+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia
Considero, con otras muchas personas, creyentes o no creyentes, que el gran problema y debate actual y de futuro es quién es el hombre, de dónde venimos y a dónde vamos; esas preguntas que llevamos todos ínsitas en nuestro interior y que siempre están ahí, aunque intentemos acallar o no planteárnoslas en primera persona del singular: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es mi destino final?
Frente a otras repuestas de todo tipo, «la Iglesia puede ofrecer la propuesta de una antropología adecuada a la experiencia humana elemental. Experta en humanidad, acoge en su seno existencias personales de hombres y mujeres con nombres y rostros, de personas en acción a quienes la pregunta radical que Dios hace a todo hombre en sus dos primeras palabras dirigidas a los humanos en la Escritura: Adán, “¿Dónde estás?” (Gn, 3,9), “Caín, ¿dónde está tu hermano?” (Gn. 4,9), los ayuda a caer en la cuenta de dónde estamos situados: es decir de tener una innegociable relacionalidad, despertándoles así la conciencia de las polaridades que constituyen el ser personal: cuerpo-espíritu, hombre-mujer, individuo-sociedad» (CEE, El Dios fiel mantiene su alianza, 7).
La experiencia humana elemental, que está al alcance de todos es que somos amados por Dios y por nuestros padres; un amor que se expresa en el don de la vida, en nuestra corporeidad y conciencia; una corporeidad que nos constituye en cuerpo, un cuerpo sexuado, masculino o femenino, y esto tiene un significado profundo; y una conciencia, que es más que ser racional, sino ser conscientes de lo que somos y de nuestras relaciones con nuestro yo personal, familiar y social. Nuestra fe en Dios Padre que nos abraza y reúne como familia en un hogar común y en Jesucristo, el Verbo encarnado, ofrece unas respuestas adecuadas a estas experiencias elementales y al misterio profundo que nos envuelve y habita nos ayuda a manifestar el hombre al mismo hombre y nos descubre la sublimidad de nuestra vocación (Concilio Vaticano II, 22).
La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) se apoya en que el ser humano es su cuerpo-espíritu, hombre-mujer, y una conciencia nos configura como imagen y semejanza de Dios, (Gn 1, 26; 5,1). Además, en Jesucristo, por la fe, somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros, herederos de Dios y coherederos con Cristo (Rom 8, 14-17).
De estos principios se derivan, como de su fuente, los principios de solidaridad y de bien común. Nuestra dignidad como personas con nuestra identidad y diferencia sexual; la dignidad de cada persona y la reciprocidad que surge de la diferencia expresan la conjunción inseparable de diferencia sexual y fecundidad; la subsidiariedad, estamos en una comunidad, somos por y para la comunión de personas, y así se manifiesta en la alianza entre los esposos que engendra una morada para cada familia y se abre a las relaciones en familia de familias, constituyendo así un pueblo. Pero no podemos quedarnos aislados en el egoísmo y el individualismo, somos seres solidarios, miembros de un pueblo, de una sociedad, no somos marionetas en manos del Estado, trabajamos para y con los demás, el ser humano trabaja y tiene prioridad sobre el capital; esta solidaridad se inicia y aprende en la propia familia, abierta a la vida, a toda la creación, a toda la naturaleza, a toda la humanidad, y en la sociedad nos llama a construir la amistad social, a crear un orden justo que respete las tradiciones religiosas. «Todo esto responde a los latidos profundos del corazón humano -libertad, amor, alegría- sin contraponerlos y sin pensar que cada uno de ellos va por su cuenta. Una libertad situada entre la verdad y el bien; pero, por otra parte, una libertad herida, a la que la fe ofrece redención para que pueda amar sin reservas y encuentre la alegría» (Doc. citado, 10)
Todo cuanto existe, hombre, mujer, naturaleza, galaxias, cosmos, etc..., como queramos llamarlo, tiene su fundamento en Dios Creador y Padre con entrañas maternales, que es compasivo y misericordiosos, lento a la ira y rico en piedad, que se nos ha manifestado en Jesucristo, y que con su Espíritu nos llama a construir un cielo nuevo y una tierra nueva en la que habite la justicia, justicia que entraña fraternidad y amistad social (Is 65, 17; 66, 2; II Pdr 3,13; Ap 21,1-7). Una conclusión quiero compartir: si eliminamos a Dios como nuestro origen, fundamento, guía y meta, nos estamos destruyendo a nosotros mismos como personas y como sociedad. Dios Trinidad es comunión de amor y de vida y es referencia fundante de cuanto existe.
Estas cosas nos enseña la Doctrina Social de la Iglesia, nacida de la fe en Cristo y de la experiencia secular de la historia de los hombres y cuyas últimas manifestaciones son las Encíclicas de Benedicto XVI, Deus Cáritas est, Cáritas in veritate y las del papa Francisco, Laudato sí y Fratelli tutti. Y está muy bien que de vez en cuando lo oigamos, reflexionemos, compartamos, agradezcamos y vivamos.