El Amor, clave de la vida humana y cristiana - III - La caridad

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El papa Benedicto XVI, fallecido el 31 de diciembre pasado, en su primera encíclica primera, Deus Caritas Est, (Dios es amor), haciéndose eco de la cultura griega clásica, establecía que el amor, fuente de toda vida, porque Dios es amor, tiene tres expresiones: Eros, filia y agape, en castellano, eros, amistad y caridad, las tres íntimamente unidos, como caras de una misma realidad, como son en Dios, y como se ha manifestado en la historia de la salvación, tanto del Antiguo Testamento como en el Nuevo.

Durante dos domingos he intentado presentar las dos primeras manifestaciones. Hoy quiero presentar la última, el ágape, o la caridad.

San Agustín decía: «Ves la Trinidad si ves el amor» (De Trinitate VIII, 12). Y es que la Trinidad se manifiesta en Cristo crucificado, por en Él “vemos” al Padre que movido por el amor, nos envía a su Hijo para salvar al hombre; vemos al Hijo, Jesús, que se entrega, porque nadie tiene más amor que aquel que da su vida por los amigos (Jn 15, 13) ) y Él la entregado la vida por todos, amigos y enemigos para el perdón de los pecados (Mt 26, 28). Al morir en la cruz Jesús entregó su espíritu, preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría después de su resurrección (Jn 20, 22). «En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón, el de los discípulos, con Cristo, y los mueve a amar a los hermanos como Él lo ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos, (Jn 13, 1-13), y sobre todo cuando ha entregado su vida por todos (Jn 13, 1; 15, 13)» (Deus Caritas Est. 19). «El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea ante el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer en la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia busca el bien integral del ser humano... Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimiento y necesidades, incluso materiales, de los hombres» (DCE, 19).

Por descontado, el amor al prójimo, enraizado en el amor a Dios, es ante todo una tarea de cada fiel, pero también de toda la comunidad a la cual cada cristiana pertenece.

Ágape es el amor que expresa la relación entre Dios y el hombre, aunque toda palabra es inadecuada para referirse a Dios porque es misterio que nos excede y supera, y «se conocía sólo de oídas» (Job 38, 1-42, 6) y «es más íntimo que mi propia intimidad y más alto que lo más alto de mi ser» (San Agustín, Confesiones, III, 6). Es acoger el amor de Dios y basar la vida en dicho amor y en todo lo que se deriva de él. Para poder vislumbrar ese amor tenemos que asomarnos a la Creación, al Antiguo Testamento, al Nuevo, y, sobre todo, mirar a Jesucristo, su persona y obra, porque «quien me ha visto a mi ha visto al Padre» (Jn 14, 9-11). Toda la historia, nuestra historia, según la Biblia, es una historia de amor, de Dios que es amor y envuelve todo lo creado, especialmente a los hombres en su amor, haciéndonos, inmerecidamente hijos suyos y hermanos unos de otros, incluso herederos.

Resumiendo, ágape es acogida sobre todo los pobres, débiles, humildes, y pecadores, a todos, que nos busca, nos abraza, se alegra. Es entrega total, vivir para el otro o los otros, cuidado, ser fiel, ser misericordioso, compasivo, capaz de sufrir y padecer, es gracia. Es don y regalo, algo inmerecido, es amar incluso a los enemigos, es ser buen samaritano, es ser justo, pero con una justicia que no lo consiente todo sino que en Jesús se pone en lugar de los injustos, es confianza, es corrección, es diálogo, es encuentro, es crear y dar vida, es estima, es salir de si y hacerse como el amado, uno con él. Es reconciliación, salvación, es liberación, es redención, es compartir la vida. Jesucristo lo quiso expresar su experiencia de Dios con la palabra aramea Abbá -papá-, incluso en la hora máxima y extrema de su entrega en la muerte (Lc 23, 46), pero con entrañas de madre, como aparece en el antiguo Testamento: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15). Y todo esto sin límites (I Cor 13, 7).