Queridos lectores, paz y bien.
Hoy la Iglesia hace memoria de la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. En Roma, su vinculación como hermanos en la fe ha adquirido un significado particular. En efecto, la comunidad cristiana de esta ciudad los consideró una especie de contrapunto de Rómulo y Remo, la pareja de hermanos a los que se hace remontar la fundación de Roma. Se puede pensar también en otro paralelismo opuesto, siempre a propósito del tema de la hermandad: es decir, mientras que la primera pareja bíblica de hermanos nos muestra el efecto del pecado, por el cual Caín mata a Abel, Pedro y Pablo, aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos.
Han vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad: aquí se encuentra el primer mensaje fundamental que la solemnidad de hoy nos ofrece a cada uno de nosotros. ¿De qué manera Pedro es la roca? ¿Cómo debe cumplir esta prerrogativa, que naturalmente no ha recibido para sí mismo? El relato del evangelista Mateo nos dice en primer lugar que el reconocimiento de la identidad de Jesús pronunciado por Simón en nombre de los Doce no proviene «de la carne y de la sangre», es decir, de su capacidad humana, sino de una particular revelación de Dios Padre.
En cambio, inmediatamente después, cuando Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección, Simón Pedro reacciona precisamente a partir de la «carne y sangre»: Él «se puso a increparlo: ... [Señor] eso no puede pasarte». Y Jesús, a su vez, le replicó: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo...». Así se manifiesta la tensión que existe entre el don que proviene del Señor y la capacidad humana; y en esta escena entre Jesús y Simón Pedro vemos de alguna manera anticipado el drama de la historia del mismo papado y de toda la Iglesia.
Esa tensión no debe ser evitada o “superada” por nosotros, rebajando el filo agudo de la profecía que entraña el mensaje del Evangelio. El propio Pablo fue detenido por las autoridades judías y romanas precisamente por esto. Así lo cuenta Festo al rey Agripa: «se trataba solo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo». ¿Solo? ¿Simplemente Pablo afirma que un torturado y crucificado por los romanos ahora vive? Me parece una preciosa definición de la religión cristiana.
Jesús nos advirtió a sus seguidores de la tentación de avergonzarnos de Él y de su mensaje. En el reproche que hace a Pedro a los discípulos advierte: «quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles» (Mc 8, 38). Los cientos de hermanos nigerianos asesinados por los yihadistas, simplemente han decidido no avergonzarse del Evangelio y testimoniar que Jesús vive en ellos y que saben que los resucitará en el último día.
Como la de Pablo, la vida de tantos hermanos africanos y asiáticos sella que «no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el mundo, primero del judío, y también del griego» (Rm 1, 16). En España no podemos hablar propiamente de persecución, pero sí de algo hasta más peligroso: la sutil presión para que nos autocensuremos y no traspasemos las barreras que impone lo políticamente correcto. Un joven en un instituto de Palencia, en un debate abierto, al defender la posición de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, recibió el amable apelativo de ultracatólico. O en otro orden de cosas, en moral social, sostener la necesidad de apoyar y acoger, promover e integrar al inmigrante es acusado de destruir nuestra civilización.
Todos tenemos algún momento en que somos tentados con rebajar o atenuar la belleza y la fuerza el mensaje de Jesús por el miedo de la presión social y cultural. Queda fiarnos del poder de lo alto, o en nuestras propias fuerzas. Pedro y Pablo terminaron fiándose de Jesús y sus tumbas en la Colina Vaticana y en la Vía Ostiense, son hoy testimonio de la gran historia de amor de la humanidad. «Si permanecéis en mi palabra [...] la verdad os hará libres» (Jn 8, 31.32). Hay que elegir: o autocensura, o anuncio.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia