El cuarto domingo de Cuaresma, a través de la curación del ciego de nacimiento, nos ofrece una catequesis sobre la luz. Catequesis, en la que se presenta a Jesús como la “luz” que vino a abrir los ojos de los hombres para que vean a Dios y crean en Él como su Salvador.
La mirada de Jesús
El evangelio comienza resaltando que Jesús ve a un ciego y san Juan matiza el hecho de que era ciego de nacimiento. De esta sencilla manera dibujaba el escenario de la catequesis de hoy. Dios descubre la ceguera en nosotros los hombres. Una ceguera que nos viene de nacimiento. Su mirada descubre a un apartado de la sociedad, excluido y que sólo puede dedicarse a pedir limosa. Ante su situación, Jesús se ofrece a curarle. En lugar de excluirle hace barro con la saliva para devolverle la visión. Frente a esa mirada compasiva, la mirada de los demás es rechazadora de su persona y culpabilizadora de su mal. Para Jesús su deficiencia física no es resultado ni de su pecado ni del pecado de sus padres, es la condición innata del hombre incapaz de ver a Dios. Así se inicia esta catequesis mostrándonos que Dios se apiada de la ceguera del hombre y quiere devolverle la luz
Ve a lavarte a la piscina
Un segundo momento de esta catequesis conlleva la colaboración de quien va a ser sanado de su mal. La curación no es inmediata, requiere la colaboración del ciego. Vete a lavarte en la piscina de Siloé, le dice Jesús. La disponibilidad del ciego a obedecer a Jesús supone un elemento esencial para alcanzar la curación. Necesita Dios nuestra adhesión a la propuesta que nos hace. Para alcanzar la luz necesita limpiar su mirada. Debe quitarse el resto de barro que quede en su rostro y sus ojos. Sólo así alcanzará una mirada limpia sobre las cosas y personas. La alegría de recobrar la vista se ve envuelta en los problemas que le surgen. Recuperar la vista no le trajo más que dificultades. Le interrogan, le amenazan a él y a sus padres y acaban de expulsarlo de nuevo de la vida social. Acaba a su primera condición de excluido y rechazado. No acaba de ver claro lo que le sucede.
Segundo encuentro, segundo milagro
¿La historia, entonces, acaba mal? En absoluto, ahora se nos muestra el auténtico milagro de su curación. Jesús ahora se encuentra con él. Fue a buscarlo al saber su situación y ahora le devolverá la VISTA en mayúscula, es decir la capacidad de ver a Dios. Jesús enciende en él la luz de la fe y así cuando le pregunta que si cree en él le reconoce como el Mesías y dice: «Creo, Señor». No es suficiente la vista humana, se nos dice, es necesaria la vista divina. Si no somos capaces de ver a Dios en la vida seguimos en la ceguera, en la oscuridad. En este segundo encuentro con Jesús recupera su dignidad de hijo de Dios y ya no se sentirá rechazado ni excluido. Su creer en Jesús le lleva a postrarse ante Él. Dejemos que en este camino cuaresmal Dios nos devuelva la vista. Encontrémonos con Él para recuperar una mirada limpia y le veamos a nuestro lado.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia