¿Te ha pasado alguna vez? Tu hijo adolescente se encierra en su habitación, responde con un “déjame en paz” y parece que nada le importa. La llegada a la adolescencia tiene algo desconcertante: las emociones cambian de forma.
Cuando son pequeños, todo es más directo. Si están tristes, lloran. Si están enfadados, lo muestran. Las emociones salen al momento, sin filtros.
Pero en la adolescencia ocurre algo distinto. El cerebro está madurando, especialmente la parte que ayuda a comprender y regular lo que sentimos. Y eso hace que aparezcan dos movimientos.
El primero es la emoción hacia dentro. El adolescente siente mucho… pero muestra poco. Guarda lo que le pasa por miedo a ser juzgado, por vergüenza o porque todavía no sabe cómo ponerlo en palabras. Se encierra, escucha su música o responde con monosílabos. Parece indiferencia, pero por dentro la emoción sigue ahí, viva.
El segundo movimiento es la emoción hacia fuera. A veces lo que sienten se amplifica y desborda. Un conflicto con una amiga, un comentario en redes, una simple mirada… puede vivirse como una auténtica catástrofe. No es teatro. Es una emoción intensa que todavía no saben regular.
En esta etapa: las emociones se mezclan con una pregunta crucial. ¿Quién soy yo? Un adolescente no solo siente tristeza o enfado. También empieza a preguntarse qué dice eso de él. Si cree que llorar es ser débil, esconderá la tristeza. Si enfadarse le hace sentir fuerte, usará la ira como escudo.
Acompañar esta etapa no pide tener todas las respuestas. A veces basta con algo mucho más simple: estar cerca. “Estoy aquí cuando quieras hablar”. Porque muchas veces, detrás del silencio o del drama, no hay rebeldía. Hay algo mucho más humano: un adolescente intentando descubrir quién es… a través de lo que siente.
David Ruiz