Migrantes, misioneros de esperanza

Migrantes, misioneros de esperanza

Queridos lectores, paz y bien.

Con el buen sabor de boca del Encuentro Diocesano que vivimos ayer, celebramos hoy la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Y quisiera, antes que nada, dar gracias a Dios por el empeño del Papa Francisco de convocar en Jubileo de la Esperanza. Con su sensibilidad especial y con sus gestos y magisterio, dio un nuevo impulso en nuestra Iglesia en la clave de acoger, proteger, promover e integrar a las personas migrantes y refugiadas. Con el lema «Migrantes, misioneros de esperanza» se nos invita hoy a celebrar esta Jornada, que nos permite hacer algunas reflexiones que tratan de poner una mirada serena sobre la realidad de las migraciones.

Desde la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana, se nos invita a fijarnos en los «migrantes», esos hombres y mujeres concretos, con rostros e historias particulares llenas de vida y dignidad. El fenómeno de las migraciones y el de la movilidad humana, que es mucho más amplio, no debemos olvidar que se hace presente siempre en personas concretas, semejantes a todos nosotros, hermanos nuestros. Es cierto que las migraciones constituyen un hecho estructural de esta época nueva que vivimos. Un fenómeno ante el que algunas ideologías y prejuicios proyectan problemáticas y mensajes que fracturan, culpabilizan y deforman. Solo un conocimiento, aproximación y cercanía ante sus historias concretas nos pueden ayudar a seguir avanzando en la construcción de «comunidades acogedoras y misioneras», como hemos propuesto en nuestra reciente exhortación pastoral.

En nuestra diócesis, este año continuamos iniciativas concretas, como el corredor de hospitalidad, que las diócesis españolas auspician para dar oportunidades a tantos menores inmigrantes que necesitan vivienda, formación y promoción. Os agradezco de corazón a cuantos vivís en esta clave de considerar el regalo que supone para nuestra diócesis y provincia la llegada de tantos corazones, manos e historias que nos están aportando tanto.

En ese sentido, la palabra «misioneros» nos habla positivamente de la presencia de los migrantes entre nosotros. Los misioneros son aquellos que salen de sus países de origen con la tarea de compartir aquello que les desborda el corazón. En nuestro contexto, los misioneros tienen una percepción muy positiva que embellece la tarea de la Iglesia. Reconocer que los migrantes son también misioneros nos ayuda a descubrirlos como portadores de una buena noticia, de algo positivo. En efecto, ellos pueden ser presencia oculta del mismo Dios, una oportunidad de gracia y de crecimiento personal y comunitario, un instrumento para descubrir llamadas a la conversión y a abrirnos a nuevos horizontes que nos pueden ayudar a desarrollarnos.

Por último, la «esperanza» es la tercera clave de lectura que se nos invita a observar en esta Jornada. En efecto, tras el fenómeno de los refugiados y migrantes existe una realidad palmaria de búsqueda de esperanza. Los migrantes y refugiados reflejan una tenacidad y coraje en la búsqueda de mejores condiciones de vida para ellos mismos y sus familias. Es conmovedor escuchar relatos en los que la centralidad de sus motivaciones no está directamente en ellos mismos, sino en su entorno familiar. Es la esperanza de conseguir la felicidad y el bienestar más allá de sus propios confines, la esperanza que los lleva a confiarse totalmente en Dios. En ese sentido, nos muestran y enseñan el coraje de la vida desde la certeza de que Dios los acompaña en sus tribulaciones y duelo para alcanzar un futuro mejor.

Pero, además, los migrantes y refugiados se convierten en muchos de nuestros contextos sociales y eclesiales en factores concretos de esperanza en un mundo que tiene mucha fatiga para afrontar su propio futuro. Ellos contribuyen a revitalizar la fe y promueven un diálogo interreligioso basado en valores comunes. En definitiva, ellos están revitalizando con su juventud, sus valores, su trabajo, sus vidas, sus familias, su fe, sus ideales, la realidad social y eclesial de nuestro país y de nuestras comunidades parroquiales, además de hacerlo en sus propios países de origen. Sin duda, con el profeta Isaías podemos decir: «Algo nuevo está brotando, ¿no lo percibís?». Tengamos esa mirada abierta para percibir así su riqueza y aportación.

Me dirijo ahora directamente a vosotros, migrantes. Gracias por vuestra presencia. Juntos estamos llamados a un «nosotros» distinto que nos ayudará a crecer en humanidad y fraternidad. Que vuestra fe, especialmente a los que procedéis de una tradición católica, sea una luz que os siga acompañando y dando fuerza en este camino que hacéis, enriqueciendo y viviendo en el seno de nuestras parroquias que os quieren acoger. Recordadnos siempre que todos somos peregrinos, y que dejamos un día el Egipto del faraón para dirigirnos a la Tierra Prometida.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia