Simeón, el Padre es la casa, el Hijo es la puerta, el Espíritu es la llave.
El Padre, es la casa de la que venimos y a la que vamos. Y el Padre que es el origen y la meta de todos, nos llama curiosamente a que nosotros mismos seamos casa de Dios. La vocación a la vida es una vocación a vivir habitados. Y esto es siempre posible. Por si pensamos que estamos en tiempos complicados para la fe, miramos hacia atrás. Vamos a la época del holocausto. En pleno terror nazi el 12 de julio de 1942, una joven judía, Etty Hillesum, hablaba así a Dios:
Te ayudaré Dios mío, a no apagarte en mí, pero no puedo garantizarte anticipadamente nada. Sin embargo, una cosa me aparece cada vez más clara: no eres tú el que puedes ayudarnos, sino que somos nosotros los que podemos ayudarte a ti, y haciendo esto, nos ayudamos a nosotros mismos. Es todo lo que nos es posible salvar en esta época, y es también lo único que cuenta: un poco de Ti en nosotros, mi Dios. Quizá podremos contribuir a devolverte a los corazones devastados de los demás.
Ella descubrió su misión en aquel mundo que se le estrechaba y en esa corta vida que le quedaba: custodiar a Dios dentro de ella, no permitir que nadie se lo pudiera quitar o apagar. Como un verdadero castillo con muchas moradas, ella defendió hasta el final la presencia del Amor de Dios. Como describe el libro del Apocalipsis, el Hijo y el Padre esperan a la puerta de nuestra casa. El asedio es un asedio de vida, no de muerte. Pedimos al Señor que nos quite el miedo.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? Nos preguntaba el Señor el jueves pasado en el Evangelio.
2. Dios Hijo llama al seguimiento
Tras el misterio de Dios Padre, que es la Casa y que nos llama a la vida, a vivir habitados por El, seguimos nuestro peregrinaje espiritual y elevamos el corazón a Jesucristo nuestro Señor, Dios Hijo, que es la Puerta que da acceso al Padre, el camino por el que transita todo creyente. Dios Hijo nos llama al seguimiento, a irnos tras Él. Somos aprendices de quien nos quiere regalar la Alegría y la Paz de Dios. Nos recogemos por un momento dejando aparte todas nuestras preocupaciones, anhelos y deseos.
“Señor, muéstranos al Padre, y nos basta” (Jn 14, 8). Es la súplica de Felipe a Jesús, en la tarde de la víspera de la pasión. Es la angustiosa nostalgia de Dios, presente en el corazón de cada hombre: conocer las propias raíces, conocer a Dios. El hombre no es físicamente infinito, pues está inmerso en la finitud; pero su deseo gira en torno a lo infinito. Y la respuesta de Jesús sorprende a los discípulos: “Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y tú no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9).
Junto con Felipe, también nosotros podemos llegar a pensar equivocadamente que Jesús nos habla de Dios su Padre y Padre nuestro como de oídas, por referencias de otros. Y si pensamos así, estamos equivocados como Felipe. Podemos pensar que Jesús es simplemente un modelo, una referencia, una pista para nuestro camino vital. Y no es así. Su vida es la gran incógnita en cuya resolución se juega la vida de la humanidad. Esta Semana Santa no debe pasar por nosotros de largo. Ojalá descubramos en la Pasión de Jesús todo el Amor que el Padre vuelca sobre cada uno de nosotros, despojándose de todo lo que tiene, de su Amado Hijo Jesucristo.
Contemplemos en el Evangelio al Jesús solitario y abismado en la oración a su Padre, integrado totalmente desde ahí en el corazón de la vida de su pueblo. Hay una razón para su venida al mundo. El vino a iniciar por fin la plenitud de la historia de la humanidad. Por eso, Jesús nos llamará a ponernos detrás de Él: seguidme, o literalmente, venid detrás de mí. Esa llamada tal y como nos la recuerda Marcos, no admite demoras ni perplejidades.
En el evangelio de Lucas el Señor le pide a Simón el servicio de su barca para predicar a la multitud que se agolpa en la orilla del lago. Cuando acaba la predicación Jesús le pide que se haga lago adentro y que eche las redes al agua. Pedro se fiará de la Palabra del Señor, que contradice su experiencia de pescador y viene la pesca milagrosa y la confesión de Pedro: APARTATE DE MI QUE SOY UN PECADOR. La narración continúa con la llamada a Pedro, Santiago y Juan para convertirse en pescadores de hombres Y acaba afirmando: ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11). Los evangelistas coinciden en la premura y en la radicalidad de esa llamada. Nosotros, los elegidos y los santos de Dios en lenguaje de San Pablo recibimos esa misma llamada.
Vienen a nuestra mente otras llamadas como la de Isaías o el mismo Pablo. Pedro y los del Zebedeo escuchan la llamada en su vida cotidiana, el profeta en medio de una celebración litúrgica y Pablo en su propio recorrido espiritual, En todos los casos hay una reacción similar: todos le piden al Señor que se aparte de ellos, que no son buenos. Isaías un hombre de labios impuros, Pablo se considera un aborto, el no digno para ser apóstol. Y, sin embargo y a pesar de la experiencia sentida de la propia indignidad, en todos los casos se acaba con una respuesta y un seguimiento. Isaías siente como los serafines le purifican, y se acaba ofreciendo a Yahvé para responder a su pregunta: ¿A quién enviaré? Pablo, afirmará que por la gracia de Dios soy lo que soy. Y Pedro, a pesar de su confesión de indignidad, de querer apartarse del que ha reconocido como Señor, acaba dejando las barcas en tierra y siguiendo al que le llamaba para ser pescador de hombres.
Seguir. Esta Palabra es una de las más importantes en el Evangelio: 79 veces recogen los evangelios el verbo seguir, akolouzein de donde viene en castellano la palabra acólito (el que sigue). En el resto del NT aparece ya menos, solo 11 veces. Es curioso que la gran mayoría de veces que aparece el verbo en los evangelios se refiere al seguir a Jesús. Es a esta idea evangélica del seguimiento a la que hoy nos referimos.
El seguimiento ha estado y está muy unido a la idea de imitación. Uno de los libros medievales más famosos, de Tomas de Kempis, se titula así: la imitación de Cristo ¿Es lo mismo? Yo creo que no. Imitar es copiar un modelo, mientras seguir, es asumir un destino. Se puede imitar a un modelo fijo y estático, mientras que el seguimiento supone un agente principal que se mueve y avanza. Sin embargo, mientras que imitación no lleva necesariamente en sí la idea de acción o tarea, estos son conceptos inseparables del seguimiento.
Y, sobre todo, en la imitación el centro del interés está en el propio sujeto, el que imita, mientras que en el seguimiento ese centro está situado en el destino que se persigue. La imagen cabal de la imitación es el espejo; la imagen ejemplar del seguimiento es el camino. Mientras el espejo es el exponente de la vanidad, el camino es el símbolo de la tarea, la misión y el objetivo a cumplir. Por eso los evangelios no mencionan para nada la imitación, mientras que hablan ampliamente del seguimiento. Seguir a Cristo nos sana nuestro narcisismo, del estar permanentemente preocupados por nuestra imagen, buen nombre, por quedar bien, por no fallar las expectativas de los demás. Cristo nos libera de todo eso y nos habilita para en todo amar y servir.
Jesús llama muchas veces a su seguimiento, y es sorprendente que en esta llamada no hay un programa de lo que significa ese seguimiento. Frecuentemente se limita a un escueto: Sígueme. No hay programa, ni una meta, ni unos objetivos... Es una llamada abierta a todo un abanico de posibilidades que exige importantes renuncias. Porque a lo que Jesús llama es a asumir su propio camino, su propio destino, un destino que es el de la solidaridad con todos los pecadores y esclavos de la tierra hasta sufrir y morir con ellos y por ellos. La vida de Jesús fue un camino de incesante solidaridad con los pobres, con los que sufren, con los excluidos y marginados por la sociedad. Qué sencillo es el Evangelio cuando me veo como un pobre necesitado de todo lo esencial y cuando descubro que sólo Cristo tiene palabras de vida eterna...
Él nos repite hoy su llamada: Si quieres, sígueme. Tan sólo quieres que yo te siga, dice el canto. Porque es verdad. La llamada es personal, y sólo se responde personalmente a la misma. Nadie me puede sustituir en eso; Cristo no miró mi condición sino mi sed y esa requiere que se dé una respuesta personal. Sonriendo has dicho mi nombre. Se ha achacado a la canción del pescador de sensiblera, pero si existe la sensiblería, ésta termina cuando empieza la verdad. Es decir, cuando sé que ha sido mi nombre el que ha pronunciado Jesús y que seguirlo significa compartir el destino de aquel que hizo, de su vida la solidaridad y el encuentro con todos los que sufren y de ahí ya no necesito más programa sino ponerme en camino.
El motivo último de ese seguimiento es que Jesús quiso dejar su tarea inacabada y el Espíritu en su Iglesia hace que el pescador Jesús siga llamando a más hombres y mujeres a la Vida: os haré pescadores de hombres. No hay iglesia sin misión. El bautismo sin anuncio y sin invitación al banquete del Reino es incompleto. Os haré llegar a ser pescadores de hombres.
Envía Padre, trabajadores de la mies, pescadores del mar del mundo que continúen la tarea y misión de tu Hijo. No imitadores de moldes religiosos o civiles, sino presencias de Cristo, Cristos vivos que difunden la fuerza arrebatadora del Amor de Dios. El autor ateo más radical de toda la historia de la filosofía fue Federico Nietzsche. El expresó bien nuestro problema: “Cristianos, vuestros rostros son más dañinos para vosotros que vuestros argumentos. Si creyerais en la resurrección un nuevo evangelio brotaría permanentemente de vuestros rostros y no tendríais que vivir tan pendientes de vuestros argumentos”. Seguir a Cristo cambia la vida y recrea el rostro de los hijos e hijas de Dios, haciéndonos hermanos, convirtiéndonos en sal y luz. Por desgracia, este filósofo sigue teniendo razón a tenor de las caras con las que los cristianos vamos por la vida. Dar con Jesús la vida por los amigos es la fuente de la verdadera alegría
Ojalá aquí sientas de nuevo la llamada de Aquel que hoy te sigue diciendo: Sígueme, y que sientas que te pide que compartas su destino de solidaridad y de comunión. Ese debe ser nuestro mejor proyecto, ese es el programa del que sigue a Jesús, del que se llama cristiano, de Cristo. Acoge la llamada, la misión, la vocación: Sígueme entrando por la puerta estrecha y gozosa que conduce al Reino. Muchos son los que entran por la puerta ancha de la apariencia, de la vanidad, de la superficialidad, del pisar a los demás, del aprovecharse de los otros, y pocos los que eligen la puerta estrecha que lleva a la vida. Mi paisano San Francisco Javier, nos invita a esta segunda. Escuchémosle:
“Tomándose estos trabajos por quien se deberían tomar, son grandes refrigerios y materia para muchas y grandes consolaciones. Creo que los que gustan de la cruz de Cristo Nuestro Señor descansan viniendo de estos trabajos y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos. ¡Qué muerte es tan grande vivir dejando a Cristo después de haberlo conocido por seguir propias opiniones o aflicciones! No hay trabajo igual a éste. Y por el contrario, ¡qué descanso vivir muriendo cada día por ir contra nuestro propio querer buscando no los propios intereses, sino los de Jesucristo!” (20 de septiembre de 1542).
¡Cómo no verme reflejado en sus palabras! Ardo en sed de vida y me quemo y me reseco cuando rehúyo amar y servir como requiere el Reino de Dios y su justicia. Y vivo cuando más allá de mis mezquinos intereses ensancho mi tienda y doy cabida a los que Dios me regala como compañeros de camino. Luego participaremos del Via Crucis. Qué gran regalo si el Espíritu nos concede seguir a Jesús por las naves de la catedral, y luego por las calles de nuestra ciudad y nuestros pueblos…
3. Dios Espíritu llama al testimonio
Hemos contemplado a Dios Padre que nos llama a la vida, a Dios Hijo que nos llama al seguimiento. Hacemos silencio en nuestro corazón y tratamos de elevarnos hacia ese Dios Espíritu, que a lo que nos llama es a dar testimonio. Nuestro Dios es Trinidad, plena comunión de Amor y vemos cómo puede ser simbolizado así: el Padre es la Casa, el Hijo es la Puerta y el Espíritu es la Llave. Dios que es sólo Amor se ha acercado tanto a la humanidad, que se ha hecho uno con nosotros y se ha quedado aquí para siempre.
Vemos cómo el seguimiento a Jesús, su llamada es a ser y obrar como Él. Más en concreto aún, Jesucristo nos llama a vivir su misma relación en su trato con el Padre y con los hombres: nos pide que acojamos la vida como don de las manos del Padre para “perder” (entre comillas) y verter ese don sobre aquellos que el Padre nos ha confiado. Pretende que entendamos desde dentro la gozosa verdad de que “nadie tiene un amor mayor que éste: el de dar la vida por los propios amigos” (Jn 15, 13). Cuidado, la Cruz representa el dolor y la muerte, pero simboliza el Amor.
Pues Jesús anhela que su misión no acabe con su entrega, sino que precisamente su Pascua sea la lógica de su Cuerpo, de la Iglesia. Jesús no actúa solo, no actúa por su cuenta, todo lo ha recibido del Padre, y todo lo dirige a Él: “como el Padre me ha enviado, así también os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21). Nos convierte así a todo llamado, a todo elegido en signo suyo. De modo que seamos signo de Jesús: que mi corazón y mis manos continúen abrazando a los pequeños, curando a los enfermos, reconciliando a los pecadores y dejándose clavar en la cruz por amor de todos. Los sentimientos del Señor acaban siendo los de nosotros, sus amigos. Decía San Joh Henry Newman: “amado Señor, ayúdame a esparcir tu fragancia por donde quiera que vaya, penetra todo mi ser hasta tal punto que toda mi vida solo sea una emanación de la tuya, que quien me mire, te vea”.
Queda patente que Cristo, el Hijo es la puerta de acceso a la gloria del nuevo paraíso en el que el Amor de Dios reina. Ahora bien, un amor tan radical y totalizador no está a nuestro alcance y nos asusta. Igual que los apóstoles, también nosotros sentimos la turbación de su marcha. En ese instante Jesús nos anima con una promesa inaudita: “no os dejaré huérfanos” (Jn14, 1). Los primeros llamados del Evangelio no quedarán solos: Jesús les asegura la compañía fiel y discreta del Espíritu. El que venga a mí y beba, de su interior manarán torrentes de agua viva, de esa agua que hace que nunca más tengamos sed, nos dice Jesús. Pedid y mi Padre y yo te daremos el don, el regalo del Espíritu.
Y Él, el Paráclito, el abogado sí que es la llave para dar con la vida plena y verdadera, la única vida digna de ese nombre. Cuántos hombres y mujeres malviven o sobreviven porque no dan con el modo de abrir esa puerta que conduce a la vida... El Espíritu Santo es el amigo de todo discípulo que llena de consuelo, suscita sentimientos de bondad y el gusto de vivir para la justicia. Uno siente una mirada que potencia y anima, y que llena de regalos la vida: esos frutos del Espíritu, que describe San Pablo a los gálatas y que son: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí (Ga 5, 22). Nuestra vida, llamada a ser fecunda, encuentra así su plenitud. No es esfuerzo, sino regalo.
La vida de los santos se hace totalmente incomprensible e impenetrable, al final imposible para nosotros, si no la vemos atravesada por esa presencia misteriosa y amiga del Espíritu Santo. Es posible descubrir las mociones, los movimientos, las inspiraciones y consolaciones del buen Espíritu de Dios. De hecho, el ser santos es simplemente dejarse conducir por el Santo, por el Espíritu de Dios. Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. La Cuaresma tiene como finalidad poner nuestro Bautismo en el primer plano para seguir viviendo sumergidos en el Amor de Dios. No ser santos es defraudar a Dios, a la Iglesia y al mundo. Es en el fondo, la única dramática desgracia, que acarrea todo el resto de males. El demonio lo sabe, y por ello sigue combatiéndonos para que nos despistemos, nos divirtamos, nos desesperemos y así, no nos dejemos amar por Dios, y no amemos.
La vida no es ante todo esfuerzo y tarea. La vida es ante todo un don. La vida no es ante todo lo que yo hago, fabrico o construyo. La vida es ante todo lo que a mí me pasa. La Virgen María es el mejor ejemplo de ello: ella acogerá la acción del Espíritu, pues es la llena de gracia. Ella proclama la grandeza de Dios pues descubre lo que el resto de Israel, los más pequeños, siempre habían sospechado. Dios está con ellos. Ella se alegrará con una alegría que nadie le podrá arrebatar. Dios se ha fijado en su pequeñez. El Espíritu Santo es el artista interior que modela con creatividad infinita el rostro de cada uno según Jesús. Y en María hará su obra más perfecta, pues el Hijo que nacerá de su entraña llevará la doble marca del Padre Dios y de esta maravillosa hija de Sión. Jesús de Nazaret, el Cristo, esto es, el Ungido con el Espíritu Santo es concebido por ella.
Dios nos anima a todos los hijos de Eva a ensanchar nuestro deseo hasta límites que asustan pero que a la vez atraen con una fuerza irresistible. María nos pide ese “haced lo que Él os diga”. Y Jesús en la Última cena nos pedirá, nos suplicará “haced esto en conmemoración mía”. Alimentarnos de su Cuerpo hacernos Cuerpo y Sangre de la Nueva Alianza. Queridos hermanos y hermanas: Considerad cuántas cosas vais a hacer esta Cuaresma y Semana Santa, pero hacedlo con una genuina conciencia católica: Es Cristo, es el Nazareno, quien lo ha hecho todo por nosotros. Su Pasión es la imagen perfecta de la Pasión de Dios Padre, cuyo eterno abrazo queda signado en la cruz del Gólgota. Este es el núcleo de nuestras procesiones, estaciones, vigilias, el del Via Crucis. El Triduo Pascual marcará un nuevo inicio, y nos recreará y hará divinos por adopción.
Ya no hablaremos de oídas, sino que necesitaremos gritar por las plazas y calles, como hombre que ha perdido el juicio, que Jesús es Señor, que el Amor no es amado, que la Verdad no es conocida, que la Salvación no es aceptada. Es posible y es real. Testigos de Cristo. La Cuaresma se perdería en balde si no conlleva también por parte nuestra una petición: alcanzar gracia convirtiendo nuestro corazón a Dios. Doliéndonos de no arder en amor por aquel que todo lo dio por nosotros. Buscando sentir una auténtica nostalgia de la santidad, que es la vocación universal de cada persona. Pidiendo al Espíritu que continúe empapando la tierra reseca que somos para convertirla en barro dócil, fácil de moldearse en las sabias manos de Dios. En otros tiempos, la Iglesia católica pasaba por una de sus crisis, pero un puñado de locos, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Juan de Ávila, San Francisco Javier, San Pedro de Alcántara, San Felipe Neri y tantos otros desconocidos se dejaron conducir por el Espíritu.
El Espíritu hizo arder, calentó y coció con la llama de su amor ese barro dócil que el mismo Cristo moldeaba con sus manos y los convirtió en un maravilloso cauce por los que Dios se derramó y llegó a nuevos pueblos, razas y culturas, y renovó las viejas cristiandades de aquella dividida Europa. En 2026 la tarea es la misma. Cristo sigue llamando y el Espíritu busca renovar y recrear este mundo mediante la Iglesia, por medio de hombres y mujeres que vivan y provoquen el Reinado de Dios, testigos vivos del Evangelio. Para ello se precisa el Don del Espíritu santo.
Envíanos Padre, la Lluvia de tu Gracia, el Fuego de tu Santo Espíritu. Ablanda, humedece nuestro barro para que se puede moldear y endurécelo con tu fuego, para que sea fuerte. De este modo podremos acoger, contener y transmitir tu Vida y tu Amor, como testigos de tu Hijo, que vive y reina contigo, por los siglos de los siglos.