El evangelio de este domingo nos descubre la pedagogía de Dios para cambiar nuestra vida: camina con nosotros, habla con nosotros, se queda a cenar y allí nos revela su identidad. Todo un proceso que en este tercer domingo de Pascua nos invita la liturgia a hacer nuestro.
En dirección equivocada
La narración comienza contándonos el viaje de tristeza y derrota de dos personajes que dejan Jerusalén decepcionados por la muerte de Jesús. Camino de Emaús, ciudad que no podemos identificar, acontece una historia que nos sorprende y admira cada vez que la leemos. En primer lugar, se nos sugiere que aquellos dos caminantes han elegido la dirección equivocada. Van hacia el oeste, donde se pone el sol, donde acaba el día. Toda una simbología de final y de fracaso. Encontramos ahí la primera aplicación práctica a nuestra vida. Muchas veces caminamos en la dirección equivocada. Elegimos un rumbo hacia el fracaso, sin esperanza, sin signos de vida y nos acerca cada vez más al ocaso.
Compañero de camino
En ese camino, Cleofás que así se llama uno de ellos y el que con él va reciben la visita de un nuevo compañero que se interesa por la conversación que llevan. Entre ellos establecen un diálogo donde el recién llegado pregunta y ellos explican. El tema de conversación son los últimos acontecimientos sucedidos en Jerusalén durante las fiestas de la Pascua. Se extrañan que el forastero no conozca lo que sucedió en Jerusalén donde había muerto el que consideraban que iba a ser el Mesías. Y eso explica su tristeza y decepción. Y el forastero que ha escuchado con atención al llegar a la ciudad quiere seguir el camino. Pero entonces lo inesperado. Entusiasmados por la conversación le invitan a que se quede con ellos y compartan la cena. El acompañante se ha ganado su amistad.
Lo reconocieron al partir el pan
En torno a la mesa acontece lo inesperado. Ahora es el invitado quien habla, explica lo que ha sucedido y entienden la Escritura. Descubren en la fracción del pan quien es. Tal vez estuvieron en la cena de despedida del cenáculo y recordaron las mismas palabras. La bendición, el partir el pan y el repartírselo hacen que experimenten en su corazón la experiencia de amor del Jueves Santo. Acabada la cena el forastero desaparece y ellos cambian el rumbo de su viaje. Vuelven a Jerusalén. Su camino se dirige hacia el este donde nace el sol y donde comienza la vida. Todo un signo de su nueva vida llena de esperanza e ilusión. Experimentan la resurrección de Cristo como nuevo estilo de vida y tienen que proclamarlo.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia